jueves, 11 de marzo de 2010

Capítulo 27

[Play-Sonohra]

-¿Ya adivinaste donde estamos?
-Mmm… –escuchó la voz de su chica desde su espalda, sintiendo cómo ésta aspiraba profundamente. –Huele a tierra mojada… ¿Estamos en el campo?
-Vas por buen camino –se limitó a contestar, mientras continuaba la caminata ágilmente a través del pasto.

Pronto llegaron al lugar, Tom se vio maravillado, rodeado de aquel magnífico espectáculo de colores que flotaban en el aire. Charlie escuchaba las voces de la gente a su alrededor, pero no entendía muy bien de qué lugar se trataba. Podía distinguir voces de niños y adultos, risas, gritos, chillidos eufóricos, pero nada que pudiera revelarle donde estaba. De pronto, un potente ruido como un rugido, la hizo agitarse sobre Tom, haciéndole a éste soltar una carcajada.

-Tranquila…
-¡¿Qué fue eso?! –preguntó entre asustada y divertida. Un segundo rugido se escuchó no muy lejos de ellos, era un ruido verdaderamente ensordecedor e irreconocible.
-Llegamos –dijo y la bajó lentamente, para luego tomarla de la mano. –Con cuidado, es un pequeño desnivel, sube –la guió cuidadosamente.

Charlie no tenía idea, pero no podía hacer nada más que confiar en Tom, como siempre lo había hecho. Mientras él estuviera con ella, todo estaba bien. Subieron a una especie de piso inestable, que se bamboleaba al ritmo del viento que, con el atardecer comenzaba a soplar más fuerte.

-Puedes sostenerte de aquí –indicó Tom, llevando las manos de Charlie a lo que ella creyó era una extraña barandilla, hecha de un material duro y fibroso. –Sostente fuerte.

Charlie ahora era un manojo de nervios. La situación no podía ser más desconcertante, no podía ni imaginarse qué diablos pasaba, pero tenía el presentimiento de que sería algo realmente sorprendente, mágico. Escuchó a Tom hablar con alguien más, para luego sentir nuevamente un temblor cuando él subió en lo que era ahora su suelo.

-No te asustes –susurró Tom en su oído.
-¿Por qué iba a…? –se vio interrumpida por el rugido más fuerte que hubiera escuchado en su vida, y el más cercano que pudo oír esa tarde.

El suelo se sacudió ligeramente y comenzaron a ascender. ¿Ascender? Charlie no estaba muy segura de que en realidad estuvieran subiendo, pero se sentía como en un elevador. Los rugidos siguieron escuchándose, en veces más largos, otras veces más cortos; una ola de calor le pegaba desde arriba cada vez que uno se dejaba oír. Entonces supo donde estaban. El ascenso se detuvo bruscamente, desestabilizando el suelo, pero al final, todo quedó en calma. Tom rió un poco al percatarse de que Charlie seguía fuertemente aferrada al borde de la canastilla. Se acercó por atrás y posó sus enormes manos en la cadera de su chica, jugando con su nariz en el cuello de ésta.

-¿Estás lista? Cierra los ojos…
-¿Que es? –Charlie alzó sus manos para retirar la venda desesperadamente, pero Tom le detuvo.

Le tomó las manos para depositarlas de nuevo en la barandilla; luego, él mismo fue sacándole la venda pausadamente, y con cuidado, colocó sus palmas sobre los ojos cerrados de ella, impidiéndole ver aún.

-Sé que no te agradan los lugares pequeños y cerrados… –susurró en su oído, dibujando una sonrisa traviesa. –Aquí tienes, el lugar más grande y abierto que conozco… Y es todo tuyo…

Tom quitó sus manos y Charlie pudo abrir los ojos, sólo para encontrarse con la amplia bóveda celeste que se extendía frente a ellos, despejada y reluciente, hasta perderse de vista más allá del horizonte… El cielo, Tom le estaba regalando el cielo…

Se encontraban a más de cien metros de altura, flotando juntos dentro de la canastilla de un colorido globo aerostático. Debajo de ellos, a alturas menores, se encontraban más de cinco globos de diferentes formas, tamaños y colores, decorando el cielo. Charlie admiró nuevamente el firmamento, que ahora se tornaba anaranjado y rosa, aún dorado, allá donde se oculta el sol. No sólo era mágico, era glorioso. Sin palabras, se giró hacia Tom, diciéndole con la mirada todo lo que no podía salir de su garganta en ese momento, pero que salía de lo más profundo de su corazón. Jamás imaginó que encontraría a esa persona, jamás pensó que tendría la suerte de amar y ser amada en esas tantas maravillosas formas en que Tom sabía demostrárselo.


Imagina que el mundo es similar a lo que siento,
amor por amor somos nosotros,
imagina tu tiempo que corre en el mío,
amor por amor tu y yo…




Tom…
-¿Sí?
-Te amo… Por favor… Nunca me abandones –soltó sin querer, recordando el sueño de hace poco.
-Por supuesto que no, nunca voy a abandonarte, te lo prometo, no podría alejarme de ti, no podría vivir sin ti… Porque te amo…

Se acercaron en un cálido abrazo, Charlie enterró el rostro en su pecho, feliz de escuchar esas palabras de sus labios. Alzó la mirada, Tom le sonreía con ternura; le tomó por las mejillas y unieron sus labios con cariño, para luego, poco a poco ir entreabriendo sus bocas y entrar en la del otro descaradamente, recorriendo cada centímetro y jugando con sus lenguas, saboreando sus labios, Charlie jugueteando con el piercing de Tom; terminaron dándose pequeños piquitos pausados, al tiempo que esbozaban enormes sonrisas. El sol casi desaparecía tras la línea del suelo, haciéndoles recordar que pronto tendrían que bajar.

-Charlie, quiero darte algo –anunció, tomándole de las manos.
-¿Aún hay más? –preguntó, sonrojada. Tom asintió levemente, llevando una mano a su bolsillo.
-La música, representa todo lo que soy –comenzó, tratando de explicarse al tiempo que la miraba intensamente. –Mientras lleves la música contigo… –alzó su mano en un puño cerrado; lo abrió ante los hermosos ojos que le miraban expectantes, dejando ver un colgante metálico en forma de clave de sol. –Me llevarás a mí contigo {link}



Charlie soltó un gritito ahogado, abriendo la boca con sorpresa.

-Tom… Es… Es hermoso –decía, mirando el dije en su mano y sus ojos alternadamente. Tom la rodeó con sus brazos, para pasarle el colgante por el cuello y abrocharlo en su nuca. –Gracias…
-Llévame contigo siempre –musitó pegando sus frentes y rozando las puntas de sus narices.
-Siempre… –repitió ella.

[...]

Acababa de caer la noche, el cielo se oscurecía rápidamente, pasando de un tono lavanda a un azul ultramar conforme se hacía más tarde. Tom y Charlie habían descendido y dejado la canastilla del globo, para dar un último paseo por entre la gente, tomados de la mano, disfrutando del festival de globos aerostáticos que se llevaba a cabo en las afueras de la ciudad.

-De verdad quisiera poder estar allá arriba todo el tiempo –comentó Charlie, mirando hacia el oscuro manto, ahora salpicado de estrellas. Echó un último vistazo para ver cómo los dueños comenzaban a desinflar y guardar aquellos graciosos gigantes de colores.
-Podemos volver cada año –propuso Tom, augurando que estarían juntos por mucho más tiempo. –O cada vez que quieras ver tu pedazo de cielo.
-¿Mi pedazo de cielo?
-Recuerda que te lo he regalado…
-No puedes regalarme un pedazo de cielo –rebatió en broma. Caminaban en dirección al estacionamiento.
-¡Claro que puedo! –contradijo el guitarrista, sonriendo ampliamente. –Yo soy Tom Kaulitz, y yo lo puedo todo.
-Pues te creo –accedió, encogiéndose de hombros. –Si pudiste conducir un globo aerostático… ¿Desde cuándo eres piloto?
-¿Viste? –sonrió triunfante. –Desde ayer, la dueña del globo me dio algunas instrucciones…
-¿La dueña? –preguntó arqueando una ceja. – ¿Una mujer? A saber lo que tuviste que hacer para que te lo prestara…
-Sí, la dueña. Su hija es fan nuestra y tan sólo tuve que intercambiar un par de autógrafos para que me dejara usarlo.
-Wow, me has dejado sorprendida…
-¡Daah! ¡Por eso era una sorpresa!! –se dio un golpecito en la frente y rodó los ojos dramáticamente.
-Cierto –concedió Charlie, riéndose de ella misma. –Creo que sé como agradecerte todo lo que has hecho.
-No es necesario, lo hice porque quise hacerlo.
-Y yo también quiero hacerlo –se alzó en las puntas de los pies para darle un suave beso en los labios, dejando que fuera él quien lo prolongara.

Tom no pudo evitarlo, se vio invadido por un deseo desenfrenado, así que la tomó por la cintura y la acorraló contra uno de los costados de la camioneta, pegando sus cuerpos para evitar que escapara, cosa que ella no tenía planeado hacer. El beso se tornó en uno más desesperado, hambriento, ardiente; Tom con una mano en su cintura y la otra en su nuca, enredaba suavemente los dedos entre sus cabellos, mientras ella le acariciaba la espalda y jugaba un poco con sus rastas.

El ambiente comenzó a calentarse tanto, que cuando se hubieron separado, las mejillas de Charlie estaban coloradas, su respiración era entrecortada y había un brillo en sus ojos, un destello de pasión que Tom bien supo interpretar, excitándolo. Exhaló fuertemente, sintiendo su sangre correr a mil por hora a través de sus venas, quemándole por dentro.

-Podría hacerte el amor ahora mismo –soltó sin muchos rodeos. Charlie dibujó una pequeña sonrisa pícara.
-¿Y por qué no lo haces? –cuestionó, contrario a lo que Tom esperaba que ella dijese.

Hizo una cara de sorpresa, pero estaba más que complacido con esa respuesta. Volvió a besarla salvajemente, sin que ella se quedara atrás con los pequeños mordiscos que daba a diestra y siniestra, degustando así los labios del guitarrista.

-Mmmmn… –Tom separó sus labios a milímetros de los de ella. –No estamos solos… Debemos esperar hasta estar en casa…
-¡¿Y qué esperas?! –apuró con una risita, -¡Vamos, vamos! -dijo sacándoselo de encima para darse la vuelta, abrir la puerta y montarse en el asiento del copiloto. Tom tiró una carcajada antes de rodear la camioneta a toda velocidad.

Por suerte, la autopista estaba libre de tráfico y Tom, cada vez más ansioso, pisaba el acelerador constantemente, haciéndoles ahorrar casi una hora de camino. Pronto, las luces de Hamburgo se veían cual estrellas fugaces, al pasar a toda velocidad por las ventanillas.

Fueron unos tortuosos minutos los que tardaron en llegar al último piso, pero por fin estaban en el apartamento, Tom cerrando con llave, Charlie esperándole en medio de la sala, envuelta en sombras, con una mano extendida hacia él. Su silueta brillaba bajo la luz de la luna, que entraba por el ventanal de la terraza e iluminaba sutilmente los muebles, creando un ambiente enigmático. Tom se acercó pausadamente, tomó su mano extendida y depositó un beso con delicadeza en el dorso, arrancándole una sonrisa a la pelinegra. Se acercaron nuevamente para reiniciar lo que habían dejado a medias, pero ahora yendo con calma, disfrutándose. Tom la subió con facilidad a su cintura, sintiendo cómo ella cerraba sus piernas en torno a él, y así, sin despegar sus labios, caminaron a tientas por el corredor, tiraron un par de cosas y rieron de lo sucedido.

[Play-I can fly]

El guitarrista abrió la puerta de su dormitorio con una patada y fue a recostar a Charlie en su cama, perdiéndose en su mirada. Retiró un mechón de oscuros cabellos de su rostro, posando su mano sobre su mejilla. La oijiazul le tomó la mano, llevándola hacia su boca, besando sus dedos, tierna y sensualmente a la vez, sólo ella podía regalarle esa descomunal combinación.

Ambos se incorporaron, quedando sentados en la cama, frente a frente. Tom fue sacándole la blusa poco a poco; unos mechones ondulados se escurrieron por entre sus hombros, cayendo por su pecho blanco y desnudo, pues no llevaba sostén; una hermosa y metálica clave de sol era lo único que le cubría. Luego de sacarse la gorra, Tom se deshizo de su enorme playera, levantándola con destreza por encima de su cabeza.

De nuevo se inclinó sobre ella para besar sus labios lentamente, juntando sus torsos. Sus pieles tibias se erizaban por la baja temperatura del departamento, pero se brindaban calor mutuamente. Sus ardientes cuerpos se pegaban, dejándoles sentir cómo la excitación iba apoderándose de sus sentidos.

Charlie no tenía experiencia, pero sabía que sólo tenía que dejarse llevar, e improvisaría en caso de que fuera necesario. Respiró profundamente al sentir a Tom entre sus piernas, brindándole un suave y delicioso cosquilleo en la base del estómago, al sentir su peso sobre ella. Tom se apartó un poco, tomándose su tiempo para admirarla, acariciarla, devorarla con la mirada y con su boca también. Era increíble lo minucioso que podía ser a la hora de recorrer su cuerpo con sus labios, no dejaba ni una zona sin atención, mientras sus manos fueron directo a desabrochar el pantalón de la pelinegra, las introdujo en los diminutos bolsillos y jaló hacia abajo, quedando ella tan sólo con una prenda, su piel descubierta, emanando su suave aroma.

Tom terminó de desvestirse casi en un tiempo récord, sonriendo tímidamente al estar totalmente desnudo antes que ella. Charlie compartió su sonrisa con pudor, intentando no razonar mucho, simplemente dejando que la situación fuera tomando su propio rumbo mientras Tom la despojaba de esa última prenda, para luego sujetarla por las muñecas y atraerla hacia él con una expresión dulce llenando su semblante.

Se miraron intensamente al tiempo que ella se sentaba en su regazo, a horcajadas, haciendo contacto con su entrepierna; podía sentir su dureza, su calor, su pasión, su deseo, su amor. Comenzaban a colmarse de las dulces y excitantes sensaciones, a dejarse embriagar por el placer del juego previo.

Con sus enormes manos, Tom acariciaba todo cuanto podía; recorría su espalda, bajaba hasta la cintura y no dudó en masajear con fuerza sus glúteos, mientras su boca repartía largos besos por su pecho. Hizo presión en su cintura hacia abajo, rozando ambas partes, haciendo que ella echara la cabeza hacia atrás y arqueara la espalda, en reacción a la corriente eléctrica que le quemaba los nervios. Volvieron a la posición original, Charlie se dejó caer boca arriba, abrumada, Tom se acomodó sobre ella, manteniendo su peso sobre sus brazos.

-¿Lista, cariño? –susurró en su oído, y aprovechó para besar su cuello. Ella le tomó el rostro entre sus manos y lo miró a los ojos con determinación.
-Hazlo ya, antes de que me arrepienta –apresuró las palabras, ya que sus pulmones empezaban a fallarle.

Una última sonrisa fugaz recorrió ambas bocas, poco antes de que éstas se fundieran en un nuevo beso fogoso. Tom bajó su mirada, se incorporó sobre sus rodillas para colocarse protección y luego, con todo el cuidado del mundo, fue introduciéndose entre las piernas de su adorada Charlie, para llenar el minúsculo espacio que les separaba, para fundirse en uno solo. La pelinegra tenía los ojos cerrados con fuerza y gimoteó un poco ante la sensación de la primera vez y el casi imperceptible dolor que poco a poco iba perdiéndose entre las oleadas de placer que le hacían entrar en un profundo éxtasis.

No se dio cuenta cuando fue que Tom comenzó a moverse dentro y fuera de ella, pero su cuerpo, lejos de querer parar, pedía cada vez más. Él besaba sus labios, sus mejillas, su cuello, sus hombros, su pecho… Todo lo que sus labios pudieran alcanzar en ese momento, mientras sus manos la sujetaban por la cintura y sentía que podía volverse loco con cada lenta, cuidadosa y placentera estocada. Jadeó al escuchar que su amada gemía su nombre en repetidas ocasiones, aumentando la desesperación en cada embestida. Aceleró el ritmo cuando sintió que Charlie movía sus caderas instintivamente, siguiendo sus movimientos; se permitió no sólo acelerar el ritmo, también aumentó la intensidad, y aumentó el placer, el éxtasis, el sentimiento de que podría tocar el cielo en cualquier momento.

Ambos gemían sin control, deshaciéndose en jadeos, ahogándose en sus respiraciones atrofiadas. Charlie se aferró a su espalda, arqueándose todo lo que fuera posible; alzó sus caderas para aumentar el roce, sin poder evitar enterrar sus uñas en la piel del guitarrista, haciéndole murmurar por lo bajo palabras de amor.

Finalmente, el orgasmo les inundó con el más delicioso repertorio de sentimientos que jamás habían experimentado, sacudiéndolos, hinchándoles el corazón de felicidad, contrayendo sus músculos en suaves espasmos que les advertían la culminación de su momento cumbre, pero el inicio de muchos otros encuentros que, como pareja, se prometían silenciosamente con sus miradas devotas…

[...]

Era media mañana, los rayos de sol se filtraban a través de las gruesas cortinas colgadas frente a la ventana, en la habitación de Tom. Charlie acariciaba rítmicamente su colgante con forma de clave de sol, casi sin ser consciente de los movimientos que realizaba con sus dedos. Miraba un punto fijo en la pared de en frente, recostada de lado en una orilla de la cama, con una delgada sábana blanca cubriéndole hasta la cintura, su pecho aún desnudo. Podía sentir la suave respiración de Tom, pegando en su nuca, poco después, el guitarrista pasó uno de sus brazos por su cintura, acercándola a su cuerpo.

-Buenos días –susurró en su oído, sus labios jugando en su cuello. Ella se giró aún envuelta en sus brazos, para mirarle de frente con una sonrisa radiante en los labios; por toda respuesta, le besó tiernamente para luego acurrucarse en su pecho. – ¿Cómo amaneciste?
-Con hambre –murmuró contra su piel. Ambos rieron en voz baja. –Waaaah ¡Quiero desayunar! –canturreó con voz infantil, y un leve gruñido de su estómago confirmó lo que decía. Tom soltó una carcajada.
-Querrás decir que quieres almorzar, ya no es hora de un desayuno –corrigió. Charlie abrió mucho los ojos, como si acabara de recordar algo, y soltó un grito ahogado de preocupación.
-¡Hoy es lunes! ¡¿Qué hora es?!
-Las once de la mañana –contestó Tom, mirándole inquieto. – ¿Por qué?
-¡Las once!!! –se sobresaltó, incorporándose de un salto, sin darse cuenta que las sábanas se enredaban en sus pies. – ¡Se supone que mi estudio abre a las nueveeeeeeeee…! –Charlie fue a dar a la alfombra, mientras Tom se desternillaba de risa.
-Tu torpeza regresa durante el día, ¿Cierto? –sus risas comenzaron nuevamente.
-Auuch… ¡Cállate que es por tu culpa! –le espetó molesta. – ¿No vas a ayudarme? –Tom solamente la devoraba con la mirada, sin hacer nada, entonces Charlie advirtió que estaba desnuda. – ¡Heey!!
-¿Queee?
-¡Que me ayudes!
-Mmm… Nop, tengo una muy buena vista desde aquí –sonrió pícaramente y se acomodó en la cama, sin quitarle los ojos de encima.

Charlie frunció el ceño, y luego, extrañamente esbozó una media sonrisa. Se desenredó las sábanas de los pies lentamente y las jaló por completo, dejando a Tom también descubierto sobre la cama.

-Ahora soy yo la que tiene una gran vista –dijo contenta, mientras se amarraba las colchas al torso, se ponía en pie y comenzaba a recoger su ropa.

Tom la miró embelesado durante algunos minutos, en los que ella, ya vestida, intentaba acomodarse un poco el cabello y limpiarse el maquillaje corrido.

-Bill tiene maquillaje en su habitación –mencionó, al tiempo que se colocaba el bóxer.
-No tengo mucho tiempo –contestó ella. –Y ahora, si me permite… Voy a asaltar su cocina, señor Kaulitz –advirtió divertida y salió de la habitación.

No tardó más de veinte minutos en preparar unos cuantos waffles y café con leche para ella, Tom lo bebió negro.

-¿Hoy no tienes que ir al estudio? –preguntó, llevándose un pedazo de waffle a la boca.
-No, hoy es mi día libre…
-Oh vaya, suertudo –dijo haciendo una mueca.
-Es mi último día libre en las siguientes cuatro semanas –respondió con una media sonrisa afligida.
-¡¿Cuatro semanas?! –exclamó consternada, no por el hecho de saber que su tiempo juntos se reduciría dramáticamente, sino porque le preocupaba en serio la salud de Tom, ¿Quién puede trabajar cuatro semanas seguidas sin descanso alguno? – ¿No crees que eso es demasiado, Rastas?
-Sí, pero… Ya estoy acostumbrado a eso, Petite… Además, son las cuatro semanas previas al lanzamiento del disco…
-¿No lo pueden retrasar?
-Ya hemos tenido algunos retrasos, por si no te lo había mencionado…
-Oh… –puso una cara de resignación. – ¿Estarás bien?
-¡Claro que sí! ¡Tú no tienes por qué preocuparte! –sonrió antes de atrapar sus labios en un beso tierno. –Ahora será mejor que te lleve a tu casa, o tu estudio será un fracaso rotundo…
-¡¡El estudio!! –gritó sorprendida, al parecer se le había olvidado por unos momentos que tenía mas de dos horas de retraso.

Bebió un último y largo trago de café, se puso en pie, y de repente, un golpe seco en la puerta les llamó la atención. Charlie fue depositando los platos sucios en el fregadero, mientras Tom caminaba hacia la entrada del apartamento. Abrió la puerta y se encontró con su hermano, sentado en el suelo, desorientado.

-¡¡Bill!!
-¡¡¡Tommy!!! –chilló Bill, esbozando una sonrisa boba. Tom se inclinó para levantarlo sin ningún esfuerzo.
-Bill, ¿Estás…? ¿Estás ebrio? –interrogó a su gemelo, pero no necesitó respuestas, el pelinegro apestaba a alcohol.
-¿Qué pasa? –preguntó Charlie, quien apenas se acercaba a ellos y cerró la puerta una vez que Tom hubiese entrado con Bill en rastras.
-No lo sé –dijo Tom, abrumado.
-¡¡¡Charlieeeeeeeee!!! –exclamó Bill con gusto. –Quiten esas caraasss… Nadie ha muerto… –Tom y Charlie se miraron. –Todavía –añadió y comenzó a reír.
-¿Qué quieres decir? ¿Qué pasó? –preguntó el mayor.

Charlie fue a la cocina por un vaso de agua y una toalla, la humedeció y regresó a la sala, donde Bill se movía torpemente sobre el sillón, mientras Tom intentaba sacarle la chaqueta y los zapatos.

-Bill, quédate quieto –ordenaba, comenzando a irritarse. Bill murmuraba cosas sin sentido.
-Ssshhh –le calmó Charlie, colocando la toalla húmeda en su frente. –Bebe un poco de agua –dijo, pasándole el vaso, y como un niño pequeño, lo tomó y bebió lentamente. –Eso es…

Tom le miró agradecido, y ella le sonrió. Bill fue tranquilizándose poco a poco hasta quedarse dormido en la sala.

-Debo irme –anunció Charlie en voz baja, dio un beso a Tom y se dirigió a la puerta.
-Te llevo…
-Tom, no. –respondió tajante. –Quédate, Bill te necesita.
-Pero…
-Por favor –pidió la pelinegra, lanzando una mirada afectuosa hacia el menor de los gemelos. –Está bien, tomaré un taxi. Ya hablaremos, ¿Sí? –le besó en los labios. –Cuídalo, y cuídate –finalizó antes de salir al pasillo y seguidamente entrar en el elevador.

Habían pasado unos minutos desde que Charlie abandonó el apartamento y Bill abrió los ojos de nuevo, un poco más lúcido, pero seguía alcoholizado. Miró a Tom y éste le devolvió una mirada larga y seria.

-Tom…
-¿Qué fue lo que pasó anoche?
-¿Anoche? –repitió con una sonrisa boba. –Anoche… Anoche… Anoche soñé contigooooo –canturreó una cancioncilla, fingiéndose aún ebrio.

Tom respiró hondo para calmarse; le preocupaba su hermano, pero le irritaba que se comportara así, Bill ya no estaba tan ebrio.

-Bill…
-Tommy…
-¡Bill!! –le reprendió. – ¡¿Vas a decirme que diablos pasó?!! –Bill frunció el ceño, desvió su mirada e hipó.
-No pasó nada, Tom… Ya sabes que no aguanto mucho alcohol…
-Precisamente, ¿Por qué te emborrachaste entonces?
-Tom, déjame en paz –soltó a la defensiva.
-Sólo quiero saber si estás bien, hermano –se justificó, preocupado. El pelinegro dudó unos instantes, sintiéndose cansado y con sueño.
-Anoche… Anoche recibí una declaración de amor –reveló con un hilo de voz.
-¿Una declaración? –miró a Bill confundido. – ¿De quien? ¿De Audrey?
-No Tom, ¡Ella ya es mi novia!
-Ah, es cierto –se limitó a contestar. –Bueno pero… ¿No se supone que es algo bueno una declaración de amor?
-No cuando es la causa de otros problemas…
-Audrey se enteró y está enfadada contigo –quiso adivinar el rastas, pero Bill sólo negó con la cabeza.
-Audrey está en Hannover, visitando a sus padres –explicó. –Eres un muy mal gemelo, ¿Lo sabías? –se burló el vocalista.

A Bill normalmente no le costaba ni dos segundos adivinar lo que le pasaba a Tom, era muy perceptivo; en cambio, Tom nunca daba al clavo.

-¿Vas a decirme bien las cosas o no? –respondió molesto.
-No. No quiero hablar de eso y tengo mucho sueño, hablamos dentro de unas horas –. Se acomodó en el sillón y se dispuso a dormir.

Tom insistió durante algunos minutos, pero al parecer Bill ya iba por el quinto sueño, así que decidió dejarlo en paz para que se recuperase. Se puso en pie, tomó la chaqueta y los zapatos de su hermano y se dirigió a la habitación de éste para dejar las cosas allí. Poco antes de llegar, el móvil en el bolsillo de la chaqueta comenzó a vibrar, recibiendo una llamada. Tom no dudó en ver la pantalla, sólo para darse cuenta que su hermano tenía cuarenta y siete llamadas perdidas de su amigo Andreas, y que era éste quien llamaba por cuarentayochoava ocasión. El rubio seguramente estaba preocupado por Bill, así que contestó para decirle que su hermano ya estaba en casa, a salvo, pero antes de que Tom pudiera emitir palabra alguna, Andreas le atajó:

-¡Bill!! ¡Lo siento! ¡No quise decir eso! Estaba ebrio… Yo…
-¿Andreas? –le cortó Tom, dejando que su mente uniera los puntos automáticamente.
-¡¿Tom?! ¿Y Bill? ¡¿Está bien?!
-Sí, está en casa… Andreas, ¿Qué pasó anoche? –preguntó una vez más, pero ahora tenía una ligera idea formándose en su cabeza y estaba cada vez más preocupado. Andreas suspiró.
-Tom… Lo siento, pero esto es algo entre Bill y yo… ¿Puedo hablar con él?
-Está dormido –se limitó a contestar, enfadado.

Ciertamente Andreas y Bill siempre habían tenido una conexión más estrecha, pero odiaba que ambos ocultaran lo que Tom ya sospechaba que había pasado.

-Bien, lo llamaré luego –finalizó la llamada y colgó.

Tom no supo qué más pensar. Era obvio, ¿No?


 
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