miércoles, 18 de noviembre de 2009

Capítulo 5

Hola, primero que nada gracias a Ccyy Kaulitz por leernos (: & sobre todo por comentar :3 creo que es la única lectora que tenemos u.u, pero bueno, aquí les dejo una foto del look de Charlie :E




Ahora el capi :E

~
-¡No puede ser! –exclamó Giselle, con una lata de refresco en la mano.
-¡Es la verdad! –confirmó Charlie y las dos estallaron en risas.
-¡Lo siento tanto! –dejó la lata a un lado y se llevó ambas manos al rostro. –De verdad, perdona… Yo…
-Estabas coqueteándome –terminó la frase por ella.
-Estaba coqueteándote –admitió. –Lo siento, de saber que eras una chica, yo…
-En parte es mi culpa: cabello, ropas, gestos, nombre… Prácticamente soy un chico –dijo y rió de nuevo. Por alguna razón, con Giselle no había sido nada difícil decirle la verdad, de hecho había sido urgente decirle que no era hombre o acabaría encima de Charlie.
-Wow… Y yo que pensaba que lo andrógino no se pegaba… ¡Eso te pasa por juntarte con Bill! –bromeó la chica.
-Uh, Bill se va a enterar de lo que dijiste –advirtió, señalándola acusadoramente.
-No, no… Por favor –pidió entre risas.
-Así que, ¿Qué parte del equipo eres?
-¿Conoces a Natalie?
-No en persona.
-Ella es estilista y maquilladora profesional, soy su asistente y le ayudo con los chicos.
-Oh, ya veo…
-¿Y tú?
-¿Conoces a Frank?
-¿Ese chofer que se ve joven y guapo?
-¿Guapo? –repitió Charlie incrédula y sin poder contener una carcajada. –Le ayudo a cargar las cosas en el camión y soy su asistente de mecánica, por si se descompone el motor.
-Me parece lindo y además es muy amable… –continuó Giselle, poniendo un puchero.
-También soy su hija –reveló Charlie.
-¡Oh por Dios! –Giselle se llevó una mano a la boca. –¡Dos metidas de pata en una sola noche! ¡Esto es un récord! –dijo antes de estallar de nuevo en risas.
-Que gustos los tuyos –comentó Charlie, arqueando una ceja y ambas siguieron riendo. –Así que tú también eres maquilladora –inquirió, una vez que pudo calmar su risa.
-Si, claro… ¿Por qué?
-Me preguntaba si… –comenzó, pero se quedó pensando, lanzando miradas furtivas a las bolsas de viaje que seguían sobre la cama. –No, olvídalo.
-¿Qué?
Charlie no contestó. Se había quedado quieta, con la mirada perdida hacia la ventana, pensando en la posibilidad de pedirle ayuda a la pelirroja.
-¿Qué hacías fuera de tu habitación? –preguntó Giselle, para cambiar el tema.
-Me estaban dejando plantada –contestó, con tono neutro, sin mirarla.
-Oh… –le miró con compasión, e hizo un nuevo intento de cambiar el tema. –Esto… ¡Oh sí! ¿Has hablado alguna vez con los chicos? Hace unos momentos vi a Gustav afuera del ascensor, se veía algo decaído… –se detuvo al darse cuenta que Charlie la miraba extrañamente. – ¿He metido la pata de nuevo?
-Y ha sido olímpicamente –ratificó Charlie, riendo de la torpeza de Giselle.
-Entonces… ¿Ha sido Gustav quién te dejó plantada?
-Sí… No. Bueno… Más o menos. Más bien, hubo cambio de planes y no puedo decir que me dejó del todo plantada, porque de hecho me invitó al bar…
-¿Y? ¿Por qué no estás ahí?
-¿Tengo qué explicártelo? –respondió, un poco fastidiada; Giselle asintió efusivamente. –No quiero estar en un lugar exclusivo con gente rica y bonita, acompañando a unos famosos y con éstas pintas –explicó, señalándose a sí misma.
-¿Siempre vistes así? –Charlie asintió, era la única ropa que tenía. –Y ¿No usas maquillaje? –ahora, la aludida negó con la cabeza; al vivir toda su adolescencia en la carretera acompañando a Frank, nadie le había enseñado a maquillarse, y a decir verdad, a ella no le interesaba mucho, no hasta ahora. – ¿Y eso es lo que te impide estar ahí junto a alguien con quien quieres estar? –asintió una vez más, en respuesta a la pregunta. – ¿No crees que estás siendo superficial?
-Un poco, si –aceptó. –Pero ese no es el punto... No me estás ayudando... –apuntó Charlie, sonriendo fugazmente.
-Cierto… ¿Quieres que te ayude?
-Por favor –casi suplicó con la mirada.
-Perfecto –contestó Giselle, juntando las palmas de las manos, con cierto brillo en los ojos. –Primero… La ropa.


Habrían pasado ya unas dos horas y Bill ya había perdido de vista a dos de sus compañeros, mientras que el tercero, su hermano, se divertía con un par de rubias, sentadas una a cada lado del guitarrista. Bill llevaba varios tragos encima y se divertía, intentando adivinar a cual de las dos elegiría Tom para esa noche, a no ser que se quedara con las dos. Gustav había permanecido con ellos un rato y, aunque se retiró temprano, dijo que tal vez volvería a bajar en un par de horas. Bill se acomodó, echándose hacia atrás en el sillón en el que estaba sentado y bebió lo último que quedaba de su trago. Casi se atraganta cuando la vio entrar. Podría reconocer esos ojos azules en cualquier lugar, pero ahora lucían algo diferentes, en el buen sentido, claro. Se le quedó mirando, hasta que sus miradas se cruzaron, y entonces, ella sonrió y le saludó tímidamente, con un gesto de la mano. Bill la observó mientras se acercaba a ellos; llevaba unos pantalones ajustados, color negro y una blusa atada al cuello y sin espalda, plateada y con un escote que caía suelto, con forma de “U”. Su cabello estaba perfectamente acomodado hacia un lado, enganchando el flequillo con un diminuto broche de brillantes. Por último, llevaba los ojos delineados con color negro y sus labios brillaban con un color sumamente natural.
-Hola Bill –saludó y le besó en la mejilla, antes de sentarse junto a él. Charlie estaba radiante y no podía evitar sonreír, pues desde que conocía a Bill, siempre había deseado que él la mirara de esa forma. – ¿Has visto a Gustav?
-No. –contestó Bill, un poco decepcionado de que ella preguntara por su amigo.
-Oh… Él dijo que… Bueno, será mejor que me vaya. –Iba a ponerse en pie, pero Bill la detuvo.
-Dijo que volvería… ¿Por qué no le esperas? –propuso y le hizo una seña a un mesero, que atendía el área V. I. P. – ¿Tomas algo?
-Un jugo de piña con vodka –ordenó al mesero, quien ni siquiera se molestó en pedirle alguna identificación. El joven se dirigió hacia la barra. –Podría acusarte por corrupción de menores –soltó en broma a Bill, que le miró extrañado.
-¿Qué edad tienes?
-Casi diecisiete –contestó y se encogió de hombros. El mesero trajo la bebida espumosa y de un tenue color amarillo, coronada por un par de tentadoras cerezas, que reposaban en una orilla del vaso. – ¿Y Tom? –preguntó, antes de darle un trago a su bebida.
-Estaba por aquí –dijo Bill, girándose sólo para percatarse de que su hermano había abandonado el sillón. –Seguramente se fue a uno de los privados –añadió, sin darle mucha importancia. Odiaba que Tom le dejara solo, pero en esta ocasión, agradecía la ausencia de su hermano, pues la compañía que había ganado era mucho mejor. Siguieron con una entretenida conversación, que iba desde las costumbres de Tom hasta el porqué Charlie sabía de mecánica.
-Mi hermano solía reparar autos, y me enseñó lo necesario –comentó la chica, cuyas mejillas estaban un poco sonrojadas, no tanto por el alcohol, pero sí por la emoción que le daba estar charlando con Bill.
-¿No te gustan las cerezas? –preguntó el vocalista, mirando las frutas en el fondo del vaso.
-Oh, me encantan –contestó Charlie, tomándolas por el tallo, que estaba unido. –Me gusta dejar lo mejor para el final –agregó, mientras las separaba cuidadosamente y le pasaba una a Bill, quien a pesar del alcohol que había tomado, estaba lo suficientemente lúcido como para darse cuenta de lo deliciosamente seductora que era aquella situación.



Capítulo 6


-¿Conoces el truco de anudar el tallo de las cerezas? –preguntó Charlie, luego de dar un mordisco a la diminuta fruta. Bill sonrió enigmáticamente, mientras jugaba con el tallo entre sus dedos. –Vamos Bill, es un clásico.
-Sí, lo conozco –contestó con una sonrisa más amplia aún.
-¿Por qué te ríes? –dijo y terminó de comer su cereza.
-Porque nunca hubiera imaginado que conocieras ese truco –respondió, encogiéndose de hombros.
-Y no sólo lo conozco, lo domino perfectamente –recalcó, colocando el tallo dentro de su boca. Bill le miraba maravillado, sin poder borrar su hermosa sonrisa. A los pocos minutos, Charlie enseñó el tallo con un perfecto nudo por el centro. Bill comió su cereza de un solo bocado, pero no hizo el intento con el tallo. – ¿No piensas intentarlo?
-No. Me retiro, eres mejor que yo –admitió con una sonrisa derrotada y se echó hacia atrás en el asiento.
-Si, claro –dijo Charlie, sin creérselo.
-Es la verdad, además, para mí es más difícil con el piercing –se justificó medio en broma.
-Oh, bueno, entonces quedas perdonado por eso.
Ambos soltaron una carcajada, y luego de reír, se miraron en silencio, sin dejar de sonreír. Escuchaban la música, amortiguada por el sonido de sus latidos y sus miradas eran cada vez más intensas. Justo cuando Bill comenzaba a aproximarse hacia ella, una de las rubias de Tom llegó como si hubiese caído del cielo, pero no necesariamente en el buen sentido.
-Hallo Bill –saludó ella y fue a sentarse en medio de ellos. – ¿Vas a moverte? –le espetó a Charlie, ya que había quedado un poco encima de ella. Charlie se corrió hacia un lado para sacársela de encima, mientras le miraba con un pequeño atisbo de rabia en sus ojos. Bill tampoco estaba muy contento, y se le quedó viendo a la rubia con el ceño fruncido.
-¿Se te ofrece algo? –preguntó Bill, en un tono para nada amable. Inesperadamente, la segunda rubia fue a sentarse al otro lado de Bill, quien luego de sobresaltarse, se le quedó mirando más enojado aún. Las rubias no eran para nada tontas, pero sabían fingir muy bien que lo eran. –Creo que mi hermano comienza a extrañarlas, ¿Por qué no se van con él? –estaba requiriendo de toda su paciencia para hablarles en un tono cortés, ya que al inicio de la noche, se habían presentado como grandes fans de la banda.
-¡Puaj! Algo huele mal aquí –dijo una de ellas, poniendo una mueca.
-Debe ser tu perfume –respondió Charlie, en voz baja, pero lo suficientemente audible para que la escucharan. Bill rió por lo bajo.
-¡¿Qué has dicho?! –saltó la aludida.
-No, no es ese olor –interrumpió la segunda rubia, que estaba más lejos. Se puso en pie y dio unos cuantos pasos, hasta quedar frente a Charlie. –Huele a… Un sucio y grasiento camionero –añadió con desprecio e hizo una horrible mueca, que pretendía ser una sonrisa malvada. Charlie se puso en pie encarándola, aunque con la poca estatura de la pelinegra y los taconazos que se cargaba la rubia, se veía al menos diez centímetros más alta; Charlie le miró desafiante, pero su sentido común le hizo cambiar su mirada por una de superioridad, que descolocó a la Barbie que tenía en frente.
-¿Con cuantos te has acostado para que se te haya pegado el olor? –contestó, sin demostrar la furia que sentía por dentro, ya que no solamente la estaban atacando a ella, también el oficio de su padre, que a final de cuentas por lo menos era algo honesto.
-Bill, ¿Cómo puedes aguantar a alguien tan corriente? –intervino la primera, que aún seguía sentada junto a él.
-No lo aguanto, por eso debo pedirles que se larguen de aquí y nos dejen en paz. –se limitó a contestar, mientras se ponía en pie él también, sorprendiéndolas a las tres, enfadando más a dos de ellas.
-¡Oh! ¡No lo puedo creer!! –exclamó la que estaba de pie, completamente ofendida, dirigiéndose a Bill, luego se volvió hacia Charlie. –No eres nada. No tienes clase, no eres más que una empleaducha, la hija de un pobre y sucio camionero y aunque intentes ocultarlo, jamás dejarás de ser una asquerosa mocosa perdida que parece chico… –parecía que había agotado todo su vocabulario, pues hubo un momento de silencio, en el cual Charlie se acercó a ella.
-Y a pesar de todo eso, sigo siendo mejor persona que tú –le susurró al oído, aunque Bill y la otra chica también pudieron oírlo, y antes de que la rubia pudiera reaccionar, Charlie se alejó con paso campante hacia la salida del bar.


Aunque estaba enfadado por la terrible interrupción, Bill no podía quitar esa media sonrisa que ahora recorría sus labios. Charlie se había defendido sola, había hecho rabiar a la rubia, sin demostrar coraje o dolor ante sus palabras, lo cual era sorprendente. Siguió a las Barbies con la mirada, mientras caminaban hacia la barra, donde un sonriente Tom las esperaba con un par de bebidas en cada mano. Bill miró a su hermano fijamente, negando en su interior lo que pensaba que Tom se había atrevido a hacer; éste había estado observando todo desde la barra, y de hecho, había sido él quien pidió a las rubias que fueran a molestar a su hermano pequeño, pero claro, Bill sólo podía intuirlo, no le constaba que Tom hubiese hecho todo eso. El rastas le guiñó el ojo, sonriendo con chulería y se retiró a uno de los privados, acompañado por aquellas dos que se habían encargado de arruinarle la noche. Bill bufó desesperado y salió de allí.


Las puertas metálicas del ascensor se abrieron de golpe en el piso donde se hospedaban el resto del staff y los choferes. Gustav, que estaba en el pasillo esperando el ascensor para subir a su habitación, se topó con una linda chica, quien iba dentro del elevador, cabizbaja. Charlie alzó la cabeza, y sus ojos interceptaron los de Gustav, azul contra castaño en un duelo que duró algunos segundos.
-¿Qué haces aquí? –preguntó la chica, cuando salía del ascensor.
-Te estaba buscando –contestó el baterista, como si fuera lo obvio. – ¿Dónde estabas?
-Esperándote en el bar –dijo fríamente y pasó de largo, dirigiéndose a su habitación.
-Espera… –ella se detuvo al instante, pero aún le daba la espalda. –Luces preciosa –se limitó a decir y se precipitó al interior del elevador. Sin pensarlo dos veces, Charlie dio media vuelta, corrió deprisa y alcanzó a subir, antes de que las puertas se cerraran de nuevo. Se abalanzó sobre él, abrazándole. Él respondió envolviéndola con sus brazos en un gesto protector, sin poder evitar soltar un suspiro y ensanchando su sonrisa.
-Lo siento –se disculpó de nuevo.
-Deja de disculparte Gus, eres un gran amigo, sabes que no puedo enojarme contigo –le calmó y desenterró el rostro de su pecho, para mirarle a la cara. –Sé que nunca fue tu intención…
De repente, se percataron que el ascensor en lugar de subir, estaba bajando. Ni Gustav ni ella habían pulsado botón alguno, así que el elevador bajaba automáticamente hasta la primera planta, el Hall. Las puertas se abrieron una vez más, y pudieron escuchar las sonoras carcajadas que soltaban un par de rubias.
-Vaya, vaya –dijo Tom, entrando en el ascensor, y llevando a las chicas por la cintura. –Ya sabía yo que era cuestión de tiempo, ustedes terminarían juntos.
-Tom… –reprendió Gustav; pero Tom no le miraba a él, sino a ella. Charlie sentía cómo el guitarrista le clavaba sus ojos cafés y no sabía por qué, pero eso le alteraba los nervios. El tiempo que estuvieron en el ascensor les pareció eterno, entre los besuqueos y las risitas, y las miradas asesinas. Charlie no se soltó de Gustav en ningún momento, ya que se sentía a salvo entre sus brazos, y aunque los otros tres pasajeros les miraban de mala gana, Gustav también hizo caso omiso e intentaron ignorar toda presencia ajena a ellos dos. Charlie apoyó su cabeza sobre el hombro de Gustav y así se quedaron en silencio, hasta que el ascensor se detuvo nuevamente en el piso de ella. Con una mirada, Gustav le hizo saber que estaría bien, así que Charlie asintió, le besó en la mejilla y salió de allí, directo hacia su habitación.


 
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