Capítulo demasiado corto :l
-¿Conoces el truco de anudar el tallo de las cerezas? –preguntó Charlie, luego de dar un mordisco a la diminuta fruta. Bill sonrió enigmáticamente, mientras jugaba con el tallo entre sus dedos. –Vamos Bill, es un clásico.
-Sí, lo conozco –contestó con una sonrisa más amplia aún.
-¿Por qué te ríes? –dijo y terminó de comer su cereza.
-Porque nunca hubiera imaginado que conocieras ese truco –respondió, encogiéndose de hombros.
-Y no sólo lo conozco, lo domino perfectamente –recalcó, colocando el tallo dentro de su boca. Bill le miraba maravillado, sin poder borrar su hermosa sonrisa. A los pocos minutos, Charlie enseñó el tallo con un perfecto nudo por el centro. Bill comió su cereza de un solo bocado, pero no hizo el intento con el tallo. – ¿No piensas intentarlo?
-No. Me retiro, eres mejor que yo –admitió con una sonrisa derrotada y se echó hacia atrás en el asiento.
-Si, claro –dijo Charlie, sin creérselo.
-Es la verdad, además, para mí es más difícil con el piercing –se justificó medio en broma.
-Oh, bueno, entonces quedas perdonado por eso.
Ambos soltaron una carcajada, y luego de reír, se miraron en silencio, sin dejar de sonreír. Escuchaban la música, amortiguada por el sonido de sus latidos y sus miradas eran cada vez más intensas. Justo cuando Bill comenzaba a aproximarse hacia ella, una de las rubias de Tom llegó como si hubiese caído del cielo, pero no necesariamente en el buen sentido.
-Hallo Bill –saludó ella y fue a sentarse en medio de ellos. – ¿Vas a moverte? –le espetó a Charlie, ya que había quedado un poco encima de ella. Charlie se corrió hacia un lado para sacársela de encima, mientras le miraba con un pequeño atisbo de rabia en sus ojos. Bill tampoco estaba muy contento, y se le quedó viendo a la rubia con el ceño fruncido.
-¿Se te ofrece algo? –preguntó Bill, en un tono para nada amable. Inesperadamente, la segunda rubia fue a sentarse al otro lado de Bill, quien luego de sobresaltarse, se le quedó mirando más enojado aún. Las rubias no eran para nada tontas, pero sabían fingir muy bien que lo eran. –Creo que mi hermano comienza a extrañarlas, ¿Por qué no se van con él? –estaba requiriendo de toda su paciencia para hablarles en un tono cortés, ya que al inicio de la noche, se habían presentado como grandes fans de la banda.
-¡Puaj! Algo huele mal aquí –dijo una de ellas, poniendo una mueca.
-Debe ser tu perfume –respondió Charlie, en voz baja, pero lo suficientemente audible para que la escucharan. Bill rió por lo bajo.
-¡¿Qué has dicho?! –saltó la aludida.
-No, no es ese olor –interrumpió la segunda rubia, que estaba más lejos. Se puso en pie y dio unos cuantos pasos, hasta quedar frente a Charlie. –Huele a… Un sucio y grasiento camionero –añadió con desprecio e hizo una horrible mueca, que pretendía ser una sonrisa malvada. Charlie se puso en pie encarándola, aunque con la poca estatura de la pelinegra y los taconazos que se cargaba la rubia, se veía al menos diez centímetros más alta; Charlie le miró desafiante, pero su sentido común le hizo cambiar su mirada por una de superioridad, que descolocó a la Barbie que tenía en frente.
-¿Con cuantos te has acostado para que se te haya pegado el olor? –contestó, sin demostrar la furia que sentía por dentro, ya que no solamente la estaban atacando a ella, también el oficio de su padre, que a final de cuentas por lo menos era algo honesto.
-Bill, ¿Cómo puedes aguantar a alguien tan corriente? –intervino la primera, que aún seguía sentada junto a él.
-No lo aguanto, por eso debo pedirles que se larguen de aquí y nos dejen en paz. –se limitó a contestar, mientras se ponía en pie él también, sorprendiéndolas a las tres, enfadando más a dos de ellas.
-¡Oh! ¡No lo puedo creer!! –exclamó la que estaba de pie, completamente ofendida, dirigiéndose a Bill, luego se volvió hacia Charlie. –No eres nada. No tienes clase, no eres más que una empleaducha, la hija de un pobre y sucio camionero y aunque intentes ocultarlo, jamás dejarás de ser una asquerosa mocosa perdida que parece chico… –parecía que había agotado todo su vocabulario, pues hubo un momento de silencio, en el cual Charlie se acercó a ella.
-Y a pesar de todo eso, sigo siendo mejor persona que tú –le susurró al oído, aunque Bill y la otra chica también pudieron oírlo, y antes de que la rubia pudiera reaccionar, Charlie se alejó con paso campante hacia la salida del bar.
Aunque estaba enfadado por la terrible interrupción, Bill no podía quitar esa media sonrisa que ahora recorría sus labios. Charlie se había defendido sola, había hecho rabiar a la rubia, sin demostrar coraje o dolor ante sus palabras, lo cual era sorprendente. Siguió a las Barbies con la mirada, mientras caminaban hacia la barra, donde un sonriente Tom las esperaba con un par de bebidas en cada mano. Bill miró a su hermano fijamente, negando en su interior lo que pensaba que Tom se había atrevido a hacer; éste había estado observando todo desde la barra, y de hecho, había sido él quien pidió a las rubias que fueran a molestar a su hermano pequeño, pero claro, Bill sólo podía intuirlo, no le constaba que Tom hubiese hecho todo eso. El rastas le guiñó el ojo, sonriendo con chulería y se retiró a uno de los privados, acompañado por aquellas dos que se habían encargado de arruinarle la noche. Bill bufó desesperado y salió de allí.
Las puertas metálicas del ascensor se abrieron de golpe en el piso donde se hospedaban el resto del staff y los choferes. Gustav, que estaba en el pasillo esperando el ascensor para subir a su habitación, se topó con una linda chica, quien iba dentro del elevador, cabizbaja. Charlie alzó la cabeza, y sus ojos interceptaron los de Gustav, azul contra castaño en un duelo que duró algunos segundos.
-¿Qué haces aquí? –preguntó la chica, cuando salía del ascensor.
-Te estaba buscando –contestó el baterista, como si fuera lo obvio. – ¿Dónde estabas?
-Esperándote en el bar –dijo fríamente y pasó de largo, dirigiéndose a su habitación.
-Espera… –ella se detuvo al instante, pero aún le daba la espalda. –Luces preciosa –se limitó a decir y se precipitó al interior del elevador. Sin pensarlo dos veces, Charlie dio media vuelta, corrió deprisa y alcanzó a subir, antes de que las puertas se cerraran de nuevo. Se abalanzó sobre él, abrazándole. Él respondió envolviéndola con sus brazos en un gesto protector, sin poder evitar soltar un suspiro y ensanchando su sonrisa.
-Lo siento –se disculpó de nuevo.
-Deja de disculparte Gus, eres un gran amigo, sabes que no puedo enojarme contigo –le calmó y desenterró el rostro de su pecho, para mirarle a la cara. –Sé que nunca fue tu intención…
De repente, se percataron que el ascensor en lugar de subir, estaba bajando. Ni Gustav ni ella habían pulsado botón alguno, así que el elevador bajaba automáticamente hasta la primera planta, el Hall. Las puertas se abrieron una vez más, y pudieron escuchar las sonoras carcajadas que soltaban un par de rubias.
-Vaya, vaya –dijo Tom, entrando en el ascensor, y llevando a las chicas por la cintura. –Ya sabía yo que era cuestión de tiempo, ustedes terminarían juntos.
-Tom… –reprendió Gustav; pero Tom no le miraba a él, sino a ella. Charlie sentía cómo el guitarrista le clavaba sus ojos cafés y no sabía por qué, pero eso le alteraba los nervios. El tiempo que estuvieron en el ascensor les pareció eterno, entre los besuqueos y las risitas, y las miradas asesinas. Charlie no se soltó de Gustav en ningún momento, ya que se sentía a salvo entre sus brazos, y aunque los otros tres pasajeros les miraban de mala gana, Gustav también hizo caso omiso e intentaron ignorar toda presencia ajena a ellos dos. Charlie apoyó su cabeza sobre el hombro de Gustav y así se quedaron en silencio, hasta que el ascensor se detuvo nuevamente en el piso de ella. Con una mirada, Gustav le hizo saber que estaría bien, así que Charlie asintió, le besó en la mejilla y salió de allí, directo hacia su habitación.
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