Hola, perdon por tardar en publicar D: es que mi compu no sirve :( pero bueno, gracias por leer (:
CAPÍTULO MUY MUY LAAARGO :O
-¿Tom? ¿Estás aquí? –escucharon la voz de Gustav desde afuera.
-Sí –confirmó éste, mientras guardaba la guitarra. – ¡Gustav! –le llamó con un tono autoritario. – ¿Me ayudas con mis guitarras? –pidió y se encaminó a la salida, sin siquiera despedirse de Charlie.
-Claro –contestó el baterista y subió al camión. –Charlie, ¿Tú también estabas aquí? –preguntó al verla; ella asintió imperceptiblemente, con sus ojos aún fijos en Tom. Gustav fue a recoger los otros dos estuches. – ¡Tom! ¡David nos espera en la salita del estudio! –avisó, antes de que éste bajara del camión de un salto. Charlie caminó hacia fuera, a la par con Gustav y ambos bajaron del camión. Tom ya se había perdido de vista.
-Y… ¿Qué harán Frank y tú? –quiso saber Gustav.
-Supongo que regresaremos a casa.
-¿Viven aquí? –un atisbo de alegría se asomó en sus ojos.
-Nuestra casa está en Leipzig.
-Oh…
-¡Gustav!!! –escucharon a Tom, quien lo apremiaba.
-Charlie, nunca antes te pedí tu número de móvil, porque te veía todos los días, pero ahora…
-No tengo móvil –le cortó, bajando la mirada, un poco apenada.
-¡¿Qué?! ¿Cómo?
-Mi única familia es Frank, y siempre estamos juntos, así que no necesito un móvil, lo siento…
-Bien… ¿Te irás temprano?
-No lo creo, Frank me ha abandonado y me tomará siglos descargar todo esto yo sola.
-Bien, entonces te veré cuando termine nuestra junta.
-Bien, suerte –dijo y le dio una palmadita en el hombro. Gustav sonrió y partió en dirección al estudio. Charlie le siguió con la mirada y no se movió hasta que él se hubiera alejado; se apoyó en la defensa del camión, usándola de asiento. Estaba como ida, y le costaba mucho trabajo asimilar todo lo que Tom le había dicho, ¿Qué diablos había sido todo eso? ¿Qué significaba? ¿Qué pasaría ahora?
-¡Hey, Charlie! –escuchó que le llamaban y a lo lejos pudo divisar a Fred, uno de los amigos de Frank que todavía creía que ella era un chico. Con él no se había molestado en aclararle las cosas, pues así se libraba de lo pesados que podían ser los hombres de ese ambiente, además, Charlie sabía que a Fred le gustaba asediar medio en broma a las otras chicas en el staff; por todo lo demás era un tipo agradable. –Hay que entregar el camión, ¿Les falta mucho?
-Pues sí, algo, Frank no está.
-¿Necesitas ayuda? Hay varios que ya hemos terminado.
-¡Claro! ¡Gracias!
Comenzaron a descargar cajas y estuches de embalaje, mientras Charlie los sacaba del camión, Fred los acarreaba hasta el área de almacenaje. Terminaron cuando ya había anochecido y la mayoría ya se habían retirado. Fred se ofreció a conducir el camión hasta los aparcamientos de la empresa que se los rentaba, dejando a Charlie en las mismas instalaciones de la discográfica. Ella decidió esperar a Frank, pues éste no le había dicho nada antes de irse, así que fue al frente del edificio y tomó asiento en uno de los escalones de la entrada.
-Charlie, ¿No has ido a recoger tu paga? –escuchó una voz y se giró. Era Tobi, uno de los encargados de staff y quien había contratado a Frank.
-¿Mi paga? Pero si yo sólo iba acompañando a mi padre –dijo sin poder evitar que una sonrisa se fuera dibujando en su rostro.
-Ah, pero te he visto. Eres muy trabajadora, y aunque no fuera tu obligación, vi cómo ayudaste en todos los conciertos a cargar el equipo, empacarlo, desempacarlo, incluso arreglaste la válvula del motor, cuando se había roto… Yo sé que no te contraté, pero creo que de verdad mereces una paga, y te está esperando en recepción.
-¿Enserio?
-Claro.
Charlie se puso en pie, caminó hacia la entrada y se volvió antes de entrar.
-¿Puedo recoger la de Frank también?
-¿Frank? Pero si él fue el primero en recogerla… –informó Tobi.
-Oh, bueno… Gracias.
Entró en el edificio y por unos segundos se quedó plantada, mirando con ojos asombrados todo a su alrededor. Buscó el escritorio de recepción con la mirada y se acercó.
-Buenas noches. Disculpa… Quiero recoger mi paga. –La mujer de mediana edad le echó un vistazo, al notar el tono agudo de su voz.
-¿Nombre completo? –preguntó la secretaria, mientras revolvía en un cajón.
-Haswell, Charlotte. –Al instante, la mujer volvió a mirarle, ahora sorprendida, y se acomodó los anteojos.
-¿Charlotte?
-Sí –confirmó ella, asintiendo.
-Aquí tienes, nena –dijo, pasándole un sobre color amarillo y una nota. –Ahí dice la cantidad que te corresponde, necesito que lo cuentes y firmes aquí –señaló una línea en la parte inferior del papel. Charlie obedeció y luego de verificar que todo estuviera en orden, se dispuso a salir de allí. No estuvo mucho tiempo afuera, pero comenzaba a hacerse tarde y no sabía nada de Frank. Seguía sentada en los escalones, mirando los autos pasar por la calle que tenía enfrente. De repente, vio cómo un auto un poco viejo, pero bien conservado y de color negro, se estacionaba al otro lado de la calle; vio al hombre bajar, pero le costó trabajo reconocerlo, no lo podía creer.
-¡¡Charlie!! –le gritó Frank, desde la otra acera. Ella se puso en pie y cruzó, para llegar a donde estaba él.
-Pero… ¿Qué es esto?
-Un autoooo –canturreó su padre, eufórico.
-Sé lo que es, pero… ¿Por qué lo has comprado? Creí que volveríamos a Leipzig en bus.
-Sube al auto –pidió su padre y se dirigió a subir al asiento del conductor. –Vamos, Charlie, sube al auto –dijo nuevamente, ya que ella no se había movido. –Te tengo una sorpresa. –Aún mirándole como si estuviera loco, subió al auto y se abrochó el cinturón de seguridad, antes de que Frank arrancase.
-Bueno, eso es todo chicos –concluyó David y dio una palmada con las manos, antes de ponerse en pie. –Disfruten sus vacaciones junto a su familia, y no los quiero ver por aquí hasta que yo los llame, ¿De acuerdo?
Los cuatro chicos no pudieron evitar sonreír, gustosos de haber terminado bien su trabajo, y ansiosos por disfrutar de un merecido descanso. Se pusieron en pie y se dirigieron a la salida del edificio.
-¡Hey, Gustav! ¿Qué pasa? –exclamó Georg, al percatarse de que su amigo se había rezagado; Bill y Tom continuaron andando hacia el estacionamiento privado, donde les cuidaban sus autos. Gustav se había detenido y miraba en todas direcciones, buscando a Charlie.
-Pueden ir adelantándose. Estaremos en contacto, ¿Ok? ¡Saludos a sus familias! –se despidió.
-Vale, ¡Hasta luego! –contestó Georg y también se dirigió hacia su auto. Gustav no veía a Charlie por ningún lado, y decidió entrar a preguntar.
-Disculpa, ¿Has visto a una chica de cabello corto y…?
-¿Enormes ojos azules? –le cortó la secretaria, quien apagaba su computador y estaba por salir. –Vinieron por ella hace algunos minutos.
-Oh, bueno… Gracias.
Salió de allí un poco decaído, pero la perspectiva de unas deliciosas vacaciones en su futuro le animaban, así que fue directo a casa, a cumplir las órdenes de su manager.
-¿Qué hacemos aquí? –preguntó Charlie, mirando por la ventanilla, mientras Frank aparcaba en la cochera de una casa de tamaño mediano, con paredes de madera y una linda fachada, pintada de un color arenoso.
-¿Que qué hacemos aquí? Charlie, vivimos aquí. –contestó Frank, poniendo una sonrisa divertida. –Sorpresa. –añadió y bajó del auto. Charlie le siguió con la mirada, sin poder reaccionar. Luego de unos segundos, su cuerpo pareció ponerse en marcha automáticamente y fue tras su padre, quien ya estaba abriendo la puerta de entrada con suma emoción.
-¡¿Compraste una casa?! ¿En Hamburgo? Pero… ¿Cómo?
-Vendí la otra casa, con mis ahorros y más el pago por ésta última gira, hasta me sobró dinero y me he comprado el auto. –explicó, orgulloso de su capacidad de inversión monetaria.
-Pero creí que volveríamos a Leipzig.
-¿Para qué volver a esa ciudad? ¡Charlie!! Quiero que empecemos una nueva vida, aquí. –dijo, extendiendo un brazo hacia el interior de la casa. Charlie miró en la dirección que él señalaba, y en sus ojos apareció la curiosidad e inquietud por ver cómo le iría en su nueva vida. Emitió un suspiro, y sonrió.
-Está bien.
-Vamos Char, te va a gustar… ¡Ya lo verás! –animó su padre.
Ambos entraron en la casa, observando todo con ojos muy abiertos, visualizándose en ella, como una verdadera familia. Estaba modestamente amueblada, aunque le faltaban algunas cosas. Lo primero al entrar era la sala, que estaba conformada con dos enormes y polvorientos sillones, acomodados en “L”. Al otro lado del pasillo había un espacio, que sería el comedor, pero ahí no había ni mesa ni sillas. La cocina contaba ya con una instalación de gabinetes, alacena y cajones, sin embargo no había ni refrigerador, ni estufa, ni algún electrodoméstico. Charlie eligió una habitación al fondo del pasillo del segundo piso, la cual tan sólo tenía una cama, junto con una almohada y el juego de sábanas, además de un clóset empotrado en la pared; cada habitación tenía su propio baño, con todas las instalaciones. Dejó dos escasas maletas de viaje y un bolso en la cama, y se asomó al pasillo.
-¿Frank?
-¿Dime? –contestó desde la habitación principal. Charlie siguió el sonido de su voz y entró en la alcoba.
-Gracias, está genial –dijo, con una amplia sonrisa. Frank abrió los brazos de par en par y la recibió en un cálido abrazo, padre e hija.
-Durante estos meses, nos dedicaremos a redecorarla… –suspiró. –Nos irá bien, ya lo verás…
Ella asintió sin despegar su rostro del pecho de su padre.
Tal y como Frank lo dijo, durante las semanas siguientes se dedicaron a arreglar la casa. Charlie utilizó su paga para darle a su habitación una remodelación completa y comprar los muebles faltantes. Pronto consiguió trabajo en un taller de mecánica, como asistente general, mientras Frank trabajaba dos turnos en el puerto, cargando cajas. No vivían con grandes lujos, pero prácticamente, estaban logrando lo que se habían propuesto: comenzar de nuevo, siendo una familia normal.
Desde luego, Charlie no se olvidó de Gustav. No se sentía cómoda de estar viviendo en la misma ciudad y no habérselo dicho, aunque tampoco era su culpa, pues no lo sabía al momento en que él se lo preguntó. El problema era que habían quedado totalmente incomunicados, encima, Gustav creía que ella había regresado a Leipzig. Fue a las instalaciones de la discográfica varias veces, pero no se lo topó en ningún momento, además de que no podían proporcionarle dato alguno. Las semanas completaron casi dos meses. La única manera de saber algo de ellos, era a través de la televisión y los medios, donde cada semana había algo relevante sobre la banda. A parte de eso, no tenía idea de cómo se encontraba su amigo.
Era sábado y estaba anocheciendo. Charlie ya había bajado la puerta metálica que cerraba el frente del taller donde trabajaba, estaban por cerrar. Sólo quedaban ella y su jefe, quien atendía una llamada al teléfono, algo acerca de un pedido de piezas de repuesto. Ella barría un poco de tierra y polvo que se había acumulado. Se escucharon tres golpes secos sobre el metal del portón y Charlie dirigió una mirada a su jefe.
-Abre –gesticuló exageradamente con los labios, sin pronunciar la palabra.
-Pero estás ocupado…
-Atiéndelo, será tu primer cliente –dijo y le lanzó una toallita limpia, la que le daban a cada uno de los mecánicos que allí trabajaban, o sea, que ya no era asistente. Charlie avanzó sin ganas. Le emocionaba atender a un cliente por sí sola, pero a esas horas ya estaban cerrando y ella sólo quería ir casa, para luego disfrutar de su día libre, el domingo. Se acercó a una columna cerca del portón, donde había una caja con varios botones. Pulsó uno y la puerta comenzó a enrollarse, con un ruido maquinal y ensordecedor. Conforme iba subiendo, ella fue viendo el auto estacionado al frente poco a poco, era negro, elegante, deportivo y muy caro. Tragó saliva, e intentó divisar al dueño. Un chico atendía una llamada en el móvil, dándole la espalda. Sin embargo, ya sea por su voz, su manera de vestir, su gorra o su cabello rubio, ella le reconoció.
-¿Gus? ¿Gustav? –él se giró, con el móvil aún junto a su oído. Una sonrisa cruzó su rostro, mientras colgaba, sin siquiera decir adiós.
-¡¿Charlie?!! ¡Oh Dios! ¿Qué haces aquí?
-Trabajo aquí –contestó, enseñándole la toallita que acababa de recibir, sin poder dejar de sonreír ella también.
-¿A qué esperas? –apremió Gustav, abriendo los brazos. Charlie se adelantó y fue a abrazarlo, dándose cuenta de lo mucho que lo había extrañado. –Creí que estarías en Leipzig –dijo, una vez que se separaron.
-¡Yo también! Pero Frank me dio una sorpresa.
-¿En serio?
-Compró una casa aquí, en Hamburgo… ¡Lo siento! Ese día no te lo dije porque no lo sabía, y luego no te esperé ni nada… ¡Lo siento! –repitió y se dio unos golpecitos en la cabeza. – ¡Y mira! –saltó, sin dejar que Gustav reaccionase. – ¡Me he comprado un móvil!! –añadió, mostrándoselo. Su amigo rió por lo bajo y miró el móvil con interés.
-Está muy bien –calificó, asintiendo con aprobación. Charlie pareció recordar algo en ese momento.
-¿Qué tiene tu auto? ¿No enciende?
-Oh, sí… Mi auto… –dijo algo embobado. –No, sí enciende, pero está haciendo un ruido raro, y más vale prevenir…
-Veamos… –murmuró y abrió el cofre del auto sin ningún tipo de esfuerzo. –Enciéndelo –ordenó; acto seguido, Gustav subió al asiento del conductor y pisó el acelerador con el freno de mano puesto, hasta que Charlie le hizo una seña de que parara. –Una pieza está dañada, hay que cambiarla. –diagnosticó, mientras se limpiaba la grasa de las manos con su toalla.
-¿Cuánto se tardará eso?
-Lo que me tarde en buscar el repuesto allá atrás –respondió, señalando con un pulgar hacia la bodega del taller. Fue a dirigirse hacia el almacén de piezas.
-Charlie –la llamó Gustav, por lo que ella se detuvo. – ¿Qué harás después del trabajo?
-Ir a casa, ¿Por qué?
-¿Te llevo? –ofreció. Charlie pareció pensarlo unos minutos.
-Bueno, más vale que repare bien tu auto, ya que subiré en él –dijo en respuesta, dirigiéndose rápidamente al almacén. No tardó mucho en encontrar la pieza y verificar el precio. Regresó cargando una de las pesadas cajas de herramientas, luego de dejarla en el suelo junto al auto, se inclinó sobre el motor para retirar la dañada. Colocó la nueva, todo en silencio y con mucha concentración, mientras Gustav seguía con la mirada cada uno de sus movimientos. Una vez que colocó la pieza, hizo algunos ajustes.
-Enciéndelo de nuevo. –El auto encendió normalmente. Gustav volvió a pisar el acelerador, haciendo que el motor rugiese como si estuviera recién comprado. –Listo –sonrió, limpiándose las manos una vez más.
-¿Cuánto te debo? –preguntó Gustav, al tiempo que bajaba del auto.
-Nada, así déjalo –contestó, moviendo la mano en un gesto para quitarle importancia.
-¡Claro que no!
-Oh Gustav, no seas pesado… –advirtió, tomando la caja de herramientas y yendo al interior del taller para guardarla. Tomó sus cosas y se despidió de su jefe, quien seguía al teléfono.
-Charlie… Por lo menos cóbrame la pieza.
-Gustav –dijo en tono cansado. –La gasolina del viaje de aquí a mi casa cubre lo que te iba a cobrar, ¿Qué más da?
Gustav sonrió y ambos subieron al auto. En el camino, ella iba diciéndole por dónde ir y de vez en cuando decía: –Más vale que lo recuerdes, para que vengas a visitarme. –Además de eso, hablaron de temas diversos, ya que habían pasado muchas cosas en las últimas semanas, pero Gustav empezaba a sospechar que algo andaba mal. Charlie no había ni siquiera mencionado un tema que a él le traía de cabeza desde hacía varios días, y comenzaba a pensar que ella no sabía nada. Llegaron a una linda casa que no se veía muy lujosa, pero estaba bien arreglada. Tenía un pequeño jardín con césped al frente y un camino de piedra hasta el pórtico, mientras que a un lado, había un espacio de asfalto, donde un auto negro estaba aparcado.
-Aquí es… –indicó Charlie, quitándose el cinturón de seguridad. –Ahora, anota mi número de móvil y mi dirección –dijo, girándose para quedar frente a él. Gustav aún miraba la casa, intentando memorizar el camino, al tiempo que sacaba su móvil. Intercambiaron datos y Charlie iba a bajar del auto, cuando Gustav le detuvo.
-Oye Charlie… ¿No crees que el viaje será emocionante? –preguntó, intentando tantear el terreno.
-¿De qué hablas?
-De la próxima gira, iremos a América –anunció. Charlie pareció congelarse en el sitio, ya que la noticia le cayó como un balde de agua helada. –Tobi me dijo que iba a llamar a Frank para que vinieran con nosotros, como parte del staff claro, los choferes que contrataremos ahora serán americanos, porque conocen las calles de allá. –continuó hablando, ya que su amiga no podía reaccionar. – ¿Lo imaginas? ¿Imaginas todo lo que vamos a conocer tú y yo? ¿Todas las fotos que podrás tomar allá? ¿Imaginas…?
-Gustav –le cortó. –Gustav, creo que no… Creo que Frank y yo no iremos.
Ahí estaba la confirmación de sus sospechas, ella no sabía nada. Pero, ¿Y si tal vez Frank la iba a sorprender esa misma noche? Bueno, ya le había arruinado la sorpresa.
-¿Por qué dices eso?
-Bueno, la verdad es que se me pasó decírtelo… Frank y yo decidimos dejar los viajes, deseábamos tener una vida sedentaria, y ahora que lo hemos conseguido…
-Pero… Creí que a ustedes les gustaba viajar.
-Y nos gusta, pero por ahora nos estamos tomando un descanso de tantos viajes. Frank consiguió un trabajo fijo en el puerto y yo estoy en el taller… Creo que está más que claro que si Tobi habló con Frank, éste rechazó su oferta.
-Oh Charlie… –exclamó Gustav, echándose hacia atrás en el asiento, con desgana.
-Lo siento –se disculpó sinceramente.
-¿Sabes? El haberte vuelto a encontrar no me sabe a nada, sabiendo que me iré nuevamente sin ti… –dijo, con la vista hacia el frente, mirando la acera. Charlie mantenía un perfil bajo, sin duda, ella pensaba lo mismo.
-¿Cuándo se van? –preguntó sin mirarle, y sin estar segura de querer que él contestara.
-Mañana –contestó con voz apagada.
-¡¿Por qué tan rápido?!
No es tan rápido, nos avisaron desde hace una semana. Hoy fui a la discográfica para ver los últimos detalles del viaje. –Gustav hablaba cada vez más serio; comenzaba a desear salir de ahí, sólo quería irse; se sentía frustrado e impotente, y una vez más, triste.
-Oye Gus… ¿Se quedaron de ver en algún lugar? ¿O irán directamente al aeropuerto? –preguntó, intentando animarlo con una sonrisa.
-Nos veremos en la discográfica, temprano. Dejaremos nuestros autos ahí y nos llevarán al aeropuerto. El vuelo sale a las 11:00 am.
-Bien, entonces ahí estaré –respondió.
-¿Estás segura? ¿No tienes que trabajar? Lo que menos quiero es molestarte, no habría ningún problema si no puedes venir…
-Gustav, mañana es mi día libre –atajó, sonriéndole. –Ten por seguro que estaré allí, además, también quiero despedirme del grandullón y los gemelos.
-Querrás decir que quieres despedirte de Bill –levantó las cejas y enfatizó el nombre de su amigo; Charlie soltó una risa nerviosa ante la sonrisa perspicaz del baterista. Aunque para ser sincera, Bill no fue el primer nombre que a ella se le había cruzado por la cabeza, sino cierto chico muy parecido al primero, que se había ido sin decir nada luego de soltarle una declaración completa. Bromearon un poco más, para disolver la tensión que hacía unos minutos se había creado entre ellos. Gustav todavía tenía que empacar sus pertenencias, así que se despidieron y luego de besarle en la mejilla, Charlie salió del auto y caminó hasta el pórtico. La vio introducir las llaves en la cerradura y entrar en la casa. Su encuentro además de ser agridulce, le había traído algo de confusión, le había dado mucho en qué pensar, mucho qué reflexionar, y aunque sabía que no la vería en mucho tiempo, decidió que era lo mejor, pues necesitaba estar seguro.
-¡Frank! ¡Ya vine!
-Estoy en la cocina –informó su padre, mientras ella dejaba una mochila sucia en el suelo del recibidor. – ¿Quién era ése? –quiso saber, una vez que ella asomó la cabeza por la puerta.
-Era Gustav –contestó con una sonrisa radiante.
-¿Gustav? ¿Gustav, Gustav?
-Sí papá, ya sé como se llama –dijo con sarcasmo, poniendo una cara divertida.
-Oh, pero ¿Por qué no le invitaste a entrar? Sabes que me cae muy bien.
-Frank, ¿Has hablado con Tobi? –fue directo al grano. Frank borró todo signo de relajación en su rostro.
-Charlie… Pues… Si –admitió.
-Descuida, no estoy enfadada –le calmó ella. –Sabes que yo quiero esta vida tanto como tú, no me importa que no vayamos a la gira, ¿Sabes?
-¿Enserio?
-Sólo que me hubiera gustado saberlo antes. Apenas hoy encontré a Gustav de nuevo, y mañana parten…
-Oh… Que lástima… ¿Irás a despedirlos?
-Claro. El vuelo sale a las 11:00. –hicieron una pausa, la cual fue interrumpida por un fuerte gruñido. –Oh Dios, que hambre –expresó Charlie, mirando alrededor de la cocina. – ¿Hacías algo de cenar?
-¡JA! –se burló Frank –Sabes que terminaría incendiando la casa. Hay sobras en el refrigerador. –Charlie fue a abrir el aparato y puso una mueca de asco. Sacó todo lo que había allí y lo botó a la basura.
-Puaj, no quiero sobras. –su padre la miraba, divertido. –Frank… Alguno de los dos tendrá que aprender a cocinar –dijo hablando seriamente.
-Bien, te compraré un par de libros de cocina y… –se adelantó su padre.
-¡¿Por qué yo?! –saltó Charlie.
-¡Por que eres la chica de la casa!
-Y tú eres el adulto –atajó, entrecerrando los ojos y cruzándose de brazos. Se quedaron en silencio, mirándose desafiantes.
-Pidamos una pizza –propuso Frank.
-Dale, yo llamo y tú pagas –acordó y fue por el teléfono inalámbrico.
Después de cenar una rica rebanada de pizza, Charlie fue a acostarse, no sin antes poner la alarma del despertador. Se duchó, se cepilló los dientes y se metió en la cama con el pijama puesto. Casi no pudo dormir, a causa de un raro sueño que tuvo, y que a la mañana siguiente le era imposible recordarlo. Se levantó y fue a lavarse la cara. Se puso unos pantalones un poco anchos, y una playera color azul profundo, con gráficos y estampados en color blanco y gris. Nunca llevaba maquillaje y simplemente tenía una incapacidad para usar otro tipo de zapatos que no fueran sus tenis, ya fueran Converse o cualquier otro tipo de zapatillas deportivas. Mientras metía todo en una mochila pequeña, su móvil comenzó a sonar; miró la pantalla iluminada, pero no pudo reconocer el número. Iba a contestar, cuando colgaron. Salió de su habitación y se percató de que Frank seguía dormido. Bajó a la cocina y se preparaba un café, cuando alguien tocó a la puerta. No tardó en ir a abrir, sorprendiéndose al encontrarle afuera.
-Feliz cumpleaños adelantado hermanita… –dijo el joven. A ella le costó trabajo reconocerle, pero al final, una sonrisa enigmática recorrió sus labios.
-¡¿Elliot?! –exclamó con emoción contenida. Hacía muchísimo tiempo que no veía a su hermano, que no sabía nada de él, y ahora lo tenía en frente, abriendo los brazos de par en par, para recibirla en un abrazo fraternal.
-¡Vaya que has crecido! –dijo, levantándola un poco del suelo.
-¡Y tú! Por Dios, Elliot, ¿Qué edad tienes? –preguntó, al notar que ni ella misma recordaba cuántos años de diferencia se llevaban, aunque sabía que eran muchos.
-Veintiocho –contestó éste.
-¡Pero si hace unos meses yo te calculé veinticuatro! –protestó ella en broma.
-Pues gracias, me rejuveneciste cuatro años –bromeó. –Hermanita, recuerda que nos llevamos once años…
-¡¡Once años!! –estaba realmente sorprendida, pero sólo por el hecho de desconocer ese dato, ya que por lógica debería recordarlo. Fue en ese instante, que se dio cuenta que no recordaba muchas cosas acerca su hermano, pero minimizó la situación y lo dejó de lado, ¡Elliot estaba allí! No lo podía creer. – ¡Pasa!! ¡No te quedes allí!! –dijo y tiró de él, hasta llevarlo a la sala.
-¿Quieres algo de café?
-Por favor. –Fue a la cocina y volvió con dos tazas humeantes.
-¡¿Cómo es que nos has encontrado?!
-Fui a buscarlos a Leipzig –contestó, y por unos segundos, su mirada se tornó sombría. –Ahí me dijeron que Frank había vendido la casa. Hablé con unos cuantos viejos conocidos y di con que estaban en Hamburgo. –Mientras él se explicaba, Charlie le evaluaba con la mirada, ya que había algo diferente en él. Ella lo recordaba con aires más juveniles, y en cuanto a forma de vestir había cambiado totalmente. Antes se pudiera decir que vestía como un delincuente cualquiera, pero ahora era hasta elegante.
-Y dime, ¿A qué te dedicas ahora? –quiso saber Charlie.
-Pues, tengo un par de negocios, relacionados con los autos… Nada importante –dijo y dio un largo sorbo a su café. – ¿Y tú?
-Estoy trabajando en un taller de mecánica, arreglo autos –contestó, encogiéndose de hombros, al descubrir que se dedicaban casi a lo mismo. Siguieron hablando, poniéndose al día, sin darse cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo, de cómo las horas se iban volando y ellos se mantenían inmersos en una conversación con recuerdos, melancolía y anécdotas un tanto divertidas e irrelevantes.
-¿Hay algún motivo en especial por el que hayas venido a Hamburgo? –preguntó Charlie. Sus tazas de café vacías se enfriaban sobre la mesa de centro.
-No, solamente quería saber de ustedes, no perder el contacto, tú sabes.
-¿Te quedarás?
-No puedo.
-¿Dónde estás viviendo?
-Tampoco puedo decírtelo –se limitó a contestar. Charlie le miró con cierto resentimiento, evocando las veces que en su infancia él no le contaba las cosas. –Lo que pasa es que viajo mucho, así que no puedo darte alguna dirección –Charlie bajó la mirada. –Pero si quieres puedo darte mi número de móvil, y puedes llamarme cuando quieras. –ella aceptó a regañadientes y sacó su móvil, recordando así la llamada perdida de en la mañana.
-Por cierto, ¿Has sido tú el que me ha llamado en la mañana?
-No, Charlie, ¿Cómo iba a ser yo si no tengo tu número?
-Cierto –aceptó, intentando descifrar el número, intentando averiguar a quien pertenecía.
-Charlie, creí que ya te habrías ido –escuchó la voz de Frank, quien les miraba asombrado desde la entrada a la sala. Ella levantó la mirada y se hizo un silencio tenso. Frank y Elliot nunca se habían llevado bien.
-Hola Frank –saludó Elliot, sin inmutarse. –Creí que no estarías en casa.
-¿Por qué no iba a estar?
-Porque vi salir un auto de aquí mismo, antes de venir a tocar. Aunque pensándolo bien, era un auto demasiado caro para ti. –vio a Frank con superioridad. Charlie y Frank se miraron confundidos, el único auto que tenía Frank era el negro y viejo, que estaba aparcado en la cochera de la casa.
-¿Estás seguro? –preguntó Charlie.
-Sí. Estaba aparcado en la calle, justo enfrente de la casa. Tengo buen ojo para los autos y debo decir que era un auto exquisito. Si no me equivoco, era una Cadillac Escalade negra.
Al escuchar eso, los ojos de Charlie se movieron como un rayo hacia el reloj de la sala. Eran las 10:41 am.
-Oh no... ¡Los chicos! –se le había hecho tarde.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Capítulo 8
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The Nightmares Come True
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