viernes, 4 de diciembre de 2009

Capítulo 13

-¿Ir? ¿A dónde?
-Los padres de Georg tienen una casa de descanso en alguna playa del mediterráneo, y estábamos pensando en ir a tomar el sol –comentó Gustav, sentado frente al notebook y con el teléfono entre su hombro y su oído. –Nosotros casi siempre pasamos las vacaciones con nuestras familias, pero ahora queríamos distraernos un poco, para variar…
-Pero… ¿Estaría yo sola con ustedes dos? –cuestionó Charlie, encendió el lavavajillas y tomó asiento en uno de los bancos de la barra de la cocina.
-¿Por qué no invitas a Cynthia? –propuso Gustav.
-Apuesto a que eso te gustaría –insinuó pícaramente. Había sido notable la química que había surgido entre su mejor amiga y el baterista desde el día en que se conocieron.
-Mm.... Tal vez –respondió y esbozó una sonrisa.
-Lo sabía… ¿Puedo invitar a Giselle también? –quiso saber.
-Por mí no hay problema, aunque es la casa de Georg…
-Cierto… Pero creo que estaría más complacido si ella va –dijo volviendo a su tono pícaro.
-Concuerdo contigo –soltó Gustav y rió un poco. – ¿Entonces? ¿Vienes?
-¿Cuándo pensaban marcharse?
-Mañana domingo –contestó.
-¡Se iban a ir sin decirme! –reclamó en broma.
-No, para eso te llamaba –se justificó Gustav. –Pero comenzaste a hablarme del Instituto, de Bianca, me presumiste tu nuevo auto…
-¡Ahora es mi culpa! –siguió jugando. –No te vuelvo a contar nada –dijo, fingiendo un sollozo.
-Charlie… –le llamó Gustav con infinita paciencia. – ¿Vienes o no?
-Hummm... No sé…
-Anda, así te alejas de todo el escándalo que se hizo en tu Instituto.
-Bueno, vale… ¿Le avisas a Georg? Yo llamaré a las chicas. Luego te llamo de vuelta para ponernos de acuerdo, ¿Sí?
-Ok. Nos vemos. –se despidió Gustav y colgó el teléfono.
Esa noche la dedicaron a ponerse de acuerdo. Charlie llamó a las chicas y pudo convencer a Cynthia, mientras que Giselle se negó rotundamente. Se había conseguido un pequeño trabajo que duraría lo mismo que las vacaciones de los chicos, además no quería alimentar más los rumores que ya circulaban en Internet sobre ella y el bajista de la banda; sostenía que, si se mantenía alejada de Georg hasta que volvieran al trabajo, la gente dejaría de hablar, porque verían que su relación es profesional. Charlie le dijo que al diablo la gente, que irían como amigos, pero aún así Giselle no aceptó.
-¡Diviértanse por mí! –pidió la pelirroja y colgó el teléfono.
-Una menos –se dijo Charlie, mientras sacaba una maleta del fondo de su clóset. Marcó de memoria el número de Gustav y acercó el teléfono a su oído, al tiempo que abría la maleta y comenzaba a llenarla.
-Dime –contestó Gustav, sabiendo quién llamaba.
-Giselle no va. Pero alégrate, conseguí que tu morena curvilínea nos acompañara…
-¿Quién?
-Como si no supieras de quién hablo... ¡Cynthia! –soltó Charlie y echó a reír, contagiando al baterista.
-Bueno, ¿Paso por ustedes mañana?
-Sí. ¿Compraremos los boletos en el aeropuerto?
-Así es… Ok. Pasaré por ti temprano, vamos por Cynthia y nos juntamos en casa de Georg; de ahí creo que iremos en taxi, para no dejar el auto en el estacionamiento del aeropuerto.
-Bien, ahora me voy. Debo decirle a Frank. –anunció Charlie y rió con culpabilidad.
-Debiste preguntarle antes –regañó Gustav, pero con una sonrisa pintada en sus labios.
-Mm… Soy mayor de edad, además, si le decía antes corría el riesgo de que se negara.

Ambos rieron una vez más y colgaron. Charlie avisó a Frank y éste pareció entender la situación; le dio gusto que su hija se tomara un descanso, encima, los G’s eran buenos chicos, un tanto locos, pero buenos y les conocía, así que no puso objeción alguna. Charlie durmió tranquila esa noche, se levantó temprano y todo salió de acuerdo al plan. Para cuando se dio cuenta, ya estaba de pie en una terraza en la parte trasera de la casa, que daba a la playa y desde donde se podían sacar excelentes fotografías del sol ocultándose en el horizonte, de los matices azules del agua y la espuma de las olas; podía sentir la brisa fresca y salada pegándole en la cara, relajándole. La casa de los padres de Georg era hermosa: amplia, lujosa, de paredes blancas y decoración impecable. Apenas llegaron, Gustav y Cynthia habían ido a hacer la despensa para llenar las alacenas durante esa semana; Georg y Charlie se pusieron a jugar al play station, hasta que hicieron una pausa para comer algo.
-Ah, aquí estás –dijo Georg, asomando la cabeza por la puerta corrediza. –Creí que habías huido, ya que no quieres perder contra mí…
-Bah, estarás muy grandote en persona, pero te hago pedazos en los video juegos… –alardeó la pelinegra, echándose a reír. Colocó la cámara sobre la mesita de jardín, mientras Georg caminaba hasta el barandal.
-Esta vez no, verifica la puntuación y verás que estoy ganando. –se defendió el castaño.
-Bueno tienes razón, pero sólo es ésta vez; estoy perdiendo práctica –accedió, recargándose de frente sobre el barandal y mirando el cielo dorado en esos momentos.
-Charlie…
-Dime.
-¿Invitaste a Giselle?
-Sí, pero no podía venir.
-¿Dijo la razón?
-¿Por qué el interés? –cuestionó, pero Georg no contestó de inmediato; apoyó los brazos en el mismo barandal e inclinó su cuerpo, hasta dejar que su barbilla reposara sobre sus antebrazos. Miró a Charlie de reojo y sus miradas se encontraron. –Estoy al tanto de lo que ha pasado –comentó Charlie, para animarle a seguir.
-¿Ella te lo dijo?
-No –mintió. –Recuerda que yo te vi salir de su habitación hace un año.
-Oh, es cierto –aceptó Georg, intentando acordarse.
-Eso, más los comentarios de tus queridos amigos, hacen que me dé una idea…
-Ah –soltó con desgana. –Y entonces… ¿Dijo por qué no venía?
-Tiene trabajo; ahora que ustedes están de vacaciones, ella está temporalmente desempleada, así que buscó algo pequeño…
-Oh, bueno –dijo y se enderezó. – ¿Seguimos? –una sonrisa única recorrió sus labios. –Hoy es mi día, voy a ganarte –declaró.
-Ya veremos –respondió Charlie y le jaló un mechón del cabello.
-¡Auuuch! –se quejó sobremanera.
-Oh, Georg, no seas tan nena –le pegó un golpe en el hombro y se dirigieron al interior de la casa.

Gustav y Cynthia llegaron poco después, cargados con varias bolsas de plástico, las cuales acomodaron en la mesa de la cocina. Georg y Charlie se negaron a ayudar a hacer la cena, y luego de una divertida discusión, y que les obligaran a por lo menos poner la mesa, los cuatro cenaron muy a gusto, entre juegos, bromas, risas, carcajadas y demás.

Pasaron los primeros días disfrutando del clima, de la playa y del mar. La propiedad tenía una extensión privada de playa, cuya arena era blanca y fina; las olas arremetían débilmente, mojando tan sólo una parte de la arena, y al fondo, a unos metros de la casa se alzaban unas oscuras formaciones rocosas que le daban un toque contrastante al paisaje. Charlie hubiese podido estar todo el día jugueteando entre las olas, con Georg como compañero de juegos. Gustav y Cynthia, que eran de carácter más calmado, estuvieron muchas horas tirados en la arena, conversando de trivialidades, conociéndose aún más; los otros dos, parecía que no podían estar quietos ni un segundo, y cuando vieron que aquellos seguían en lo suyo, se les ocurrió una malvada idea.
Subieron hasta la terraza y trazaron un malvado plan; Charlie se adentró en la cocina buscando una bolsa con globos de látex, mientras Georg conectaba la manguera de agua, todo esto sin que Gustav o Cynthia se percataran de su ausencia.
-Me gustaría ser organizadora de eventos –decía Cynthia, ya que Gustav había preguntado a qué quería dedicarse. –Es que me llama mucho la atención el hecho de coordinar a un grupo de gente y que todo salga bien…
-Ooh, ya veo… También podrías organizar nuestros conciertos –dijo. –Es casi lo mismo, sólo que nosotros somos más torpes –ambos rieron.

De repente y sin verlo venir, Gustav recibió un impacto en un omóplato y sintió el agua correr por su espalda, en el mismo instante en que escuchaba un par de risas traviesas a unos metros de ellos. Se giró un tanto molesto, pero su expresión cambió al ver a Georg y Charlie, armados cada uno con una cubeta llena de globos con agua.
-Oh no –murmuró Cynthia, antes de que una lluvia de globos cayera sobre ellos; los coloridos proyectiles se reventaban y les mojaban; la morena y el baterista se pusieron en pie sin saber muy bien qué hacer, pues no tenían como defenderse.
-¡Vamos! –Gustav le tomó de la mano y salieron corriendo en dirección contraria, alejándose del bombardeo.
-¡No irán muy lejos! –amenazó Charlie, corriendo tras ellos sin poder contener la risa. No había mucho a dónde ir, así que se dedicaron a correr en círculos, hasta que entre Georg y Charlie fueron capaces de acorralar a los otros dos entre ellos y el mar. Cynthia y Gustav reían nerviosamente, al tiempo que retrocedían un poco, hasta sentir que el agua salada les mojaba los pies. –Ustedes no se han metido al mar –observó Charlie, sonriendo maliciosamente.
-¡Pero si ya nos han mojado lo suficiente! –se quejó en broma el baterista, haciéndoles frente y protegiendo a la morena.
-Oh Gustav, no te hagas el héroe –pronunció Georg, riéndose.
-Bueno, ya dejémosles en paz –dijo Charlie; bajó la cubeta y caminó hasta ellos, adentrándose también entre las olas, las cuales les golpeaban ya hasta las rodillas. – ¿Me permites? –pidió a Gustav que soltara la mano de Cynthia. Sin saber muy bien lo que la pelinegra se proponía, se soltaron; esperó unos segundos y luego, colocando una pierna tras las de su amiga, y empujándola por los hombros, la hizo caer dentro del agua, soltando una sonora carcajada, mientras Gustav les veía embobado; Georg aprovechó ese momento para meter a su amigo en el agua también.
-¡¡¡Charlieeeeeee!!! –gritó Cynthia algo enfadada, saliendo del agua para tomar aire. La aludida no podía hacer otra cosa que retorcerse de la risa, por la cara que ponían sus amigos y la alegría de haberse salido con la suya. Siguieron jugando en el agua hasta que cayó la noche. Regresaron a la terraza, los G’s y Cynthia tomaron asiento en las mullidas butacas de jardín, contemplando el oscuro manto salpicado de estrellas; Charlie lo observaba de pie, con su cuerpo recargado en la barandilla. Era ya mitad de semana y estaban exhaustos, pero muy relajados. Cynthia se puso en pie sin decir nada, y al cabo de unos segundos volvió con un balón de soccer en las manos.
-Lo había olvidado –dijo y se lo pasó a Charlie, quien lo recibió con la rodilla y lo bajó al suelo sin dificultad. –Lo compré para entretenerte un poco y que no se te ocurrieran cosas como las de hoy –agregó, mirando a su amiga con falso reproche.
-Charlie, ¿Tú juegas? –preguntó Georg, sonriéndole de medio lado.
-Sí, un poco… ¿Qué? ¿Ustedes no?
-No realmente –contestó Gustav. –Es algo un poco difícil.
-Oh, claro que no; además ¡Son hombres! –dijo, soltó una risita e hizo un par de trucos con el balón. – ¿Ven? ¡Es fácil!
-¡Ja! ¡Claro que no! Seguramente llevas practicándolo por años, desde que eras una niña, ¿No? –se adelantó Georg.
-A decir verdad, no lo recuerdo, pero no tiene importancia…
-¿Cómo no vas a recordar cuándo fue que aprendiste a jugar? –quiso saber Gustav.
-Bueno, supongo que tuvo que haber sido en algún momento de mi infancia, pero no recuerdo quien me enseñó, dónde practicaba, o si jugaba en algún equipo.
-Charlie… –habló su amiga con cierta preocupación. – ¿Estás diciendo que hay grandes lapsos de tu vida que no recuerdas?
-Vamos, todos hemos olvidado cosas de nuestra infancia –dijo Charlie, moviendo la mano para quitarle importancia. –O ¿Ustedes no? –Los tres le miraron en silencio durante algunos segundos.
-Bueno, sí –rompió Gustav el silencio. –Sí, he olvidado algunas cosas, ¿Qué es lo que tú normalmente no recuerdas? –tanteó.
-Mm… –hizo una pausa para pensar. –Pues… Son pequeños detalles como… No recuerdo a los maestros que me dieron clases, ni tampoco si tenía algún amigo en esos tiempos… Y tampoco recuerdo de qué enfermedad murió mi madre, sólo sé que pasaba mucho tiempo en el hospital… Creo que todos los años antes de vivir con Frank están borrosos, pero eso es normal, ¿No? –terminó lanzando la pregunta al aire, para que cualquiera de sus amigos le contestara. Ninguno de los tres sabía qué contestar; si bien no era muy grave el no recordar ese tipo de cosas, tampoco era normal. Un tono de móvil se dejó escuchar sobre el rugir de las olas, sobresaltándoles y aliviándoles por no tener que contestar la pregunta de Charlie. Georg se puso en pie y contestó la llamada, mientras Cynthia se desperezaba un poco.
-Creo que iré a dormir –dijo lanzándoles una sonrisa a Gustav y Charlie.
-Yo también –pronunció Charlie, caminando con el balón en sus manos. –Buenas noches. –se despidió de sus amigos en un tono ausente, como si hubiera seguido sumida en sus pensamientos, y prácticamente así era. Nunca se había puesto a analizar las cosas que no recordaba, ni se había preguntado a sí misma, ¿Por qué no las recordaba? Siempre había pensado que era algo normal, pero ahora que veía que no era del todo normal, le preocupaba saber qué pasaba con su cerebro, ¿Por qué había olvidado tantas cosas? O tal vez no las había olvidado… No. Seguían allí, pero su cerebro las mantenía ocultas. Subió las escaleras pesadamente, casi sin darse cuenta, llegando hasta la habitación que compartía con Cynthia. Dejó el balón junto a su cama y se metió al baño para enjuagarse la arena y sal que tenía pegada en la piel. Luego de ducharse rápidamente, se puso el pijama y se metió debajo de las colchas, con su cabeza aún hecha un remolino de dudas y pensamientos, con más preguntas que respuestas, pero dispuesta a no dejar que esas incógnitas le arruinaran sus relajantes vacaciones.

Más tarde abrió los ojos sintiéndose sobresaltada, sentándose de golpe en la cama. Podía escuchar el acelerado palpitar de su corazón y se dio cuenta que estaba perlada en sudor frío. Charlie había tenido nuevamente esa pesadilla, pero había podido despertar a tiempo. Volvió su mirada a la cama de al lado, y vio a su amiga que le daba la espalda, profundamente dormida. Por suerte no había hecho mucho ruido, así que se tiró de nuevo en la cama sin poder conciliar el sueño y analizando nuevamente sus pensamientos. Recordó la pesadilla con un poco de miedo, pero no pudo evitar notar algo: fue idéntica a la anterior que había tenido, la única diferencia, era que Tom no había aparecido por ningún lado; no había visto su silueta, no había escuchado su voz y no había gritado su nombre.

Era ya la tarde del día siguiente, Charlie deambulaba por la espaciosa casa, ya que se había cansado de mirar el techo de la habitación. Gustav y Cynthia al parecer estaban en la playa, y a Georg no lo había visto en todo el día. A pesar de que había muchas cosas con qué distraerse, no podía dejar de lado sus preocupaciones y eso comenzaba a molestarle. Llevaba el cabello recogido en una coleta maltrecha, nada de maquillaje y un pijama corto, pues hacía un calor sofocante. Sin muchas ganas de nada, fue a sentarse frente al televisor y, como hecho a propósito, justo cuando recién se había acomodado, alguien tocó la puerta. Esperó unos segundos y volvió a escucharlo. Con una infinita flojera, se puso en pie y fue a abrir de mala gana, pero antes de que pudiera acercarse lo suficiente, escuchó la lejana voz de Georg.
-¡Bill pasa, está abierto!
La puerta se abrió desde el exterior, dejándole ver a un sonriente Bill con una playera blanca y pantalones de chándal azules, que luchaba por entrar sus maletas en el recibidor.
-Oh, hallo Charlie –saludó, mirándole las pintas y poniendo una sonrisa divertida. Charlie se llevó las manos a su cara y se restregó los ojos con fuerza. No podía ser. Bill no podía estar allí, mirándole de esa forma y ¡Ella con tan poca ropa!!
-¡Hey! ¡Billiberto!! ¡Ayúdame con las maletas, ¿Quieres?! –escuchó la voz molesta de Tom, y no pudo evitar sentir un escalofrío. Bill puso los ojos en blanco, antes de dirigirse lentamente hacia el taxi, en el que Georg había ido a recogerles y que les había ido a dejar. Charlie ni siquiera había tenido tiempo de renegar o cuestionar el porqué estaban ahí, pero eso no importaba ahora. Corrió escaleras arriba y entró en el baño de su habitación dando un portazo. A la velocidad de un rayo, se lavó la cara y los dientes, cepilló su cabello, recogiéndolo en una coleta alta y dejando caer su flequillo liso sobre su frente; puso un poco de corrector para cubrir sus ojeras, y coloreó sus labios con un tono rojizo natural, antes de colocar brillo. De repente se detuvo en seco. ¿Qué estaba haciendo? ¿Poniéndose linda para los gemelos? Llegó a sorprenderse a sí misma, pero era verdad, eso era justo lo que estaba haciendo; aunque no era lo más común en ella, no le veía nada de malo, así que siguió con su tarea y fue al clóset para buscar ropa; se percató que Cynthia y Gustav habían vuelto, al lograr escuchar unas risas en el piso de abajo. Se vistió con un short de mezclilla, corte “Capri” que le llegaba hasta las rodillas, y un top de tirantes anchos, negro, con letras blancas y rojas. Cuando se miró al espejo y se sintió lista, decidió bajar a saludar nuevamente a sus visitantes. Mientras bajaba cada uno de los peldaños de la escalera con lentitud, iba escuchando más alto la conversación que se desarrollaba en la sala.
-No, enserio que no podemos librarnos de ustedes –se quejaba Gustav en broma.
-Oh Gustav, admite que me extrañaste –escuchó a Bill y unas risas llegaron hasta los oídos de la pelinegra.
-Pero es que éste par siempre se van de vacaciones sólo ellos dos, y nos ignoran, mientras Gustav y yo las pasamos con la familia… –explicaba Georg.
-¡Sí! Y justo cuando nosotros queremos vacacionar por nuestra cuenta, resulta que quieren unírsenos –concluyó Gustav.
-Pues sí, ya que Georg nunca había mencionado ésta grandiosa propiedad –se oyó a Tom hablar, y Charlie imaginó que haría alguna mueca divertida, pues los escuchó reírse nuevamente. Entre las risas resaltaba una muy femenina; pensando que sería la de Cynthia, Charlie se encaminó campantemente hacia las puertas corredizas que no dejaban ver el interior de la sala, y las abrió de golpe, poniendo la mejor de sus sonrisas.
-Buenas tardes –saludó y sus ojos se posaron en los recién llegados. Bill le dirigió una mirada un tanto indescifrable; luego Charlie clavó sus ojos en Tom, sintiendo su sonrisa ensancharse, para luego quedarse congelada, al observar a la alegre chica de cabellos castaños que se aferraba al brazo del guitarrista.
-Oh Char, que linda te vez –no dudó en adular Gustav.
-G-gracias –consiguió decir, aún mirando aquel par de ojos de un hermoso y enigmático color entre verde y azul que acompañaban a Tom. –Chicos, no sabía que iban a venir.
-Ni nosotros –dijo Tom, alzando los hombros. –Justo anoche Bill llamó a Georg, y nos dimos cuenta que no estábamos muy lejos.
-Oh… –sin saber por qué, una tensión se estaba formando en esa sala.
-¡Oh, Tommy! –canturreó la chica. – ¿No vas a presentarnos?
-Ah sí… Ella es Gaby –señaló a la chica. –Gaby, ella es Charlie.
-Encantada –saludó la chica adorablemente. Charlie pudo notar un vacío en su estómago al ver cómo Gaby se pegaba más y más a Tom, mientras Georg y Gustav compartían una mirada cómplice.
-Y bueno, cuéntennos ¿Qué han hecho estos días? –quiso saber Bill, para sacar cualquier tema de conversación. Como en un trance, Charlie fue a sentarse junto a él, al tiempo que Gustav y Cynthia relataban el bombardeo con globos de agua del día anterior. Luego de la charla, dejaron que Bill, Tom y la nueva invitada se acomodaran en la única habitación que sobraba; los G’s, Cynthia y una ausente Charlie se dedicaron a preparar algo para cenar en la cocina, esperaron a los otros tres y cenaron ruidosamente.

-Estuviste distraída en la cena –afirmó Bill, levantando los últimos platos de la mesa. Charlie no quería estar en la terraza con los enamorados y sus amigos, así que se había ofrecido a lavar los trastes; viendo la oportunidad de hablar con ella, Bill se ofreció a ayudarle. – ¿Me estás escuchando? –cuestionó al no obtener respuesta.
-¿Eh? ¿Qué? –reaccionó. Bill soltó un profundo suspiro.
-Charlie, ¿Qué pasa? ¿Estás bien? –se situó junto a ella, colocando los sucios en la pila con agua.
-Sí, sí, ¿Por qué no iba a estarlo? –dijo y abrió el grifo del agua para comenzar a enjuagar. Inconcientemente lanzó una mirada a la terraza, que se alcanzaba a ver desde el ventanal ubicado en frente del lavaplatos. Georg estaba de pie, recargado en el barandal, sosteniendo un cigarrillo encendido; Cynthia y Gustav sentados en un sofá de dos plazas, mientras Tom tenía a Gaby en sus piernas, y pasaba sus brazos alrededor de su cintura. El vaso de vidrio resbaló de sus manos, golpeándose contra la superficie metálica del lavaplatos y rompiéndose.
-¡Mierda!! –maldijo Charlie, al sentir cómo uno de los pequeños trozos que habían saltado le cortaba en el dorso de la mano.
-¡Charlie!! –exclamó Bill al ver la sangre. –Ten más cuidado –dijo, le tomó la mano y apretó un poco, colocándola bajo el chorro de agua. –Espera un poco –ordenó; arrancó un par de servilletas de papel, para envolverle la mano en éstas. –Mantenlo apretado. –ella asintió.
-¿Qué buscas? –preguntó, mirando a Bill que abría cada uno de los cajones y compartimientos de la alacena.
-Georg debe tener un botiquín por aquí.
-Hay uno en el baño de la planta baja.
-Vamos –dijo el vocalista y tomándola nuevamente de la mano, se encaminaron hasta el baño. Charlie se sentó en una orilla de la tina, mientras él sacaba el botiquín del gabinete. – ¿Duele mucho?
-No.
-Pues va a doler –advirtió Bill, empapando un algodón con alcohol.
-Y ¿Qué esperas? –apuró divertida.
-Masoquista –calificó el pelinegro, sonriendo. -Listo –dijo, mirando orgullosamente su trabajo con las gasas.
-Gracias Bill –pronunció Charlie, sonriendo algo avergonzada. El pelinegro guardó las cosas y se levantó para colocar el botiquín en su lugar, antes de sentarse junto a ella.
-Ahora me dirás ¿Qué te pasa?
-No me pasa nada, es sólo que soy muy torpe.
-Vamos Charlie…
-Tengo mucho sueño, no dormí bien anoche –se limitó a decir.
-¿Hay algo que te preocupa? –ella no contestó. Claro que le preocupaba mucho esa pesadilla que había tenido, y le daba miedo enterarse de que le faltaban fragmentos de su memoria... Y encima Tom... –No es… No es por Tom, ¿O sí?
-¡¿Tom?! –exclamó, sintiendo como si Bill le hubiese leído la mente. – ¡Ja! ¡Esa sí que es buena! –añadió fingiendo que se divertía con el comentario. Hizo ademán de levantarse, pero Bill colocó una mano en su rostro, acercándose para mirarle fijamente, como si en sus ojos pudiera encontrar la respuesta que ella se negaba a dar. La puerta se abrió de repente, haciendo que los dos se separasen.
-Oh, lo siento –se disculpó Tom. –No quería… Interrumpir –continuó, mirándoles acusadoramente. Charlie se puso en pie y salió del baño, dirigiéndose a la cocina nuevamente, seguida por Bill, quien le detuvo al pie de las escaleras.
-¿A dónde vas? –. Tom pasó por un lado de ellos ignorándoles, subió ágilmente los peldaños, y se perdió de vista.
-A terminar de lavar los platos –contestó.
-Yo lo haré, será mejor que vayas a dormir –recomendó Bill secamente. Sus amigos entraron desde la terraza y se dirigieron hacia sus habitaciones, despidiéndose de los pelinegros.
-No Bill, yo me ofrecí a lavarlos, no te puedo dejar todo el trabajo a ti.
-Bueno, acompáñame mientras termino, pero no lavarás nada –dijo en tono autoritario.
Charlie suspiró derrotada y sonrió a su amigo; después de todo, él sólo estaba preocupado por ella. Bill no tardó en terminar con los platos y luego de apagar las luces se dirigieron a las escaleras.
-¿Bill? –le llamó Charlie al notar que él no le seguía. – ¿No subes?
-Creo que dormiré en la sala –declaró.
-¿Qué? ¿Por qué? –cuestionó, bajando de nuevo los peldaños.
-Mm… Digamos que no quiero estorbar allá arriba… Ya que… Tú sabes… Tom no está solo…
-Aaaaaaah… –dijo, captando el mensaje. – ¿Quieres ver una película?
-¿Qué?
-Me quedo contigo, veamos una película en la sala –resolvió Charlie y se dirigió al lugar, tomando asiento en el enorme sofá justo en frente del televisor.
-Bien, pero busquemos algo en la programación de la TV, porque no confío en los gustos de Georg.
-Vale.
Bill tomó asiento junto a ella, encendiendo el aparato con el control remoto. Luego de estar cambiando varios canales se detuvo en uno.
-¡Mira! ¡The Notebook! –exclamó emocionado.
-Puaj… –se quejó Charlie. –Eso es muy… Cursi.
-Oh vamos, es romántica y triste…–bromeó Bill.
-Aburriiiiiidaaaaaaaaaaa –canturreó, ganándose una mirada de reproche. –Es verdad. –reafirmó la chica.
-Tal vez… Tengas razón –concedió Bill, pero no dio muestras de querer ver otra cosa, por lo que Charlie le arrebató el control y cambió el canal.
-¡Oh! ¡Fast and Furious! –exclamó, bajando la mano con la que sostenía el mando.
-Bah, ¿Qué tiene de bueno? Hombres, autos, carreras y violencia sin sentido… –criticó el vocalista. –Cambia –ordenó.
-Mmm... Nop –se negó ella, enseñando la lengua.
-Charlieeeeeee… –arrastró las sílabas amenazadoramente y se abalanzó sobre ella para sacarle el control de las manos, ambos riendo como un par de tontos. En su lucha cambiaron de canal sin querer, y Bill se quedó quieto.
-City of angels… –dijo complacido.
-¿Para qué? ¡Ya contaste el final! –reclamó su amiga. – ¡Se lo has arruinado a todas tus fans que no habían visto la película! –agregó y se echó a reír. –Además, luego me vas a levantar falsos de que lloré cuando la vi…
-¡Juro que es cierto! ¡Tom ha llorado en las películas que ha visto conmigo!
-Por el contrario, yo me quedaré dormida –respondió bostezando un poco. Bill tomó uno de los cojines de la sala y lo acomodó en su regazo.
-Adelante –señaló el cojín. Con una sonrisa en sus labios, Charlie acomodó la cabeza en el lugar señalado, mirando la TV. En uno de los cortes comerciales Bill aprovechó para bajar el volumen. – ¿Ya te has dormido?
-Aún no –contestó Charlie, levantándose un poco para dejar que él se acomodara mejor, en una posición más horizontal. –Bill…
-Dime.
-¿Quién es Gaby?
-Es la tía que se está tirando mi hermano justo ahora. –contestó relajadamente, pero Charlie guardó silencio.
-Me refiero a… ¿La conocen de hace tiempo? ¿Por qué vino con ustedes?
-No, la conocimos hace unos días; supongo que es el “free” de verano de Tom; vino con nosotros… No sé por qué, en realidad, no creí que Tom la invitara… Supongo que la trajo para poder tener más de un polvo con ella, pero todo terminará cuando volvamos a Alemania…
-Ah… Parece… Parece una buena chica –comentó, recordando que en todo el día, la tal Gaby se había comportado un tanto empalagosa, pero muy agradable también.
-A mí también me agrada, y eso es raro, pero bueno, Tom siempre ha sido así –alzó los hombros. – ¿Eso era lo que te preocupaba?
-Algo así –contestó herméticamente, sin querer soltar mucho de sus recientes preocupaciones, pues estaba claro que veía a Tom involucrado en éstas. –Pero no le digas a Tom.
-Está bien, será nuestro pequeño secreto –aseguró Bill, sonriendo por haber acertado en sus sospechas. Aún no estaba del todo seguro, pero podía notar cierta especie de química rara entre su hermano y la pelinegra, y sabía, que al paso que iban, jamás se darían cuenta por ellos mismos.

Tom abrió los ojos con el sonido de la regadera molestando sus oídos. Se talló los ojos, incorporándose en la cama y notando que estaba solo. Gaby se estaría bañando, pero ¿Y Bill?
Su cama estaba hecha, y sus maletas ni siquiera habían sido movidas de lugar. A saber dónde se había metido el tonto de su hermano; se colocó un pantalón de chándal encima de los bóxers, se ató las rastas en una coleta y bajó a la cocina con la intención de prepararse algo de café, pues se sentía rendido, después de su noche de pasión. Además de que era muy buena en la cama, Gaby era una de las pocas chicas que entendían a la perfección todas las implicaciones que significaba estar con él, por lo que decidió que quería más de un polvo con ella, aunque los dos sabían desde el inicio que no tenían un futuro más allá del verano. Era muy raro en él estar con una sola chica por más de una noche, pero aún así tenía las cosas claras, y estaba totalmente seguro que no sentía nada más que atracción y una especie de cariño hacia Gaby, pero no era más que eso. Sonrió con orgullo, mientras revolvía el café con una cuchara. Fue a la sala, quería ver algo en la TV, pero se detuvo de golpe en la entrada al observar que el sofá estaba ocupado, nada más ni nada menos que por su hermano, quien dormía plácidamente, con Charlie abrazada a su torso y con el rostro acurrucado en su pecho. Ambos parecían muy tranquilos y serenos, cómodos a pesar de estar los dos en el pequeño espacio del sofá. Algo en Tom tuvo la necesidad de bullir, subiendo hasta su garganta; no sabía muy bien lo que era, pero le mantenía en estado de shock, impidiéndole irse para no verles más.
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Muy largo xD
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