miércoles, 9 de diciembre de 2009

Capítulo 18

-¡Buenas noches! –se despidió de Gus y Cynthia, antes de que el coche arrancara; la pareja había hecho el favor de llevarla a casa en la madrugada, no extremadamente tarde, pues al saber que harían una sesión de fotos al día siguiente, decidieron no desvelarse mucho. Charlie caminó hasta la entrada, abriendo la puerta sin hacer el menor ruido posible. En la sala vio a su viejo Frank, con el semblante cansado y completamente dormido en el sillón; el televisor aún encendido proyectaba algo de luz sobre la mesita de centro, donde el control remoto reposaba. Charlie no pudo evitar sonreír al acercarse a él. No quería despertarle, así que le dio un fugaz beso en la mejilla y subió al segundo piso para traer un cobertor.
-¿Qué tienes allí? –preguntó con un hilo de voz, mirando la mano de su padre, que sostenía firmemente la fotografía de su madre.
-Rosalie… –murmuró Frank entre sueños.
-Realmente la amabas, ¿Cierto? –susurró Charlie luego de cubrirle cariñosamente con la manta; le besó en la frente y salió de allí hacia su habitación.

-No me habías dicho lo de ser nuestra fotógrafa –reclamaba Tom en broma, hablando con Charlie por el móvil, mientras se paseaba por su habitación.
-Lo sé, es que fue algo muy repentino –contestó, y se inclinó sobre su cama para sacar las sábanas.
-Me gusta, así podré verte más seguido.
-Que sepas que hay otros dos aspirantes y no es seguro que me contraten a mí.
-Neh, David te va a contratar a ti, te lo aseguro.
-Gracias por creer en mi. –apuntó esbozando una sonrisa. Hubo un silencio, en el que Charlie se acomodó entre las colchas.
-Ah, y… ¿Por qué al final no les dijiste a los chicos sobre nosotros? ¿Te arrepentiste?
-Iba a decirles, pero… ¿Sabes? Es lindo que sólo lo sepamos nosotros dos, es como más… Íntimo.
-Pero también es fastidioso tener que estar ocultándonos.
-Cierto… Pero, ¡No quiero decirlo yo sola! –se quejó, recordando el comentario de Tom en el jardín, a lo que éste soltó una carcajada.
-Claro que no iba a dejarte decirlo tu sola, estaba jugando.
-Y hasta ahora me lo dices –reprochó de mala gana. –Rastas, tengo sueño y mañana hay mucho que hacer, yo los llamo para verlos en casa de Andreas, ¿Vale?
-Perfecto.
-Gracias por todo, un beso.
-Buenas noches, te quiero –dijo naturalmente.
-Yo también Rastas, buenas noches.

Se vio rodeada de oscuridad, cegada por la ausencia de luz, sin siquiera poder ver sus propias manos. Lo único que sentía era un suelo frío y húmedo bajo sus pies, y escuchaba una gotera. Un flash le dio de lleno en la cara, cegándola aún más, pero ayudándole a ver lo que había a su alrededor. Un segundo flash, seguido por un tercero y un cuarto, iban iluminando durante fracciones de segundo la pequeña habitación. A pesar del reducido espacio del cuarto, y de la agobiante oscuridad, no sentía miedo. Los flashes cesaron, sumiéndola de nuevo en las tinieblas, aprisionando su pecho con una terrible incertidumbre.
-Las fotografías son momentos invisibles que quedan impresos, recuerdos que no se desvanecen con el paso de los años, de vidas que permanecerán plasmadas en papel… No lo olvides… –escuchó una voz. Conocía esa voz. Era la voz de la única persona que sabía que realmente la había amado. Al dejar de escuchar esa voz, sintió su corazón rendirse ante el sentimiento de abandono y desolación.
¿Por qué te fuiste?
Una luz roja se encendió en las alturas, y como un faro que guía al barco perdido entre las turbulentas y traicioneras aguas del océano, Charlie pudo sentir un poco de tranquilidad.


-¡Eso es!! –exclamó Charlie al tiempo que abría los ojos. ¿Cómo no se había acordado antes? Se reprochó, dándose un golpe en la frente; hizo una pausa para analizar su sueño. –No, no fue un sueño… Es… ¡Es un recuerdo! –se levantó de golpe, tropezó y cayó de lleno sobre la alfombra.
-¿Charlie? ¿Estás bien? –preguntó Frank al pie de las escaleras. Era domingo, por lo que su padre no había ido a trabajar temprano.
-¡Sí! ¡Sólo caí de la cama!! –contestó divertida, riendo de ella misma. Se incorporó más calmadamente, para tomar asiento en el borde de su cama. Tomó la antigua cámara de su madre y la examinó, confirmando lo que ya suponía: no funcionaba. Sin embargo la dejó de nuevo en el buró, lanzándole una mirada afectuosa al aparato; siempre le serviría de inspiración saber que su madre y ella tenían la misma pasión. Entonces una idea asaltó sus pensamientos. Sus pesadillas… ¿También serían recuerdos olvidados? Todas esas cosas tan aterradoras con las que soñaba, ¿De verdad le habían pasado?
Sacudió la cabeza; no era momento para ponerse a pensar en eso. Una vez que se hubo aseado y cambiado de ropa, preparó la cámara que le había regalado el mismo Andreas, además de un montón de cosas que creyó serían necesarias para la sesión. Llamó a los chicos cuando iba en camino y llegó a casa de su amigo pasado el medio día.
-¿Limpiaste todo tu solo? –se sorprendió la pelinegra, al observar todo en su lugar luego de la fiesta.
-Claro que no –respondió Andreas, quien acababa de abrirle la puerta de entrada; vestía ropas cómodas, tal vez con lo que durmió. Al cabo de una hora, los chicos se reunieron; Bill con la misma energía que le caracterizaba siempre, y Tom con el mismo sarcasmo de siempre, fueron los primeros en llegar; Gustav y Giselle trajeron a Georg a rastras y le propinaron un par de golpecitos en la cara para que despertara.
-Bien chicos, pasemos a la biblioteca –les pidió Charlie, quien ya había preparado la habitación; ésta se encontraba tan elegante como el día anterior, con la diferencia de que ahora estaba bañada con la luz que entraba por el ventanal, ya que había acomodado las cortinas, sujetándolas a los lados del marco de la ventana. También había arrastrado una silla antigua cerca del librero, y colocó un par de sombrillas reflectoras, haciendo lucir todo muy profesional.
-Listo –dijo Giselle, cuando había terminado de cubrir las ojeras de Georg; le sonrió al castaño y éste se acercó para darle un pico. – ¡Por cierto!! –llamó la atención de los demás. –Hay algo que queremos decirles…
-Lo sabemos, Georg y tú están juntos –le cortó Tom, restándole importancia.
-¿Lo sabes? ¿Gustav y Charlie también? –los aludidos asintieron.
-Todos lo sabemos –finalizó Andreas.
-Ahora, comencemos –demandó Charlie, haciendo señas a Georg y Gustav para ser los primeros, ya que el maquillaje de Bill era mucho más elaborado. Giselle se acercó al cantante con una expresión no muy amable en el rostro.
-Me pregunto quién les habrá dicho… –mencionó, haciendo un puchero y colocando la base en el rostro de Bill, quien permaneció en silencio, apenas pudiendo ocultar la sonrisa que se curvaba en sus labios; un poco mosqueada, Giselle colocó una enorme cantidad de polvo en la brocha y se la estampó a Bill en medio del rostro, dejando una gran mancha blanca y al vocalista con un cosquilleo insoportable en la nariz.
-¡Ah!! ¡Giselle! –se quejó.
-Eso te pasa por boquiflojo –le contestó la pelirroja, al tiempo que Tom y los demás reían de la pequeña venganza de la maquillista.

Charlie se encargó de que toda la sesión transcurriera entre risas, juegos y bromas, ya que no quería aturdir a los chicos, que mucho estaban haciendo con ser sus modelos. Gastó tres pares de baterías, estaba colocando el cuarto par cuando echó un vistazo a través del ventanal, observando cómo los rayos de sol procedentes del atardecer se filtraban a través de las copas de los árboles plantados en el jardín, y dibujaban una textura sobre el césped que ella recordaba fresco y suave bajo su espalda.
-Chicos, ¿Qué les parece si continuamos allá afuera?
-Tú mandas –aprobó Bill, y los demás asintieron. Entre todos llevaron lo necesario hacia el jardín, Giselle les dio un retoque y continuaron con la faena. Charlie les pidió que se adentraran un poco más entre los árboles, ya que el terreno era grande y la vegetación espesa, daría la impresión de que se encontraban en un bosque. Divisó una enorme pila de hojas secas, que habían caído de los árboles en el otoño y que se aglomeraban sobre el pasto. Se colgó la cámara al cuello, tomó un puñado de hojas con ambas manos y fue a arrojárselas a Tom sobre la gorra, cuando éste le daba la espalda, totalmente desprevenido; el rastas se giró un poco molesto, para ver cómo su chica señalaba a Bill acusadoramente. El guitarrista sonrió pícaramente y fue a tirarle a su hermano un fajo de hojas sobre la cabeza, haciendo que éstas se quedaran atoradas en su cabello.
-¡¡Hey!! –se quejó el vocalista, antes de devolver la travesura. Los G’s, Andreas y Giselle reían al contemplar cómo se arrojaban las hojas el uno al otro, mientras Charlie, como toda buena fotógrafa, aprovechaba la racha de emotividad para sacar las fotografías que ella creía, serían las mejores en todo el tiempo que llevaba practicando. La pequeña riña terminó cuando Tom tiró a Bill de un empujón sobre la pila, cayendo éste cual muñeco de trapo y esparciendo las hojas por los alrededores. Las risas de los presentes fueron disminuyendo poco a poco, hasta que todos se unieron en un semicírculo alrededor de Charlie, pidiéndole ver las fotografías.
-¡Que yo no empecé! –seguía diciendo Bill, caminando y sacudiéndose las hojas de encima.
-Ajá, y las hojas cayeron sobre mi gorra desde el cielo –respondía Tom con sarcasmo.
-¡Pero!
-Fui yo –confesó Charlie, sin despegar la vista de la pequeña pantalla de la cámara, pasando las fotografías una tras otra. –Necesitaba algo de dinamismo y juegos de hermanos puros –se justificó, antes de levantar la mirada. – ¡¿Qué hora es?! –cuestionó alzando la voz.
-Son a penas las siete y media de la tarde –le informó Gustav.
-Bien chicos, creo que es todo por hoy. ¡No saben cuanto les agradezco esto!
-¿Ya te vas? –preguntó Tom, al notar el tono de despedida en la voz de la chica.
-Oh Charlie, yo quería invitarlos a cenar –se lamentó Andreas.
-Eh, que a nosotros nos puedes invitar de todas formas –saltó Georg, quien no había hablado mucho en todo el día.
-Lo siento Andy, pero debo buscar un lugar donde imprimir las fotografías –explicó, al tiempo que guardaba las cosas que había traído. –Pero te prometo que otro día cenamos todos juntos, y yo invito, ¿Vale? –repartió besos en las mejillas de cada uno y salió caminando apresuradamente hacia la cocina. –¡¡Muchas gracias por todo!! –gritó antes de desaparecer por la puerta.
-¡¡De nada!!
-¡Adiós! –exclamaron al unísono.

Charlie salió de allí lo más aprisa que pudo, dirigiéndose hacia un centro de impresión que ya conocía, ubicado en el centro de la ciudad. Iba incómodamente cargada con su pesada mochila, en la que guardaba todos los accesorios que había llevado para la sesión, sin embargo siguió caminando mientras sacaba la tarjeta de memoria de la cámara y la conectaba a un adaptador con entrada USB, que le permitiría pasar las fotografías directamente.
-¡¿Qué?! ¡Pero las necesito para mañana temprano! –reprochó al dependiente, un chico de su misma edad o inclusive más joven, ya que tenía la voz un tanto aguda y el rostro poblado de acné.
-Pues debiste traerlas desde el viernes, como mínimo –contestó haciéndose el chulo.
-¡Oh, por favor!! –hizo una pausa para fijarse en el gafete enganchado en la camiseta del chico. –Henri… –leyó. –Henri, ¿Estás ocupado en éste momento?
-Sí.
-Yo no veo que estés haciendo algo –objetó la pelinegra, arqueando una ceja.
-Estoy atendiendo a la clientela.
-Soy la única cliente –replicó, notando cómo comenzaba a enfadarse.
-Así es, ¿En qué puedo servirte?
-Quiero imprimir éstas fotografías.
-Claro, estarán listas el martes por la tarde.
-¡¡¡Aarrghh!!! –profirió un chillido exasperado, golpeando el mostrador con una mano. – ¡Son fotografías digitales!! ¡¿Qué tanto puedes tardar en imprimirlas?!
-Es domingo en la noche y quiero regresar a casa –respondió con desdén.
-¡¿Dónde está el gerente?! ¡Pagaré más si es necesario! ¡Es una emergencia!
-¡¿Quién se está muriendo por tus fotos?! –se burló el empleado, a lo que ella sólo le fulminó con la mirada. –El gerente es mi padre, y no está –concluyó. –Aunque… Podrías pagarme de otra forma, bonita –insinuó. Por toda respuesta, Charlie retrocedió un paso, y alzó el dedo medio de ambas manos, antes de dar media vuelta y salir del local. Visitó otros tres lugares de los alrededores, recibiendo la misma respuesta en cada uno. Se detuvo frente al cuarto local, y el último. Una chica muy amable le atendió, accediendo a imprimir las fotografías.
-Oh, están muy bien tomadas –elogió la muchacha, una vez que había introducido la USB en el ordenador. –Espera… A caso son… ¿Son fotografías de Tokio Hotel? ¡¿La banda Tokio Hotel?! ¡¿De dónde las sacaste?! –exclamó emocionada; a Charlie se le descompuso el rostro cuando vio que la chica tenía intención de copiar las fotos, sacó la USB de un tirón, antes de que tuviera oportunidad de copiarlas, y se marchó de allí.
Caminaba cabizbaja por una plaza, la noche había caído ya, y las farolas a penas e iluminaban los costados del sendero adoquinado que cruzaba el lugar. A lo lejos distinguió a una pareja despidiéndose, pero siguió caminando. Una piedra se cruzó en su camino y la pateó con todo el coraje que sentía en ése momento. No podía pedirles otro favor a sus amigos, y si no llevaba el portafolio al día siguiente, perdería su única oportunidad. Había avanzado lo suficiente para alcanzar la misma piedra que había pateado, unos metros más adelante. Volvió a patearla con furia, pero ésta vez la pequeña roca se levantó en el aire y fue a pegar en el tobillo del chico de la pareja que había visto despedirse muy cariñosamente.
-¡Aauuch! –se quejó, llevándose una mano al lugar adolorido.
-Lo… Lo siento –se disculpó Charlie sin mirarle, al pasar junto a él.
-Espera –le detuvo por un brazo, pues no había alcanzado a mirarla bien. – ¿Charlie?
-¿Edward? –le reconoció ella también.
-¡Charlie! –saludó alegremente.
-¡Ed! ¿Cómo marcharon las cosas en el taller? –preguntó, volviéndose sonriente hacia él.
-Bien, bien… Aunque debo admitir que nos haces falta.
-Adulador –le acusó. – ¿Y esa chica?
-¿Qué chica? –contestó, haciéndose el desentendido.
-Oh vamos… Tú puedes cuestionarme sobre mis amigos, pero ¿Yo no puedo saber sobre tu chica?
-Ok, tienes razón –aceptó él, llevándose una mano a la nuca. –Pues… Estamos saliendo, es todo –reveló e hizo una pausa, en la que observó el montón de cosas que cargaba su amiga. –John me ha dicho que quieres ser fotógrafa profesional, ¿Cómo ha ido la sesión?
-La sesión bien, pero… –dejó la frase sin terminar, y sonrió amargamente. –Puedes decirle a John que regresaré a trabajar al taller, no creo que me den el empleo.
-¿Por qué? ¿Qué pasó?
-Error de tiempos –dijo simplemente. –Creí que tendría las fotografías listas para mañana temprano, pero no he podido imprimirlas. Se acabó. –tomó asiento en una banca, derrotada.
-Pero Charlie, no puedes darte por vencida…
-¡No hay otra opción! –objetó, mientras Ed se sentaba a su lado. –No hay manera de imprimir esto y que esté listo para mañana –rebatió, enseñándole la memoria con el adaptador.
-¿Son digitales?
-Sí.
-¿Cuántas son?
-Casi cien.
-¿Crees que tardaría mucho?
-No, como máximo dos horas, y le estoy exagerando...
-Bien –le arrebató la memoria y se puso en pie. –Ve a casa y dame tu dirección, te las llevaré mañana a primera hora.
-Pero Ed…
-Tengo un conocido que podría ayudarte, pero quiero que descanses –declaró tajantemente.
-Oh Edward, no puedo pedirte eso. –se levantó del asiento, mirándole avergonzada.
-No me lo estás pidiendo, yo te estoy ofreciendo mi ayuda –recalcó con una sonrisa alentadora.
Charlie se limitó a sonreírle con una eterna gratitud, no lo podía creer, ¿Cómo había podido dudar de las intenciones de Edward? Él sólo quería apoyarla en todo, ¿Era eso tan malo?
Se dispuso a regresar a casa una vez que le pasó su dirección. Al llegar, abandonó la mochila en el recibidor antes de subir pesadamente las escaleras. El agotamiento la tomó por sorpresa, haciéndola caer rendida sobre su cama; con dificultad logró sacarse los converse y luego de poner la alarma en el móvil, se durmió rápidamente, liberando su mente y dejándola volar libre a través de sus sueños, intentando adivinar cuál de éstos se convertiría en un recuerdo perdido ésta vez.

A la mañana siguiente, en la cocina, Charlie se preparaba una humeante taza de café. Se había levantado al primer toque de la alarma y ya tenía todo listo, a excepción de las fotografías que había entregado a Edward. El timbre de la entrada la hizo dar un respingo, pero también pudo sentir como si hubiera recibido una inyección de felicidad y vitalidad que le recorría las venas, ya que seguramente sería su amigo. Fue a abrir, sólo para confirmar sus sospechas.
-Aquí tienes –dijo él, tendiéndole una bolsa de plástico con las fotografías.
-¡Pasa! –ordenó, halándole por el brazo, sin darle tiempo a negarse.
-Pero…
-No importa, Frank ya se ha ido y a mi me falta una hora y media para partir, pero necesito tu ayuda.
-Sí claro, dime…
-¿Quieres café?
-Eh… Sí, negro, por favor.
-Claro. –desapareció por la puerta de la cocina, tardó unos minutos y apareció de nuevo con una taza más. –Necesito que me ayudes a elegir sólo veinte.
-¡¿Qué?! ¡¿Sólo veinte de ochenta?! –exclamó sorprendido.
-Así es, deben ser las mejores veinte.
-¡Pero todas son realmente buenas! –protestó, sonriendo sinceramente.
-Oh claro que no –negó con modestia. –Anda, ayúdame.
Entre los dos fueron colocando todas las fotografías extendidas sobre la mesa del comedor; eligieron las que más les gustaban, reduciendo el número a treinta, luego procedieron a descartar otras diez. Cuando las fotos estuvieron elegidas, Charlie abrió el portafolio que había preparado; era una especie de álbum, pero con un diseño original y muy del estilo de la banda, con colores negro, blanco y rojo. Introdujo las últimas veinte fotografías con cuidado en el espacio destinado a éstas y le echó un vistazo a todo el álbum una vez más.
-Gracias Ed, eres un gran amigo –mencionó, haciendo énfasis en la última palabra. –Ahora debo irme, o llegaré tarde.
-¿Te llevo? –ofreció.
-¿Podrías?
-Vamos, ya estoy aquí –dio el último trago a su café y se puso en pie.
A pesar de seguir sin confiar plenamente en él, Charlie no podía negar que Ed le había sido de gran ayuda. Sabía que no estaba bien aceptar tantos favores de su parte, pero se justificó pensando que en esa ocasión, había sido una emergencia; además, él estaba saliendo con esa chica de la noche anterior, no habría más problemas de celos, se convenció con seguridad.
Edward iba siguiendo sus indicaciones durante el camino, por lo que en menos de media hora, Charlie logró bajar de la camioneta de reciente modelo y se despidió de su amigo.
-Suerte –deseó antes de que ella cerrara la puerta.

-Llegas tarde –regañó David, mirando el reloj en su pared.
-Tienes razón, lo siento –se disculpó Charlie. –No podía encontrar tu oficina.
-Que no se repita, soy un hombre ocupado.
-Lo prometo. –se adelantó hacia el escritorio y entregó el portafolio.
-Siéntate –mandó, tomando el trabajo de Charlie entre sus manos y echándose hacia atrás en su enorme silla ejecutiva. Dio un vistazo rápido a las fotos, para luego sacar otros dos álbumes de un cajón, apostándolos sobre la superficie de madera. –El blanco y negro es de tu competencia número uno, el gris es de tu competencia número dos. Examínalos para que veas con quién te enfrentas.
Charlie le miró con cautela y eligió el gris para verlo primero; terminó, lo dejó de nuevo en el escritorio y tomó el otro, el cual le llevó más tiempo analizar.
-¿Qué opinas? –interrogó el manager, escudriñándola con la mirada; ella le devolvió una mirada suspicaz: David la estaba poniendo a prueba.
-Ambos son buenos, excelentes diría yo; el número uno es sobrio, clásico y por lo tanto, aburrido –soltó sin miedo, arriesgándolo todo. –Se va a lo seguro, con fuentes de luz, poses y ángulos ya gastados. –hizo una pausa y pudo notar la sonrisa que se iba dibujando en el rostro de David. –Sin embargo es mejor que el número dos; éste parece no basarse mucho en la composición de la toma, y percibo cierto caos y un desfase ambiguo, la luz no es la mejor… Vamos, no sabe lo que quiere… ¿Gris? –criticó. –No va mucho con la banda… Y una cosa más, el número uno tiene fotografías impresas por el método antiguo, el tradicional no digital, lo que le da una mejor calidad de impresión –finalizó, dándose cuenta que las de ella también eran digitales y se estaba restando puntos.
-Bien –recogió los álbumes y se puso en pie. –Muchas gracias por tu opinión, me has ayudado a elegir. De los tres, descartaré a uno el día de hoy. Te llamaré mañana para avisarte, ¿Ok?
-Claro –asintió nerviosamente. – ¿Te dejo mis datos?
-Sí, déjalos en recepción, ya te puedes ir.
-Gracias.

La noche llegó más rápido de lo que esperaba, y dio paso a la mañana siguiente, en la que se levantó y fue a empeñar su vieja cámara digital, la que tenía durante la gira, y a sacar gran parte de sus ahorros, para conseguirse una cámara tradicional profesional, que le diera la calidad que había observado en las fotografías del álbum número uno. De alguna manera tenía que armarse para la posible batalla. Llegó a casa para comer con Frank, quien no pudo evitar fijarse que Charlie llevaba dos cámaras.
-¿Y eso? –señaló los objetos.
-Ahora tengo una digital y una tradicional, en lugar de dos digitales. –respondió, dejando las cámaras en la mesa del comedor.
-¿Sacaste tus ahorros?
-Sí.
-Me la podías haber pedido.
-Sí, pero no quise; Frank, debo empezar a valerme por mí misma.
-Y estás en tu derecho, pero tus ahorros son para ti, para algún capricho o gusto que quieras darte… En fin… ¿Cómo van las cosas en el taller? –cuestionó, sentándose a la mesa; Charlie le imitó, mirándole con culpa; sabía que tarde o temprano tendría que decírselo.
-No lo sé, no he ido en los últimos tres días –confesó.
-¿Por qué? –preguntó preocupado.
-No te alarmes. Verás… El viernes fui a la discográfica y me topé con David Jost, ¿Lo recuerdas? –su padre asintió, mientras seguía comiendo. Charlie contó toda la historia con lujo de detalles, enfatizando con emoción las partes que aún le parecían increíbles.
-Cielos, Char… ¡Es genial! ¡Felicidades!! –expresó con gusto.
-Bueno Frank, aún no es seguro. David me llamará hoy para avisarme si sigo en la competencia.
-¿Competencia?
-Le llamamos así porque hay otros dos aspirantes.
-Bah… Tú eres muy buena, no te preocupes –pronunció con calma, recargándose pesadamente en el respaldo de la silla.
-Pero ellos son profesionales, eso es lo que me preocupa. Yo no tengo preparación, ni la suficiente experiencia… –El móvil sonó, interrumpiendo su discurso de inseguridad. Charlie fue a la sala para contestar, y regresó con una expresión de ansiedad en el rostro.
-¿Qué pasó? –quiso saber su padre.
-Descartó al número dos… –informó, sentándose a la mesa nuevamente.
-¿Eso qué significa?
-Que sigo en la competencia.
-¡Lo sabía!! –exclamó triunfante. –Pero, ¿Por qué esa cara?
-Mañana tengo que realizar una prueba práctica, es decir, una sesión de fotos con los chicos, supervisada por su jefe de diseño gráfico.
-¿Y? ¿Estás nerviosa?
-No, es solo que… Será muy difícil –enfatizó las últimas palabras.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque David me ha dicho que mi rival es el mismísimo Frederick Coventry, uno de los mejores fotógrafos de Alemania. –explicó con voz baja, mostrándose un poco asustada.
-Mi niña… ¿Sabes lo que eso significa?
-¿Que estoy perdida? –sonrió con nerviosismo.
-¡No! Significa que el mismo David te está poniendo a la altura de ese tal Frederick, ¿No te das cuenta? ¡Eres tan buena como él!
-¡No hay punto de comparación! –contradijo desesperada.
-Lo que pasa es que eres muy modesta, pero David no te hubiera elegido de no ver el talento en ti… Verás que todo te va a salir bien, lo heredaste de Rosalie.
-Lo sé… –alcanzó a decir antes de que el nudo se cerrara en su garganta, mirando a su padre con los ojos cristalinos.

Era miércoles. En el camino a la discográfica, Charlie se dio cuenta que no había visto ni hablado con Tom desde el domingo, percatándose así de que ya le extrañaba. Respiró una gran bocanada de aire para tranquilizarse, después de todo, le vería ese mismo día. Arribó al edificio con diez minutos de antelación, preguntó en recepción en qué piso se encontraba el departamento de diseño gráfico, asió el tirante de su maletín con fuerza y se dirigió hacia el ascensor con paso titubeante. Divisó a una chica de espaldas, apostada en la entrada del elevador, esperando a que éste llegara a la planta baja. Un hombre alto y con gran porte rebasó a Charlie a gran velocidad; las puertas se abrieron, y el hombre no dudó en entrar, empujando bruscamente a la chica que ya tenía unos minutos esperando. El tipo ni se inmutó, tan sólo se adelantó a presionar el botón, de manera que ni Charlie ni la chica lograron subir.
-Idiota –murmuró Charlie, y se precipitó a recoger los folders que la chica había dejado caer.
-Descuida, toda la vida lo ha sido –dijo la chica, mirando cómo las puertas se cerraban completamente. –Gracias –agregó, levantándose junto con Charlie.
-Por su culpa tendremos que esperar más –bufó la pelinegra.
-Está bien, prefiero no compartir el viaje en ascensor con él.
-¿Trabaja aquí? –preguntó con curiosidad.
-He trabajado con él en algunas ocasiones, es un maldito –contestó con coraje en la voz.
-Ugh… Espero no tener que lidiar con él nunca –hizo una mueca divertida, a lo que la chica soltó una risa alegre. Charlie se fijó bien en ella: era mayor, mucho más alta, delgada y llevaba el cabello castaño dorado natural, con un corte alocado que hacía un montón de picos desordenados y no le llegaba ni debajo de las orejas, las cuales estaban llenas de aretes; tenía unos lindos ojos grises y más piercings regados por el rostro. Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo y ambas entraron en él.
-¿A qué piso vas? –preguntó la joven amablemente.
-Eh… –dudó. Vaya memoria, ya se le había olvidado. –Pues necesito estar en el departamento de diseño gráfico…
-Genial, yo también voy para allá –mencionó y pulsó el número. –Y… ¿Vienes con alguien?
-Ehm… Pues… Algo así, se supone que van a supervisarme en una sesión de fotos programada para hoy.
-Oh, y ¿Eres la asistente del fotógrafo? –tanteó.
-No, soy la fotógrafa.
-Ah, lo siento –soltó apenada. –Es que eres muy joven y todavía tienes la mirada tiernita… –añadió burlonamente.
-¿Eso es malo? –cuestionó Charlie, sintiendo por primera vez los nervios en la base del estómago.
-No lo creo… Me recuerdas a mí misma –confesó con afecto; el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. –En fin, tú debes ser Charlotte Haswell…
-¿Cómo lo sabes? –exclamó sorprendida, saliendo al pasillo.
-David me habló de ti –se detuvo para contemplar la reacción de la pelinegra, pero no hubo ninguna. –Yo soy Kira Bleu, suena igual que “Blue” por eso todos me llaman así, lindo juego de letras, ¿No? –Charlie le miraba con perplejidad, mientras Kira sonreía cada vez más. –Soy la jefa de diseño gráfico, y la encargada del diseño de la portada del nuevo álbum de Tokio Hotel. Es un placer conocerte. –se presentó y le tendió una mano para saludar. -¿Puedo llamarte Charlie? –pidió emocionada. – ¡Suena tan…! ¡Taaan…! –exclamó, como si fuera lo más genial del mundo.
-Claro –contestó algo cortada.
-¡Tranquila! ¿Estás nerviosa?
-No esperaba conocerte así –se encogió de hombros.
-Bueno Charlie, entonces tú dime “Blue” ¿Sí?
-Está bien –dijo en un tono a penas audible, pues sentía que se le había escapado la voz.
-Vamos –apremió y avanzaron por el pasillo hasta detenerse frente a una puerta, donde ya esperaba el fotógrafo profesional que haría de competencia a Charlie.
-Oh, no… –murmuró la pelinegra al observarlo: era el mismo idiota del ascensor.
-¿Qué esperas? Mi tiempo es muy valioso –espetó, dirigiéndose a la diseñadora, quien se concentraba en introducir las llaves en la cerradura de la puerta. –Y ¿Dónde está la banda? ¡Tarde como siempre!
-¡Cállate Frederick! –Blue abrió y entró en un pequeño vestíbulo, con él pisándole los talones.
-Toma –le tendió a Charlie dos maletines negros; ella le dirigió una mirada de apatía, sin moverse de su lugar. El hombre roló los ojos y dejó sus maletines en una salita apostada en una orilla del recibidor. Al fondo había una puerta y junto a ésta, una ventana rectangular que dejaba ver el interior de una gran habitación equipada con escenografías y reflectores. –Tienes una asistente muy maleducada, Kira –regañó.
-No es mi asistente –abrió la puerta de la sala donde se llevaría a cabo la sesión. –Es la otra fotógrafa –sonrió con malicia al observar la mueca de indignación en el rostro de Frederick. –Charlie, tu vas primera ¿Quieres ir preparando las cosas?
-Yo…
-¡¿Que ella va primero?! ¡¡Por supuesto que no!! –saltó, levantando la voz. – ¡Tengo mejores cosas que hacer, que esperar a una niña que cree que porque papi le compró una cámara nueva, ya es toda una fotógrafa!
-¿Podrías dejar de gritar? –reclamó Blue con hastío.
-¡Nada de eso! ¡Yo lo haré primero! –se adelantó y colocó una mano en el pomo de la puerta.
-¡Tú no das las órdenes aquí! –gritó enfurecida. – ¡Y más te vale que…!
-Que vaya primero –le cortó Charlie, en un tono neutro. –Lo quiere fácil, fácil lo tendrá; no le temo a las dificultades –se encogió de hombros y fue a sentarse en la salita relajadamente. –Y por cierto, hasta esos feos zapatos son más nuevos que mi cámara –señaló, cuando una sonrisa hipócrita se iba curvando en sus labios. La puerta se abrió, dejando a Frederick con la palabra en la boca.
-Lo siento, ya estamos aquí –escucharon a Bill, quien entraba en el recibidor, seguido por sus compañeros. –David vendrá hasta más tarde, pero quiere que comencemos de una vez.
-¡Claro! ¡Pasen muchachos! En un momento preparo las cosas… –invitó el fotógrafo, encaminando a Bill hacia el interior de la otra sala, mientras el resto de la banda se detuvo a saludar a su amiga. Charlie se había quedado boquiabierta, al observar el cambio de humor del tal Frederick… ¿Cómo había cambiado tanto la actitud de ese tipo en tan sólo unos segundos?
-Sabemos cómo es –le dijo Gus para calmarla.
-Sí, nos da asco –agregó Georg, saludando con un gesto a Blue.
-De hecho, Bill es el único que puede soportarlo, sólo le sigue la corriente.
-¡Chicos! –les interrumpió la ya conocida voz de Giselle, quien entraba con pintas de haber estado corriendo.
-¿Qué haces aquí? –preguntó Blue. –Creí que Natalie iba a maquillarlos.
-Está de vacaciones –explicó la pelirroja. – ¿Donde está Bill? Es el más tardado…
-Tranquila, hizo gran parte del trabajo en casa –le tranquilizó Tom. –Por eso llegamos tarde. –finalizó con su singular sonrisa, parándose junto a la ventana para observar a su hermano, quien había insistido en maquillarse y peinarse solo. Charlie fue a situarse junto a él, ansiando el contacto que ya desde hacía varios días no tenían. Se miraron fugazmente, compartiendo la impotencia que sentían al estar tan cerca y tan lejos a la vez. Frederick les hizo una seña para comenzar y todos se precipitaron hacia el interior de la sala, para dar comienzo a una serie de expresiones y sonrisas falsas, poses clásicas, ángulos ya muy utilizados. Charlie negaba con la cabeza cada vez que el tipo decía: –Dame otra pose Bill… Quiero ver algo nuevo… Gustav sonríe más…
Ciertamente la sonrisa de Gustav era hermosa, pero si ya de por sí era difícil sacarle una sola sonrisa, estaba claro que sería imposible que sonriera aún más de lo que ya lo hacía. Frederick no se arriesgaba a proponer nuevos conceptos por sí mismo, sólo se limitaba a pedir y pedir, para luego tomar las fotos. A pesar de saber que era un desgraciado, los chicos se comportaron como todos unos profesionales, mostrándose cooperativos con el fotógrafo, a quien se le había esfumado el mal humor de la mañana. Terminaron sin contratiempos y el hombre se retiró de allí, dedicándole a Charlie una última sonrisa arrogante antes de salir. Los chicos vinieron a tomar asiento durante unos minutos.
-Charlie, es tu turno –avisó Blue, cruzándose de brazos.
-¿Están muy cansados? –les preguntó, dirigiéndose a ellos. – ¿Ya comieron algo? –volvió a cuestionar, mirando la hora en el móvil. –Pasa de medio día…
-Vamos, entre más rápido comencemos, más rápido terminaremos –dijo Georg, poniéndose en pie un tanto fastidiado. Esas eran las dificultades; ser la segunda en tomar las fotos, implicaba que los chicos estarían ya cansados, con hambre, aburridos y de mal humor; el cabello de Bill había caído un poco, Tom miraba cada vez más ansioso a Charlie sin que los demás lo notaran, y Gustav estaba más que serio.
-¿Por qué no van a comer algo? –sugirió la pelinegra. –Al fin que voy a tardar en preparar las cosas –añadió mirando a Blue como si le estuviera pidiendo permiso. Los gemelos compartieron una mirada, al tiempo que un gruñido salía del estómago de Gustav, causando las risas de todos.
-Los quiero aquí en media hora –sentenció Blue, señalando el reloj en su muñeca. Los chicos se pusieron en pie, para dirigirse a la cocina del estudio.
-Giselle –le llamó Charlie, antes de que ésta saliera junto a Georg. –A ti te necesito para que me ayudes –mencionó con un tono misterioso. Su amiga le hizo un puchero inconforme, pero al final besó a Georg en los labios y le dijo que lo vería más tarde. –Blue, ¿Dónde están los instrumentos?
Cuando estuvieron de vuelta, los chicos entraron en la sala un poco más alegres, y se toparon con sus instrumentos instalados como si fueran a dar un mini concierto. De fondo utilizarían una escenografía que tenía una falsa compuerta metálica, como la de una cochera, y alrededor había cajas y objetos regados por doquier.
-¿Un garaje? –Bill alzó una ceja, sonriendo de a poco.
-Yo sé que sus primeros ensayos no fueron en un garaje –respondió Charlie, preparando su cámara. –Pero quiero que la sesión sea como sus primeros ensayos. Volver al origen, Bill. –finalizó, mirándole con complicidad.
-¡¿Recuerdas Tom?! –saltó el vocalista. – ¡Eran tan divertidos!
-Sí, nos la pasábamos haciendo estupideces –concedió su hermano.
-¿Y qué esperan? Comiencen a hacer estupideces –ordenó Charlie, riendo. Giselle se apresuró a retocarles el maquillaje y fueron por los instrumentos.
La sesión se desarrolló como Charlie lo había previsto; pidió a los chicos que tocaran sus viejas canciones, las primeras que habían tocado juntos. Captó a la perfección las sonrisas de melancolía, las expresiones de sorpresa cuando a Tom se le olvidaba una nota o cuando Bill confundía las letras, pues tenían ya mucho tiempo de no tocarlas.

-Wow, de verdad me recordó a nuestros primeros ensayos, sin poses, sin sonrisas falsas, sin tantos reflectores o kilos de maquillaje –decía Bill, al salir de la sala acompañado por los demás. –Oh, hallo David –saludó a su manager, quien había logrado escuchar sus últimas palabras, poniendo una sonrisa que le cruzaba el rostro.
-Hallo Bill, chicos, Charlie, Giselle –saludó a todos con un gesto en general. –Blue y yo estábamos observándolos, se han divertido ¿A que sí?
Todos soltaron una risa a coro en respuesta a la pregunta. La puerta del pasillo se abrió de repente, haciendo que todos se volvieran para prestar atención.
-Ah, David, me dijeron que estabas acá –informó Frederick, interrumpiendo la pequeña reunión. – ¡¿Todavía no terminan?! –exclamó fingiendo sorpresa, antes de lanzar una mirada de superioridad a Charlie.
-Recién acaban de terminar –se adelantó Blue. –Porque Charlie los dejó ir a comer y descansar un rato, y no los aturdió con una fotografía tras otra –finalizó en tono de reproche.
-Pues que mal, un fotógrafo toma fotos solamente; lo demás es una pérdida de tiempo –criticó, y todos le fulminaron con la mirada grupalmente, en especial los más agotados, Georg y Gustav. Blue iba a contestar, pero fue interrumpida por David.
-¡Basta de discusiones! –les paró, sabiendo que Coventry y Blue nunca se habían llevado bien. –Chicos, ustedes ya se pueden ir, yo los llamo luego. –dijo a su banda, alegrándoles un poco, pues de verdad estaban cansados; Bill dio un saltito y salió seguido por los G’s, dejando atrás a Tom, quien se había rezagado para mirar a Charlie y hacerle una seña de que la llamaría. – ¿Por qué volviste? –preguntó David a Frederick.
-Ya he revelado e impreso las primeras pruebas –respondió, tendiéndole un sobre.
-Vaya si eres rápido… –comentó el manager asombrado.
-Así trabajo yo. Es lo que tiene trabajar con alguien profesional y experimentado.
-Bueno, así tendré más tiempo para verlas bien –el manager ya les estaba echando un vistazo.
-Por supuesto que mañana las tendrás completas –garantizó.
-Bien. Charlie, ¿Me traes las tuyas mañana? –consultó su reloj y confirmó que estaba anocheciendo.
-No, las tendrá listas en dos horas –respondió Blue por ella, a lo que Charlie le miró con sus enormes ojos, impresionada, recordando toda la odisea que había tenido que pasar para imprimir las primeras fotos; hasta se acordó de Edward y pensó que tal vez tendría que volver a pedirle ayuda.
-Ah, muy bien. Las espero en mi oficina –puntualizó y salió de allí con Frederick tras él.
-¡¡¡BLUE!!! –gritó Charlie una vez que la puerta estuviera cerrada. – ¡¿Cómo diablos voy a imprimir eso en dos horas?!
-¿Cuántas fotos tomaste?
-Tomé tres rollos tradicionales y no sé cuantas digitales.
-Ah, tranquila, entrega las digitales solamente. No permitiremos que ese tipo te saque ventaja, yo no lo quiero aquí.
-Gracias Blue, pero aún no sé como voy a imprimir las dichosas pruebas –levantó la voz, cada vez más angustiada. Blue se limitó a sonreír enigmáticamente.
-Ven –cruzaron el pasillo y entraron en un estudio más grande, con restiradores, mesas con pantallas de luz, escritorios y más de tres ordenadores de escritorio. –Esta es mi oficina –dijo, extendiendo el brazo para mostrarla.
-Oh…
-Este es mi equipamiento –continuó, refiriéndose a los PC’s y todo cuanto le ayudara en su proceso de diseño. –Éste de aquí –señaló a un joven que trabajaba en un notebook, sentado frente a uno de los restiradores. –Es “Crash”. Es un excelente diseñador y trabaja muy bien, siempre que no se levante de la silla.
-¿Por qué? –quiso saber Charlie.
-¡Crash! Necesito los bocetos de Killerpilze que te pedí en la mañana –ordenó y al instante, el chico se puso en pie de golpe y tropezó con un cable, antes de caer se sostuvo del restirador, pero tiró todo lo que había en éste, para al final darse de lleno contra el suelo, cayendo todas las cosas sobre él.
Charlie se asustó por él y fue a darle la mano para ayudarle, bajo la risa burlona de Blue, pues le encantaba hacerle eso al pobre chico. Luego de ayudar a Crash, ambas pasaron a un cuarto aledaño a la oficina, estaba todo muy oscuro, por lo que no se podía ver nada.
-Ahora sabes por qué le llaman Crash –reveló divertida. –La oficina está vacía, porque tenemos poco trabajo, pero normalmente tengo más diseñadores trabajando y hacemos diseños para todos los artistas de Universal en general y…
-¡¡Alto!! –le cortó la pelinegra. – ¡Blue! Esto es genial, gracias por ilusionarme más –comenzó, mirándole con el ceño fruncido. –Pero aún no sé como voy a imprimir estas fotografías digitales.
-Relájate, te estresas demasiado –le dijo la diseñadora; tanteó un poco en la pared de al lado y, al encontrar un interruptor, lo accionó, alumbrando la habitación. –Aquí tenemos tres impresoras conectadas a un ordenador. –Fue a abrir un cajón del escritorio del fondo. –Y aquí tengo mucho papel fotográfico, vamos –instó, haciendo una seña a Charlie para que le pasara la memoria con el adaptador, y se pusieron manos a la obra para elegir e imprimir las fotografías que según el criterio de Blue, eran las mejores para entregar a David.

-¡Gracias Blue! –exclamó Charlie despidiéndose con una mano, luego de entregar las fotografías a David. Subió a un taxi dibujando una sonrisa en su rostro y le indicó al chofer por dónde ir. Al llegar a casa, se sentía satisfecha con su trabajo, sin embargo, todavía había una preocupación en sus pensamientos: había impreso todas las fotografías digitales con Blue, pero ¿Y las tradicionales? ¿Dónde encontraría un lugar para imprimir con el método antiguo? No quería llevarlas a un centro de revelado, sin mencionar que sería difícil encontrar uno, pues la fotografía tradicional estaba quedando cada vez más obsoleta. En el fondo sabía que tendría que revelarlas personalmente, y eso implicaba encerrarse en un pequeño cuarto oscuro, lo cual no era muy de su agrado, pues le aterraban los lugares así. El tono del móvil la sacó de sus divagaciones, y vio en la pantalla que era nada más ni nada menos que Tom.
-¡David me está sacando de quicio!! –se descargó, a penas había contestado la llamada, haciendo reír al rastas.
-Bienvenida a mi vida, Petite.
-Pero no es justo, ¡No estoy a la altura de ese maleducado de Coventry!
-Por supuesto que no, estás por encima de él; su actitud no lo llevará a ningún lado. –sentenció.
-Es enserio, Tom. No digo que no sea tan buena, pero yo tengo más dificultades: no tengo auto, ni estudio propio, ni laboratorio, ¡Ni nada! Justo acabo de comprar mi cámara el martes pasado…
-Tranquila, tienes algo que él no.
-¿Ah sí? ¿Y qué es?
-Creatividad, siempre propones cosas nuevas y no nos dejas todo el trabajo a nosotros. –Charlie se quedó en silencio, meditando sus palabras. –Además, me tienes a mí, ¿Qué más podrías pedir? –Tom por fin escuchó una risa divertida al otro lado de la línea, y se sintió orgulloso de poder hacerla sonreír en aquella situación.
-Ay Tom… –la escuchó suspirar su nombre y se le hinchó el corazón de felicidad. –Sigues siendo un creído –regañó en broma. –Y… Gracias.

1 coments.:

Ccyy Kaulitz! :D dijo...

aww me enkantarooon los caps noevos
wowowowo! Tom sakaa suspiroos ~ &&
ese edward me da miedoo 77
hhaha
liz fue un gusto conocerte :D!

espero mas kaps
mushoos saludhoos! (:

byebye :D


 
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