[Gracias por seguir el blog!]
Bill ya no podía con los nervios, se movía de allá para acá por toda la recepción, sacando de quicio a la secretaria y contagiando de vez en cuando a su hermano, quien tan sólo se concentraba en observar la puerta de madera, sentado en una de las butacas, moviendo su pierna frenéticamente.
Dentro de la oficina, el ambiente no era mucho mejor, la tensión se dejaba caer pesada sobre los presentes, y el silencio abrumaba sus oídos.
Gustav y Georg estaban más tranquilos, hablando con Blue y Giselle animadamente, esperando pacientes el veredicto. La puerta se abrió de golpe, y pudieron observar a una Charlie que salía de allí en estado de shock; Bill se detuvo en seco, los chicos contuvieron el aliento; su mirada se perdió rápidamente en los ojos de Tom y no pudo evitar sonreír.
-Lo logré –dijo con voz temblorosa. – ¡Lo logré!
-¡¡Aaaaaaaaaaaah!!! ¡¡Sí!! –estalló Bill, quien era el más efusivo, corriendo a abrazarla. – ¡Sí!!! ¡Lo sabía!!!
Los demás se abalanzaron en un afectivo abrazo de grupo, casi asfixiando a Charlie en el medio de todos ellos, mientras reían como descocidos. La puerta se abrió de nuevo y Frederick salió de allí a toda velocidad, sin siquiera dirigirles una mirada, caminando con aire despectivo.
-¡Hay que celebrar!! –exclamó Bill.
-¡Sí!! –le siguieron Giselle y Georg.
-¡Vayamos a comer ahora mismo!
-Hay que llamar a Cynthia. –Gustav sacó su móvil y comenzó a marcar.
-¡Y a Andreas! –recordó el vocalista, e imitó a Gus.
-Mejor cenemos en mi casa, yo invito, como se lo prometí a Andreas –invitó Charlie – ¿Qué dicen?
-¡FIESTA EN CASA DE CHARLIE! –corearon los G’s.
-Bien, pero primero debo ir al taller…
-Creí que ya no trabajabas allí.
-Pues no fui en toda la semana, pero aún debo ir a confirmarle a John que dejaré el trabajo definitivamente.
-¡Genial! Nosotras pasamos por Cynthia y nos arreglamos juntas –dijo Giselle, señalando a Blue.
-¡Que Tom vaya por las cervezas! –gritó el menor de los gemelos.
-¡¿Yo?! ¡¡Pero…!
-Anda Rastas, así me llevas al taller y de ahí pasamos a comprar las cosas, ¿Vale? –le convenció Charlie, poniendo ojitos.
-Eh… Bueno.
-Vamos ya –pidió la pelinegra. – ¡Los espero en mi casa en un rato!
-¡Adiós!
-¡Bye!! –se despidieron los demás en medio de un gran griterío eufórico.
-Anda dilo –incitó Charlie, sonriendo bobamente al tiempo que se recargaba en la pared del elevador.
-¿Qué? –respondió Tom, mirándole con complicidad luego de apretar el botón para bajar.
-Di ”Te lo dije”
-Petite…
-¡Dilo! –le ordenó sin dejar de sonreír, colocándose frente a él.
-Te lo dije, te dije que David te iba a contratar –concedió Tom, feliz por ella.
-¡¡Eres el mejor!! –saltó a sus brazos y no dudó en juntar sus labios con los de él, expresándole todo lo que lo había necesitado durante esa terrible semana. Aunque no se lo esperaba, Tom no tardó en reaccionar, la cogió por la cintura, girándose para atraparla entre una de las paredes del elevador y él, para así poder besarla sin control. Saborearon sus labios sin cesar, y juguetearon en la boca del otro, sin lograr con ese apasionado contacto saciar su sed de más. Pero tenían poco tiempo, por lo que cuando las puertas se abrieron en el Hall, ambos salieron agitados, con la ropa arrugada y un tanto sonrojados.
Miró a Charlie caminar junto a él, y sus sentidos se agudizaron tanto, que incluso pudo oler el perfume que emanaba de su cabellera. No sabía por qué, tal vez por no haber estado juntos en toda la semana, pero en ese momento, su Petite le parecía más apetecible a cada segundo, haciéndole sentir que no podría aguantar mucho más. Subieron al Cadillac luego de unos minutos, en los que Tom intentaba ignorar parcialmente esos pensamientos en su cabeza, recordando algo mucho más importante de lo que tenían que hablar.
-¿Por qué tuviste que revelar esas fotografías tu sola? ¿Por qué te sometiste a ese cruel castigo? –cuestionó, a sabiendas de que él era de los pocos, sino es que el único que sabía sobre la fobia de Charlie. Ella terminó de colocarse el cinturón de seguridad, al tiempo que Tom encendía el motor. Sin contestar, su chica dirigió sus ojos azules hacia la ventanilla, reviviendo con temor la experiencia. –Lo siento –se apresuró a decir. –No quería cortarte la alegría de este momento, soy un idiota.
-No lo eres –contradijo rápidamente. –Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, no lo olvides –sentenció con gravedad. Viajaron en silencio otros veinte minutos.
-Entonces, ¿Por qué decidiste hacer eso?
-He decidido intentar superar ese miedo. Antes me bastaba con evitar los lugares reducidos y oscuros, así era como podía controlarme. Pero ahora, con éste trabajo, sería una gran contradicción ser una fotógrafa claustrofóbica, ¿No? –logró dibujar una media sonrisa. Tom le miró durante unos segundos.
-Me parece muy bien –apoyó. –Pero no veo por qué tengas que hacerlo sola. Pude haber estado allí y…
-Estuviste allí –le interrumpió. –Todo el tiempo que pasé lidiando con mis miedos, todo ese tiempo pensé en ti; en tu mirada, en tu sonrisa, en el sonido de tu voz, en lo cálido de tu aliento, todo el tiempo, Tom. –declaró con sinceridad, causando en él un sentimiento de calidez nunca antes experimentado.
-Pero, de haber estado allí físicamente…
-No hubiera terminado las fotografías a tiempo –volvió a interrumpirle, por lo que Tom le miró extrañado. – ¿Tú que crees que hubiésemos hecho todo el día encerrados en un pequeño cuarto oscuro? –mencionó, alzando una ceja y sonriéndole sensualmente, inclinándose sobre él mientras apoyaba una mano en su pierna. Con mucho esfuerzo, Tom consiguió concentrarse en la carretera, pero no pudo evitar sonreír pícaramente, imaginándoselo.
-Todo excepto imprimir fotografías –contestó al fin, antes de aparcar fuera del taller. La pelinegra bajó del Cadillac, sintiéndose invadir por la melancolía.
-¡Muchas felicidades, pequeña! –exclamó John francamente, al tiempo que abrazaba a Charlie como si de su propia hija se tratase. –Me alegra mucho que lo hayas conseguido, aunque créeme que será difícil encontrar a alguien como tú, nos harás mucha falta Charlie…
-Aww John, no me digas eso –sonrió con tristeza. –Ahí está Edward, es muy bueno y aprendió rápido, ¿No crees?
-Claro, pero es obvio que no podría ocupar tu puesto. Johan tiene más experiencia, así que le daré la oportunidad.
-Me parece buena idea. –hizo una pausa, Tom le esperaba dentro de la camioneta. –Debo irme, fue un placer trabajar aquí. –estrechó la mano a John. –Ahora me despediré de los chicos.
Uno a uno fue despidiéndose de los jóvenes que habían sido sus compañeros, y que aunque se habían convertido en sus empleados cuando a ella le promovieron, eran sus amigos al fin y al cabo.
-¿Han visto a Ed? –preguntó.
-Está en el almacén –contestó Johan, señalando el fondo del taller. Charlie se dirigió allí y entró sin siquiera tocar, pues el lugar le era demasiado familiar. Edward estaba concentrado, acomodando las piezas de repuesto minuciosamente.
-Oye, Ed –le llamó. –Muchas gracias por todo –dijo mientras él se volvía hacia ella, con una de esas sonrisas contagiosas que caracterizaban al ojiverde.
-No tienes nada qué agradecerme –se acercó, envolviéndola en un abrazo frío y distante, muy diferente a los demás.
-Bien, debo irme. –se separó de él. –Ah, por cierto… Hoy en la noche haremos una celebración en mi casa, por si quieres ir.
-Está bien, ahí estaré.
-Puedes llevar a tu novia si gustas.
-Eh… No te prometo nada –arqueó una ceja y volvió a sonreír.
Charlie salió de allí, despidiéndose una vez más con la mano, se dirigió hasta el Cadillac y partió junto con Tom. En el camino llamó a Frank para avisarle que la habían aceptado, y que los chicos se presentarían en casa para cenar. Con Tom, la pasó de maravilla, fueron a comprar la comida y bebidas, compartiendo la alegría del momento todo el tiempo, y mimándose un poco, sólo cuando creían que no eran vistos.
La noche cayó, haciendo que el clima refrescase y el viento tomara fuerza. En su casa, la cena comenzaba a animarse, pues los chicos no dejaban de armar alboroto. Luego de cenar, Frank se retiró, dejándoles solos en la sala, apreciando lo feliz que se veía su hija, rodeada de tanta gente que le estimaba y le tenía cariño.
-Bill, ¿Recuerdas la vez que nos emborrachamos en aquella fiesta? –preguntó Andreas, apenas conteniendo la risa por las anécdotas que estaban platicando.
-¿Nos? ¡Querrás decir que tú te emborrachaste, alcohólico! –se defendió Bill con las mejillas sonrojadas.
-Mira quien habla –intervino Tom, poniendo los ojos en blanco. –Que se emborrachan juntos y el que tiene que cargar con ambos soy yo –se quejó en broma, y los demás soltaron una risa alegre, interrumpida por el sonido del timbre de la entrada. Charlie fue a abrir, quedándose los chicos con su discusión sobre quién era el más borracho.
-Buenas noches –saludó Edward con su sonrisa de siempre.
-Ah, pasa –invitó la pelinegra, advirtiendo que Ed llevaba su dorado cabello alborotado por el viento y una chaqueta negra de cuero, que lo hacían verse realmente bien.
-Eh, no puedo, ahora debo irme, pero… –le ofreció una pequeña caja de cartón, con empaque brilloso. –Es para ti.
-Oh Ed, no… No puedo aceptarlo –respondió cortada. –Debería ser yo quien te diera algo, por haberme ayudado a imprimir…
-Ssssh –le acalló, colocando un dedo en sus labios, haciéndola notar por primera vez lo cerca que estaba Edward de ella. –Ábrelo –pidió. Ella le obedeció, encontrando dentro del paquete una fina y delicada cadena plateada, sencilla, sin ningún tipo de entrelazado especial, de ésta pendía un dije que ponía una letra “E”. Charlie sintió un escalofrío recorrerle la espalda, eso no estaba nada, nada bien. No podía ser, no era posible… ¿Lo era? ¿Estaba Ed verdaderamente enamorado de ella?
-Sé que sonará raro, pero no voy a pedirte que lo uses, sólo debo asegurarme que lo tengas, ¿Está bien? –ella le miró confundida, pero asintió como en estado automático.
-Hey Char, ¿Por qué tardas tanto? –quiso saber Tom, situándose junto a ella. Fijó sus ojos castaños en el chico que recordaba haber visto alguna vez en el taller. –Hallo –le saludó extrañado.
-Hallo, Tom.
-¿Nos conocemos?
-Eh… Tom, él es Edward, trabaja en el taller. Edward, él es Tom –se adelantó Charlie, saliendo de su trance, cerrando la cajita sin que Tom pudiera ver el contenido. El guitarrista extendió una mano para saludar a Edward, mirándole con cara de pocos amigos. Ed le devolvió la mirada y consumaron el saludo en silencio, desafiándose el uno al otro. Sin dudarlo, Tom pasó un brazo por la cintura su chica en un gesto posesivo, a lo que Ed respondió con una risa suave y burlona.
-Creo que es mejor que me vaya –dijo al fin, rompiendo el incómodo vacío.
-Muy bien –la voz de Tom sonó tensa, y miraba con desconfianza al invitado no deseado.
-Cuídate Ed –se despidió Charlie.
-Claro, tú también –le plantó un beso en la mejilla y salió de allí con aire cansino.
Charlie se apresuró a cerrar la puerta, antes de mirar a Tom a los ojos, para intentar descifrar su reacción.
-No me da buena espina –se limitó a decir. Pero por dentro, Tom no se estaba en paz, no podía identificar muy bien lo que estaba sintiendo, pero se sentía pésimo, además de que no le había agradado para nada la manera en que ese tal Ed miraba a Charlie. Caminaron hasta llegar a la sala nuevamente, y sin pensarlo, ya sea por mero impulso, o simplemente por dejar de sentirse inseguro, Tom entrelazó su mano con la de ella, la jaló hacia él y le plantó uno de esos besos que les cortaba la respiración, envolviéndolos en una burbuja romántica, como si no estuvieran de pie en medio de la sala, rodeados por todos sus amigos, quienes les miraban muy sorprendidos, a excepción de Bill, que se echó hacia atrás en el sofá, sosteniendo su lata de cerveza.
-Ejem… –carraspeó Gustav, rompiendo su burbuja. Giselle emitió un grito ahogado, y se llevó las manos a la boca.
-¡¿Ustedes dos…?! –exclamó Cynthia con los ojos muy abiertos.
-¿Tienen algo qué decirnos, chicos? –Georg sonreía de medio lado, mientras Blue y Andreas aún no se lo podían creer.
-Ehm… –Tom y Charlie compartieron una mirada culpable. –Pues creo que no hay mucho qué decir… –el guitarrista se encogió de hombros.
-Han visto lo suficiente, ¿No? –remató Charlie, sonriendo radiante, como nunca antes había sonreído.
-¡¡Pero están juntos!! –estalló por fin Giselle, roja de la emoción.
-Sí –reafirmó Charlie, lanzando una mirada tierna hacia Tom y apretando un poco su mano entrelazada a la de él.
-Nunca lo hubiera creído –declaró Andreas. –Tom enamorado, y mañana se acaba el mundo –rieron al unísono, mientras Tom esbozaba una leve sonrisa solamente. Aún no podía afirmar que estaba enamorado, ¿O sí? Miró a Charlie de reojo, contemplando su sonrisa, cómo curvaba sus labios hacia arriba, enseñando sus dientes blancos, reparó en las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos y cómo éstos se le achinaban al igual que a él cuando sonreía. Esa sonrisa que le hacía sentirse vivo. Más que nunca deseaba seguir adelante, con esa sonrisa siempre a su lado, apoyándolo. Bajó la cabeza, sonriendo con resignación.
“Estoy jodidamente enamorado”, pensó.
-Gracias por todo, Blue –decía Charlie, despidiéndose de la joven de aspecto rockero y original. – ¿Nos vemos el lunes?
-Sí, te espero en el estudio cerca de las diez, hablaremos sobre la próxima sesión; tendremos que trabajar a marchas forzadas para que el disco salga en la fecha planeada, ¿Está bien?
-Claro. Nos vemos.
-Adiós.
-Char, nosotros ya nos vamos –escuchó la voz de Gustav. –Me alegra que vayamos a trabajar juntos.
-A mi también, y te lo debo todo a ti –le abrazó, sonriendo agradecida. –Nos veremos en el estudio –se alzó en la punta de los pies para besarle en la mejilla.
-Adiós Charlie –se despidió Cynthia.
-¡Esperen! ¡Nosotros también nos vamos! –irrumpió Giselle en voz alta, muy sonriente y ruborizada.
-Creo que ha tomado de más –se burló Charlie, dirigiéndose a Georg, que se veía notablemente más sobrio que su novia. –Cuídala grandullón…
-Por supuesto que sí. Tú también cuídate –sonrió de medio lado, señalando a Tom con la cabeza; la pelinegra le golpeó en el hombro y rieron.
-Me alegra tener amigos como ustedes –mencionó, sonriendo con satisfacción.
-Y a nosotros nos alegra tenerte –respondió el baterista.
-Gracias chicos, adiós.
Las parejas se despidieron nuevamente con la mano, y luego de que hubieran salido, Charlie cerró la puerta, suspiró y se dirigió a la sala, donde Bill y Andreas reían, al parecer de la nada.
-¿De qué ríen? –preguntó a Tom, éste se encogió de hombros y se acercó para darle un suave beso en los labios.
-Uy, la cosa se pone caliente –fastidió Bill, levantándose del sillón. –Vámonos de aquí Andy, no quiero ver cursilerías… –avanzó hasta la cocina y se tambaleó un poco, causando las carcajadas de los demás. Andreas le siguió con paso alegre, sonriendo a sus amigos al pasar junto a ellos. Charlie volvió a besar a Tom, antes de comenzar a recoger los platos desechables y la basura de alrededor, mientras él le miraba desde el pie de las escaleras.
-Y… ¿Qué quería el tal Edward? –cuestionó, posando su mirada en la cajita de empaque brilloso que reposaba sobre la mesita de centro.
-Eh… Nada, sólo vino a felicitarme por lo del trabajo.
-Ah… ¿Lo invitaste?
-Sí –contestó tajante, deteniéndose para mirar a Tom. – ¿No estarás…?
-¿Qué?
-¿Celoso? –le lanzó una mirada provocativa, sonriendo pícaramente.
-¡Celoso! ¡¿Yo?! –se señaló a sí mismo con gran sorpresa.
-Me lo pareció –comentó simplemente, encaminándose a la cocina para dejar los vasos sucios. Tom escuchó un escándalo y supo que Bill y Andreas la entretendrían allí; sonrió y fue a sentarse en el sillón, sintiéndose extrañamente a gusto y sereno, cosa que era rara en él, normalmente solía estresarse y ponerse nervioso. La cajita en la mesa volvió a llamar su atención, perturbándole. Sabía que no era de su incumbencia, pero no podía evitarlo. Echó un último vistazo a la puerta de la cocina y escuchó una carcajada de Charlie. Tomó la caja entre sus manos, la examinó unos segundos y procedió a abrirla. La cadena relucía, acomodada meticulosamente para dejar ver el dije en forma de letra que colgaba de ella. Se le revolvió el estómago y sintió unas tremendas ganas de gritar. Cerró la caja y la estampó sobre la mesa bruscamente.
-¡Bill!! ¡Es hora de irnos! –se levantó, buscando las llaves del Cadillac en sus bolsillos. –¡¡Bill!!
-Ya voy, ya voy –le calmó su hermano desde la cocina.
-¡Apresúrate!! ¡Andreas!! ¿Te vienes con nosotros?
-Eh sí –contestó éste, saliendo de la cocina.
-Pues vamos ya –ordenó un tanto molesto.
-¿Y ahora qué te picó? –quiso saber Bill, mirándole con el ceño fruncido, al tiempo que se ponía su chaqueta. Charlie también miraba a Tom extrañada, según ella, no había razón alguna para el cambio de humor. El mayor no contestó, se limitó a seguir apurándolos gruñonamente, hasta que hubieron salido de la casa.
-¿Estás bien? –preguntó Charlie, jalando suavemente una de sus rastas para acomodarla tras su hombro.
-Sí –dijo y le plantó un beso impulsivo y salvaje. –Adiós.
-A-adi… ¡Adiós! –consiguió contestar, completamente confundida, sin siquiera imaginarse el por qué de la actitud cortante de Tom.
El fin de semana se pasó rápidamente, Charlie apenas y pudo descansar, pues tenía que preparar las cosas para su gran inicio. El domingo por la mañana fue despertada por el timbre del teléfono, que sonaba insistentemente. Se levantó a regañadientes para contestar con voz adormilada.
-¿Hallo?
-Buenos días. ¿Se encuentra el señor Frank Haswell? –escuchó una voz masculina.
-¿Frank? –se extrañó, pues normalmente su padre trabajaba los siete días de la semana. Más extraño fue aún que el mismo Frank apareciera rápidamente en la cocina, donde ella había contestado, y le pidiera el teléfono. Se lo entregó con cara de cansancio, para poder regresar a su tibia cama y dormir un par de horas más.
El lunes asistió al estudio y fue presentada oficialmente al resto del equipo; además de Crash, se encontraban ahí otros cuatro jóvenes, tres chicos y una chica, todos algunos años mayores que ella. Blue le comentó las ideas, y le mostró los bocetos que ya tenía listos para el nuevo álbum, dejándola aportar ideas nuevas o modificar las existentes, aceptando la crítica de Charlie que, aunque no tuviera mucha experiencia, sabía cómo hacer las cosas.
-Entonces, me gustaría hacer la sesión de fotos en una locación –decía Blue, pasando entre sus manos una serie de fotografías sobre los posibles lugares donde se podría llevar a cabo. –Pero tiene que ser rápida y económica –acotó, descartando un par de lugares. –Igual me gustaron las fotografías que sacaste al inicio, ¿Dónde las tomaron?
-En casa de Andreas –respondió Charlie, sin despegar la vista de las imágenes de las locaciones.
-Y de la sesión que hiciste aquí, también me gustaron algunas –mencionó pensativa, causando una leve sonrisa en la pelinegra. –Tengo el concepto, pero no sé cuales se adecuan más…
-¿Por qué no hacemos ésta tercera sesión de fotos y ya de ahí elegimos?
-Bien, pero falta elegir el lugar –aceptó Blue.
-Me gusta éste –Charlie señaló una fotografía, la tomó para verla por el reverso, viendo que la foto ponía “Berlín” – ¿Está en Berlín? Nunca lo he visto –comentó revisando la imagen más fijamente.
-Está en las afueras de la ciudad –aclaró la diseñadora. – ¿Ya has estado en Berlín?
-He estado prácticamente en toda Alemania.
-Oh, y tan joven… –se sorprendió un poco. –A mi también me gusta ese lugar –coincidió Blue. –Bien, veamos que opina David y tal vez podamos hacerlo ésta misma semana.
-¿Viajaremos ésta misma semana?
-Probablemente.
David aceptó de inmediato, y unos días después se lo comunicaron a los chicos. Viajarían a Berlín, la capital alemana y donde se encontraba uno de los hoteles favoritos de Bill. Arreglaron todo para hospedarse allí, aceptando compartir un par de habitaciones con el objetivo de economizar, pues llevarían también a varias personas de staff y mucho equipo para la sesión. Charlie pudo notar a Tom un poco distante y dudoso, pero no tenía la certeza de que algo malo estuviera pasando entre ellos. Y no fue el único, Frank también se estaba comportando raro últimamente, estaba en casa más tiempo que el de costumbre y evitaba tener largas conversaciones con ella, como si temiera que fuera a descubrir algo. Una noche a mitad de semana le informó a su padre que partiría a Berlín al día siguiente, y éste le deseó suerte, acercándola en un abrazo profundo y protector, que se alargó más de lo necesario, pensó ella, si sólo se iría por tres días.
0 coments.:
Publicar un comentario