-Puerta equivocada –se excusó Tom en tono ausente, disponiéndose a salir. Bill suspiró.
-¿Audrey? ¿Te parece si te llamo más tarde? –hizo una pausa. –Bien, hablamos. Besos.
Bill se puso en pie y se dirigió a la alcoba de su hermano, al tiempo que guardaba el móvil en su bolsillo. Tocó un par de veces, y entró al no recibir respuesta alguna. Tom tenía los cascos del mp4 a todo volumen, mientras rasgaba algunas notas sin sentido en su guitarra.
-Eso suena realmente mal –criticó Bill, sentándose a su lado en la cama, luego de retirar uno de los cascos a su hermano. – ¿Estás bien?
-¿Eh? Eh… Sí… Muy bien… –dejó la guitarra de lado.
-Oh claro, y ¿Desde cuando me ocultas las cosas? –hizo una pausa, en la que Tom le miró a los ojos. – ¡Desde que te juntas con esa tal Charlie, ¿Verdad?! –reclamó, fingiendo enojo. –Ella es una mala influencia para ti, hermano –continuó en plan broma, logrando finalmente arrancar una sonrisa a Tom.
-Ella no es una mala influencia para mí. Soy yo el que siempre termina dañándola –meditó con tristeza y arrepentimiento.
-Pelearon –afirmó Bill, no era una pregunta. –Es la primera chica de la que te enamoras y a ti sólo se te ocurre pelear con ella.
-Bill, yo no quería… –se cortó al no encontrar palabras. –Todo es culpa de ese tal Edward, ¿Lo recuerdas? Tú mismo me dijiste que no te inspiraba confianza…
-Sí, ¿Y? ¿Pelearon por él? –.Tom le contó lo ocurrido, lo más resumidamente que pudo, omitiendo el comentario sobre la fobia de la pelinegra. –Oh, vaya… –exclamó Bill.
-Creo que realmente lo eché todo a perder –admitió Tom, cabizbajo.
-Pero aún no entiendo qué pudiste haberle dicho a Charlie para herirla tanto.
-¿Eh? ¿Por qué?
-Eh… Esa noche… Esa noche nos emborrachamos juntos en el bar del hotel –confesó el vocalista, mostrando una sonrisa inocente. –Ella estaba verdaderamente deprimida…
-¡¿Que ustedes qué?! –gritó el de rastas, alterado.
-¡Quieto! ¡Vaya, ya sé por qué pelean!! No pasó nada –le calmó, levantando las palmas de las manos en señal de paz. –Aunque no lo recuerdo muy bien, pudo pasar algo… –arqueó una ceja, para molestar a su hermano.
-Dios, Bill… No sé que hacer… Soy nuevo en esto… De las relaciones estables...
-Mm… Deja de martirizarte y aprovecha tu tiempo para pensar en como arreglar las cosas. Además, creo que deberías distraerte un poco, ¿Por qué no vienes a comer conmigo mañana a medio día?
-¿Comer? Ni siquiera he tenido hambre…
-Tranquilo… Te ayudaré, pero primero quiero presentarte a alguien… Mm… especial –dijo improvisando uno de sus planes en ese momento. – ¿Vienes?
-¿Tengo otra opción?
-Mmm… si quieres mi ayuda, nop.
-Bien… Pero más te vale que tengas un buen plan.
-Cuenta con eso.
Tom se quedó con un sentimiento de desconcierto que le oprimía el pecho, que le deprimía por un lado, y al mismo tiempo, le enfurecía, porque él jamás había sufrido por nadie; se había prohibido tener esa clase de sentimientos, y ahora que había bajado la guardia, le estaba pasando precisamente lo que se había esforzado tanto en evitar. Sin embargo, no estaba furioso con nadie más que consigo mismo, porque por más orgulloso que fuera, sabía que él y sus celos, eran los únicos culpables de toda esa situación que le quemaba por dentro. Pasó el resto de la tarde intentando sin mucho éxito encontrar nuevas notas en su guitarra. Había perdido su concentración, de manera que se veía frustrado por la desesperación de encontrar alguna solución.
Al caer la noche, ya no podía más. Tenía que hacer algo y no podría esperar hasta el día siguiente para escuchar el plan de Bill. Sacó el móvil, marcando el número de memoria; escuchó el tono una, dos, tres y muchas veces más hasta perder la cuenta, pero Charlie nunca contestó. Llamó de nuevo un sinnúmero de ocasiones, pensando en qué iba a decir. Sabía que no bastaría con un simple “Lo siento” pero sería la mejor manera de dar el primer paso.
La noche avanzó rápidamente, pero él no quería darse por vencido; finalmente acabó por quedarse dormido con el móvil en la mano, sin siquiera sacarse ni la gorra, ni los zapatos. Al día siguiente, se levantó entumido y de mal humor. Había dejado el móvil encendido en medio de un intento de llamada. Ni el agua caliente escurriendo por su cuerpo, ni el café negro de su taza humeante le hicieron salir de su estado ausente. Ya pasaba de medio día, pero a falta de una bendita lata de Redbull, el café era lo único que tenía a la mano para despertar por completo. En la puerta del refrigerador había una nota, fijada a la superficie con un imán en forma de osito de felpa que Bill se había encaprichado en comprar, alegando que algún día haría falta. Tom sonrió, recordando la rabieta de su hermano menor para conseguir que se lo comprara. Tomó la nota, llevándose la taza a la boca mientras leía:
”Espero que hayas dormido bien, porque tengo un buen plan para hoy. Encuéntrame en el restaurante italiano del centro, te tengo una sorpresa. Bill.”
Todavía no arrancaba el Cadillac y ya se estaba arrepintiendo de acceder a las peticiones de su hermano, como era de costumbre, sin poder negarse ante la terquedad de su igual. Tardó más en encontrar un lugar dónde aparcar, que en llegar al centro. Una vez que estacionó la camioneta, bajó de ésta y colocó la alarma, encaminándose por la acera hacia el local que ya antes había visitado con Bill, a quien divisó de pie frente a la puerta; un llamativo toldo a rayas blancas y rojas cubría y decoraba la entrada, bordeada por dos enormes jardineras en cada flanco. Su hermano menor no le había visto todavía, sino que mantenía la mirada fija en un punto al otro lado de la calle. Tom siguió su mirada, encontrándose con una cabellera negra azabache que danzaba al ritmo del gracioso andar de aquella ojiazul, quien regalaba una radiante sonrisa a su gemelo. El de rastas se detuvo para observar la escena. Charlie apuró el paso, lanzándose sin dudar a los brazos abiertos del vocalista; éste la sostuvo unos segundos en el aire y luego la depositó suavemente en el pavimento. Tom se adelantó hacia ellos, haciendo notar su presencia, y ocasionando que ambos pelinegros se separaran de golpe.
-¿Qué es esto? –preguntó Charlie, mirando a Bill con el ceño fruncido.
-¡Perdón por el retraso! –se disculpó una chica de cabello castaño, interrumpiéndoles. – ¿Tienen hambre? Yo sí, ¿Entramos? –pidió a Bill halándole por el brazo, al tiempo que Tom y Charlie compartían una mirada confusa.
-Audrey espera –le detuvo el vocalista.
-¡Oh lo siento! Soy Audrey… Tú debes ser Tom –le estrechó la mano. –Y tú debes ser Charlie –continuó cambiando de mano. –Bill habla mucho de ti…
-Bill habla mucho –apuntó el rastas, sonriendo a su hermano. – ¿Entramos?
Los cuatro se encaminaron hacia el interior del restaurante, un lugar un tanto apretado pero muy acogedor, a lo lejos se escuchaba una suave música de fondo y el aire estaba impregnado de un delicioso aroma a ajo y especias. El jefe de camareros les conocía y les tenía una mesa preparada. Se acomodaron en un sillón con forma de media luna, alrededor de la mesa en silencio, quedando los gemelos en los extremos. Charlie no tenía problemas en fingir que Tom no estaba a su lado; miraba fija y expectantemente al vocalista, mientras rememoraba la última llamada que éste le había hecho…
-¿Hallo? –carraspeó un poco. – ¿Hallo? –repitió.
-¿Charlie? Hallo. Soy Bill –escuchó a su amigo con voz alegre. – ¿Tienes planes para hoy?
-Creo que no… –respondió flojamente, evocando un vago recuerdo de Blue diciéndole que se tomara el día libre.
-¡Bien!! Entonces necesito que nos veamos para comer ¿Quieres?
-Mm… No… No lo sé –titubeó. – ¿Es necesario que te acompañe?
-Pues verás… –comenzó el pelinegro un poco cortado. –Creo que he encontrado a mi chica especial, y me gustaría que la conocieras…
-¿Yo? ¿No sería mejor que se la presentes a tu madre o algo así?
-¡Charlie!! –rió levemente. –Mi madre no está aquí ahora, además, ¡Tú eres una de mis mejores amigas!! –.Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de ella, sin saber, Bill le había reconfortado muchísimo con esas últimas palabras.
-Está bien… –aceptó. Escuchó unas palmaditas al otro lado del teléfono y supo que su amigo estaba festejando; éste le dio los datos del lugar y se despidieron.
-Charlie, ¿Estás bien? –preguntó Bill, preocupado.
-¿Hum? Sí, ¿Por qué? –abrió el menú.
-Te ves cansada y ausente… Me recuerdas a alguien –echó una mirada a su hermano, que lucía en igual estado.
-No he dormido bien –admitió. –Ahora la casa se siente tan vacía.
-¿Y Frank?
-Bien, seguro se ha de estar divirtiendo en algún lugar de Alemania –fingió una sonrisa divertida, para luego borrarla y emitir un largo suspiro. –Bill, Frank se fue.
-¡¿Qué?! –exclamó el pelinegro y las reacciones no se hicieron esperar; Tom volteó a mirarla bruscamente, prestándole mucha más atención, mientras Audrey se notaba confundida y curiosa.
-Frank es mi padre, y mi única familia –explicó a la castaña. –Es camionero y aceptó un último viaje, antes de retirarse, por lo que no estará en casa en los próximos meses.
-Oh, lo lamento… –contestó Audrey, sonriéndole con empatía.
-Gracias, pero estaré bien… Cambiemos de tema…
-¿Por qué tan callado Tom? –cuestionó su gemelo.
-Eh… Yo tampoco dormí bien anoche –dijo encogiéndose de hombros.
-¿Ahora tú también vas a desahogarte? –preguntó Charlie en tono borde.
-Si tú lo has hecho, no veo por qué yo no –se defendió el rastas. –Tan sólo iba a decir que me estuve volviendo loco porque he lastimado a una persona importante, y quería que supiera que me arrepiento, sólo eso. –finalizó mirándola a los ojos sinceramente. A Charlie le costó trabajo, pero finalmente pudo fingir algo de indiferencia.
-Sí, como sea, ya se enterará… Y ahora, ¿Ustedes están saliendo? –preguntó a la otra pareja directamente, poniendo una sonrisa pícara que hacía que su cara se viera más animada.
Bill y Audrey rieron suavemente por la iniciativa de la chica y porque, como iban viendo, su plan de hacerse pasar por una pareja para contagiar a los otros dos de romanticismo estaba funcionando; Tom ya se había disculpado indirectamente, ahora pondrían en marcha la siguiente etapa del plan. Bill posó su mano sobre la de Audrey, quien sonrió radiante.
-Sí, por eso quería presentarlos oficialmente –contestó el vocalista.
-Vaya que bien, hacen una linda pareja –comentó la ojiazul, sin lograr evitar que sus ojos se desviaran hacia Tom.
-Es cierto. Te lo tenías bien guardado, hermanito… –agregó éste.
-¿Desean ordenar? –intervino el camarero.
-No coman mucho, iremos a otro lugar después –advirtió Bill.
-Ah, entonces no sabré qué pedir –se quejó Charlie. –Spaghetti a la Boloñesa –dijo dirigiéndose al mesero. Los demás pidieron lo suyo y pronto estaban disfrutando tanto de la comida como de una buena conversación, que sin duda levantaba el ánimo de Charlie, aunque seguía manteniendo su distancia con Tom.
Salieron del lugar, dirigiéndose a un gran parque con áreas verdes y atracciones que no quedaba muy lejos. Al llegar percibieron un ambiente familiar, además de que el lugar estaba plagado de niños, globos, comida chatarra y gritos provenientes de la montaña rusa. Charlie miró asombrada cómo el carrito avanzaba vertiginosamente y daba vueltas inestables, sintiendo unas ganas incontrolables por subir. Ella nunca había tenido la oportunidad de subir a una, pero siempre había sido una chica con gustos extremos.
-Ya veo por qué dijiste que no comiéramos mucho –mencionó a Bill. – ¡¿Quien sube conmigo?! –gritó emocionada, sin recibir respuesta. –Oh vamos… ¿Nadie? ¿Son tan cobardes?
Ciertamente Audrey se moría por subir a la atracción tanto como Bill, pero no lo hicieron, su plan era lograr que Charlie y Tom pasaran la mayor parte del tiempo juntos esa tarde. El guitarrista se había quedado atrás para pagar su entrada, y cuando se reunió con los demás, no tenía idea de lo que estaban hablando.
-Tom, Audrey y yo vomitaremos si subimos ahora, ¿Subes con Charlie? –propuso Bill. La pelinegra ignoró la propuesta y se encaminó a subir por su cuenta, aprovechando que no había cola y sobraba un carrito del tren. –¡¡Vamos Tooooom!!! –incitó el menor, arrastrando el nombre por el esfuerzo que le costaba empujar a su hermano hasta llegar a la entrada. Tom no sabía que Bill era tan fuerte, y cuando menos lo esperó, su gemelo casi cargó con él y lo plantó junto a Charlie en el carrito que ella ya había ocupado.
-Eh… Esto… –comenzó Tom, sin saber qué decir.
-Espero que lo disfrutes –dijo ella fríamente, colocándose el candado de seguridad. –Y más vale que te quites la gorra si es que no quieres que salga volando –sugirió, inclinándose para retirarla ella misma, sonriendo de medio lado. Tom le devolvió la sonrisa y vio una esperanza…
La tarde avanzaba rápido, el sol cercano al horizonte teñía el cielo de colores dorados y proyectaba sombras cada vez más largas. Los cuatro jóvenes la estaban pasando en grande. Si bien al principio Charlie se comportaba distante, todos los intentos de Bill por ayudar a su hermano, fueron dando resultado: Luego de subir a la montaña rusa otras diez veces, por fin pudieron convencer a la pelinegra de ir a la casa del terror, donde la oscuridad del lugar y el ambiente, sumado a un tipo disfrazado que salió de la nada, la hicieron saltar del susto y abrazarse a Tom con fuerza, mientras Bill y Audrey no perdían de vista el desarrollo de su plan desde unos metros más atrás. Salieron de ahí, y más adelante el menor de los Kaulitz divisó una caseta de fotografías instantáneas.
-¡¡Vamos!! –casi ordenó emocionado, arrastrando a los otros tres. Metió primero a Charlie, después a Tom y los apretó contra la pared del reducido espacio, haciendo que éstos quedaran muy juntos, mirándose un tanto nerviosos. Audrey se acomodó en la orilla y Bill a penas alcanzó a meter la mitad de su cuerpo. – ¡Sonrían! –.Sintieron cinco diferentes flashazos, mientras se aseguraban de hacer caras graciosas a la cámara. Cuando las tomas cesaron, los cuatro intentaron salir al mismo tiempo, chocando unos con otros, hasta que al final y luego de una gran odisea, lograron salir en una sola pieza, partiéndose de risa por sus tonterías, para luego reír más al mirar como había quedado la tira de imágenes.
Inesperadamente, un enorme oso de felpa con sombrero de copa les cerró el paso y le tendió la mano a Charlie para saludarla.
-Se parece a nuestro imán –dijo Bill a Tom, mientras veían cómo la pelinegra ampliaba su sonrisa y estrechaba la mano del oso con fuerza; una segunda botarga con forma de conejo se acercó para regalarle un par de globos con helio, de los cuales, Audrey recibió uno también. Las chicas se despidieron de los gigantescos animales de felpa, riendo como un par de chiquillas consentidas.
-¡Oh!! ¡Mira que lindo!! –exclamó Audrey, señalando un enorme pulpo de peluche.
-¿Te gusta? –dijo Bill, sonriéndole a la castaña.
-¡Ni lo pienses! ¡Es mío! –alegó Charlie y corrió hasta el puesto de juegos de destreza, donde el pulpo descansaba en el estante de premios. Pagó al encargado para que éste le pasara seis pelotas, con las cuales debía tirar una serie de tres pilas de botellas acomodadas estratégicamente.
-Me llevaré ese pulpo a casa… –murmuró una chica de tez morena, parada al lado de Charlie; ésta no contestó y se limitó a apurar sus tiros, derribando fácilmente la primera pila. –Eres buena… –le dijo la morena. –Pero yo soy mejor –sonrió con suficiencia antes de tirar su primera pila. A Charlie le quedaban tres pelotas y dos pilas por derrumbar. Tumbó la segunda, mirando de reojo a la morena con expresión competitiva. Hizo el penúltimo tiro y falló, en el mismo instante en que la morena había logrado tirar su segunda pila también; le quedaba un tiro solamente y sintió la presión; la morena hizo ademán de lanzar. Charlie intentó tomar su última pelota, pero no estaba. En ese momento se dio cuenta que Tom estaba a su lado y justo acababa de arrojar su última pelota hacia la pila de botellas, dándole en el centro y rompiéndolas sin más, segundos antes de que la morena lo consiguiera. El encargado preguntó primero a Charlie qué premio iba a querer, a lo que ella señaló el pulpo sin dudarlo, no iba a dejar que aquella arrogante chica se lo quedara. El joven le entregó el pulpo, ella agradeció con una sonrisa y luego se lo tendió a Tom.
-Es tuyo –indicó el guitarrista, yendo hacia donde Audrey y Bill les esperaban.
-¡No! ¡Tú lo ganaste! ¡Es tuyo! –le respondió Charlie con voz infantil, caminando tras él.
-Pues te lo regalo.
-¿En verdad? ¡Lo llamaré Tommy!
-¿Le pondrás mi nombre?
-Tú no te llamas Tommy, te llamas Rastas –respondió y estalló en carcajadas.
-Muy graciosa, Petite –soltó Tom en voz baja, pero ella lo oyó, haciéndola sentir el rubor en sus mejillas y el palpitar de su corazón cada vez más fuerte, tenía tiempo de no escuchar ese apodo.
-¿Podemos subir a la rueda de la fortuna? –invitó Audrey, señalándola.
-Sí, vamos –. Bill entrelazó su mano con la de ella, sonriéndole encantadoramente y se adelantaron en dirección a la colosal estructura circular que giraba lenta y pesadamente sobre un eje. Tom lanzó una mirada interrogante a Charlie, quien le sonrió tímidamente; alzó la mano con la que sostenía el globo y lo soltó a propósito, dejando que flotara hacia la atmósfera. Ambos se perdieron en sus pensamientos, mirando cómo el globo se alejaba libremente en el aire. De repente, Tom sintió una tibia mano alrededor de la suya.
-Vamos –dijo Charlie.
Tom le siguió con una sonrisa de satisfacción pintada en su rostro, aprovechando la caminata en silencio para observar una vez más a la chica que le había robado el corazón, preguntándose cómo había podido pasar de estar tan deprimido, a ser feliz nuevamente tan sólo porque ella le tomaba de la mano; la amaba por eso, por cómo le hacía sentir, y también la admiraba, porque sabía que ella debía estar muy triste todavía por la partida de Frank, y aún así mostraba su fortaleza, y conservaba la hermosa sonrisa con toque infantil que le encantaba, como si ella sonriera sólo para él sin darse cuenta. Una leve sacudida sacó a Tom de su ensimismamiento, el juego se había puesto en marcha.
-¿Tienes miedo? –. Charlie observaba por la ventanilla cómo se iban alejando del suelo y ganaban altura. –Son pequeñas las cabinas –agregó, justificando su pregunta.
-¿Aún quieres que te cuente sobre mis miedos? –cuestionó sin mirarle.
-Sólo si puedes volver a confiar en mí lo suficiente.
-¿Por qué iba a hacerlo? –Tom se lo pensó unos segundos, buscando las palabras correctas para expresar lo que estaba por explotar en su pecho.
-Por que quiero saberlo todo de ti… No sólo tus miedos, también quiero que me cuentes sobre tus sueños, fantasías, tus ideales y planes a futuro; porque quiero estar en esos planes, y apoyarte en todo lo que esté a mi alcance… Porque no merecías las palabras tan hirientes que te dediqué, ni el sufrimiento por el que pasaste… Porque quisiera esfumar de éste mundo todo lo que te haga daño, limpiar tus lágrimas, abrazarte cuando me necesites y estar a tu lado… Ser parte de tu vida y que tú seas parte de la mía… ¿Por qué confiar nuevamente en mi, Charlie? Porque me he arriesgado a abrir mi corazón, porque me he arriesgado a entregártelo… Por que te amo… –Un silencio conmovedor abarcó tan sólo unos segundos, en los que ambos se miraban intensamente. –Charlie… Lo sien…
-Sshh –le acalló, colocando ambas manos en las mejillas de Tom, mientras le sonreía con los ojos bañados en lágrimas. –Bastaba con las últimas dos palabras… –su voz temblaba, conteniendo la emoción y sus labios curvaron una enorme sonrisa. –También te amo.
Sus caras a milímetros de distancia les permitían respirar el aliento del otro. Su piel ansiaba el contacto, mandando pulsaciones eléctricas a todo su sistema nervioso. Estaban ahí, sólo ellos dos ante un sentimiento renovado, que había crecido y ahora se incrustaba más profundamente en sus corazones. Unieron sus labios con pequeños roces que les permitían encontrar otra vez aquella conexión que existía entre ellos. El atardecer culminaba, invadiendo la pequeña cabina con los últimos rayos dorados. Ambos profundizaron el beso, prolongándolo, acompañándolo de pequeñas caricias, suspiros, sonrisas. Se separaron un poco para devorarse con la mirada. Una nueva sacudida les hizo saber que estaban de nuevo al nivel del suelo, y salieron de allí tomados de la mano, riendo como un par de tontos enamorados.
La chica morena les miraba desde lejos. Su cabellera negra, larga y lacia bailaba con el viento; llevaba una gabardina y gafas oscuras. Sacó el móvil de uno de sus bolsillos y marcó, antes de colocarlo junto a su oído.
-Edward…
-¿Alguna novedad? –escuchó la voz del chico.
-Debes informarle que se han reconciliado.
-¡¿Pero cómo?!
-Con ayuda del hermano y otra chica –informó la morena. –Ed… Hablé con ella –reveló.
-¿Te reconoció?
-No lo creo…
-Bien, te veo en casa. Esto no va a gustarle nada al Sr. Hawkins.
-Ten cuidado –dijo fríamente antes de colgar.
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Ok. Hasta ahí... Demasiada azúcar? xD Y habrá más... jojojo
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