Tom comenzaba a sentir el ácido en su estómago, y sin dudarlo, ya que no había suficiente espacio en el sillón, tomó a Bianca por la cintura y la sentó en sus piernas. Al instante, Jared y Charlie le dedicaron una mirada de asco, mientras Bianca sonreía con superioridad. Bill alzó una ceja y tomó asiento en el espacio que le habían dejado.
-Impulsivo –susurró Andreas al oído de Tom, ganándose una mirada asesina.
-¿Nos extrañaron? –continuó Charlie, volviendo a reír bobamente; el alcohol le daba un tono rojizo a sus mejillas y la hacía sonreír sobremanera.
-La verdad, es que no –respondió Bianca, mirando hacia abajo, pues estar encima de Tom le daba más altura. Todos le miraron asombrados. Charlie ni se inmutó; ella sólo le hablaba a Bianca por Cynthia y Jared, ya que ellos la conocían desde antes, pero no eran grandes amigas.
-Creo que es hora de irnos –anunció Jared, rompiendo el silencio incómodo y poniéndose en pie. –Vamos Bianca…
-Yo no me quiero ir.
-¿Y quién va a llevarte a casa? –. Bianca miró a Tom, sonriendo con confianza, pero éste negó con la cabeza.
-No he traído auto, vine con Andreas.
La sonrisa se borró de la cara de Bianca y miró a Andreas, dándose cuenta que no había posibilidad de que el rubio le ofreciera llevarla a casa. Se puso en pie a regañadientes y fue tras Jared, quien se acercó a Cynthia, que se hallaba muy cómoda con Gustav.
-Siento interrumpir –dijo, poniendo una mano en el hombro de la morena y disculpándose con la mirada. –Cynthia, ¿Te vienes con nosotros?
-Yo… Em… –dudó unos instantes; recordaba que el plan inicial era quedarse a dormir en casa de Bianca, pero al ver la actitud que ésta había tomado, comenzaba a pensar que no era una buena idea.
-Vamos Cynthia, dormirás en mi casa, ¿Recuerdas? –casi ordenó Bianca.
-Sí, bueno… Entonces, me voy con ustedes –aceptó derrotada. –Fue un placer –se dirigió a Gustav, quien le sonreía con compasión.
-Igualmente, espero que nos volvamos a ver –contestó el baterista, arrancando una sonrisa a la morena. Se despidieron de todos con un gesto de la mano y partieron.
-Char, ¿Te llevo a casa? –ofreció Gustav, a lo que ella asintió sonriendo.
-Pues nosotros también nos vamos –dijo Andreas, y se puso en pie.
-Ahora vuelvo –. Gustav se encaminó al baño de chicos.
-Te espero afuera –le avisó Charlie, y el baterista asintió. Andreas y Charlie caminaron a la par, seguidos por los gemelos, quienes iban en silencio.
-Oh Charlie, casi lo olvido, tengo algo para ti –dijo Andreas, una vez que estaban afuera del bar. –Está en el auto, ¿Me esperas aquí?
-Sí, claro.
Andreas se encaminó apresuradamente hacia el estacionamiento, seguido por los gemelos que caminaron tras él. Su amigo se detuvo y se giró.
-¡Tom! –le llamó con autoridad. – ¡No pensarás dejarla sola!
-No le pasará nada –respondió, un tanto molesto. –En todo caso, que se quede Bill con ella.
-No seas tonto, si alguien quisiera hacerle daño, ¿Crees que se asustaría con esto? –rebatió Andreas, tomando uno de los delgados brazos de Bill y señalando que éste no tenía músculos. Bill se echó a reír.
-Anda, siempre has dicho que eres el más fuerte, pues ve a proteger a nuestra amiga… –ratificó Bill. Tom volvió sobre sus pasos y se plantó junto a Charlie en plan chulo.
-¿Por qué Andreas te trajo algo?
-Porque es mi cumpleaños –contestó, como si las palabras hubiesen salido por sí solas. En un principio Charlie no quería que toda la atención se centrase en ella, pero ahora que la parranda llegaba a su fin, y bajo el efecto del alcohol, no pudo evitar soltar la verdad.
-¡¿Es tu cumpleaños?! -exclamó sorprendido. Ella se limitó a asentir en silencio, como formulando algo en su interior, para luego clavarle una mirada intensa.
-¿Piensas seguir fingiendo? –preguntó sin más rodeos.
-¿Fingir el qué?
-Fingir que no dijiste lo que dijiste… –Charlie siempre había creído que en el momento en que volviera a ver a Tom, lo primero antes que nada, sería hablar de eso, de la melodía que compuso para ella y de lo que éste había dicho. Pero esa noche se dio cuenta que Tom no lo había ni mencionado, que o ya lo había olvidado, o estaba evadiendo el tema.
-¿Qué dije?
-Ah, entonces seguirás fingiendo. –concluyó y volvió su mirada a la solitaria calle. Hubo una pausa, en la que Tom ideaba una forma de desviar el tema.
-Y… ¿Bill y tú piensan seguir fingiendo que no ha pasado nada?
-¿En los privados? –Charlie le miró y se encogió de hombros resueltamente. – No ha pasado nada…
-Sí, claro…
-Nos besamos –confesó, sin demostrar ningún tipo de arrepentimiento. –Eso es todo.
-¿Eso es todo? -cuestionó con incredulidad.
-¿Por qué quieres saberlo? ¿Estás celoso?
-No tengo por qué estarlo.
-Y yo no tengo por qué darte explicaciones.
-Aún así me las estás dando.
-Y aún así, tú estás celoso.
Ambos bufaron exasperados, al darse cuenta que la discusión no les llevaba a ningún sitio.
-Un beso es un beso, no le des más importancia.
-Pruébalo.
-Como quieras –dijo y en un movimiento rápido, más ágil que con Bill, Charlie se alzó en las puntas de los pies, rodeó el cuello de Tom con sus brazos y juntó sus labios con los de él. No se había detenido a pensarlo siquiera, y estaba claro que el alcohol le nublaba la mente. Tom contestó el beso, pasando sus manos por su cintura, mientras ella acariciaba el piercing en su labio. Sus respiraciones se entrecortaron y sus corazones parecía que saldrían desbocados en cualquier momento. Fue intenso y electrizante; a Charlie se le erizó la piel y de alguna manera, sus sentidos se agudizaron al máximo. No sabía de dónde diablos había sacado el valor para besar a Tom de ese modo; ni ella misma sabía que podía ser tan atrevida. Cuando recordó que Andreas iba a regresar, se separó de él, no sin antes morder cariñosamente su labio inferior y sonreír de medio lado.
-Tú ganas.
-¿Qué? –preguntó Tom, confundido.
-No puedo probar que un beso es un beso sin importancia.
Y es que, ¿Cómo no darle importancia a toda la ola de sentimientos que avasallaban su corazón en ese instante? Se apartaron lentamente el uno del otro, pero sin dejar de mirarse, en silencio. Gustav apareció en la puerta del bar y salió para acercarse a ellos.
-¿Tom? ¿Te han dejado?
-No, aquí vienen –contestó, señalando el auto de Andreas. El rubio aparcó frente a ellos, bajó del auto y fue a abrir el maletero. Sacó una cajita con un envoltorio llamativo y se la tendió a Charlie.
-Gracias, no te hubieras molestado…
-Oh sabes que me encanta regalarte cosas –le cortó Andreas. –Anda, ábrelo.
Charlie obedeció y se encontró con una cámara digital profesional nueva, de las más modernas y tecnológicas.
-¡Andreas!! ¡Esto es demasiado!!
-Para nada… Y ahora, ¿Nos vamos? –dijo a Tom, quien asintió y se encaminó al asiento del copiloto.
-¿Y Bill? –preguntó Gustav.
-Atrás, su cabeza a penas tocó el asiento y cayó dormido –explicó Andreas, reprimiendo la risa. – ¡Nos vemos!!
-Gracias por traerme –dijo Charlie, una vez que Gustav hubiese aparcado frente a su casa; se sentía un poco más sobria, pero seguía teniendo alguno que otro mareo. –Me dio mucho gusto verlos…
-Charlie…
-¿Sí?
-Te extrañé mucho –confesó Gustav, un tanto serio. Había tenido mucho tiempo para pensar acerca de ella, de ellos dos, de su amistad y de sus sentimientos; aún así, al igual que un año atrás, una vez más estaban en su auto, frente a su casa, y él seguía dudando. Hace algunas horas, había estado totalmente seguro de lo que sentía por ella, pero cierta morena de excelentes curvas, tuvo que cruzarse en su camino, volviendo a confundirlo.
-Yo también te extrañé mucho –se sinceró Charlie, sonriéndole cariñosamente.
Y ahí estaba esa sonrisa, pensó Gustav. Esa sonrisa y esa mirada de cariño fraternal que Charlie normalmente le dedicaba. Estaba más claro que el agua; que él no quisiera verlo antes había sido su propia decisión. Exhaló un suspiro resignado y abrió la guantera del auto.
-He tomado muchas fotos, y en cada una me preguntaba qué dirías tú, de estar conmigo en ese momento.
-¡Mi antigua cámara!! –exclamó Charlie, al ver que Gustav sacaba una cámara digital, color plateado, un tanto vieja y destartalada. – ¡Ooh! ¡Gustav!!
-Sé que no es una cámara, moderna o cara… Pero lo que importa es el contenido… Las fotografías que tomé para ti... ¡Feliz cumpleaños! –se la ofreció. Charlie sonrió y miró a Gustav con suspicacia.
-Te acabas de enterar, ¿Cierto?
-Cuando Andreas te dio el regalo –admitió, aguantando una carcajada.
-Gracias, pero sabes que el mejor regalo que pude recibir es que ustedes volvieran… Éste es sin duda, el mejor de todos mis cumpleaños.
-Me alegra oír eso. Y ahora, anda ve a dormir, que Frank debe estar preocupado.
-¡Ja! Ha de estar roncando como un oso en hibernación –objetó y abrió la puerta del auto. –Nos vemos.
Se despidió de su amigo y se encaminó a la puerta con paso ligero, no sin tambalearse un poco al subir los primeros escalones del pórtico. Gustav, quien la vigilaba con la mirada, rió un poco y arrancó el auto una vez que ella cerró con llave.
Charlie caminaba por un pasillo sombrío y estrecho. Podía sentir la oscuridad que se cernía tras ella y se empeñaba en mirar hacia delante, porque de alguna manera sabía que lo que tenía detrás era mucho peor que lo desconocido que estaba por venir. Un par de puertas como de ascensor se abrieron a lo lejos, dejando entrar un poco de luz en el pasillo. Pudo divisar una silueta, alguien le esperaba, pero su rostro estaba en sombras y ella no podía reconocerle. Avanzó hacia él… Porque sabía que era un “Él”. El pasillo se hacía cada vez más largo y no conseguía llegar. Apresuró el paso, corrió incluso, pero no fue suficiente, jamás podría alcanzarlo; hubo un instante en que pudo acercarse lo bastante como para reconocerle.
-Tom… –escuchó sus propios pensamientos. En ese instante, las puertas se cerraron, separándoles. Charlie pegó contra la dura superficie del metal, y aporreó todo lo que pudo, sin obtener respuesta alguna. No quería mirar hacia atrás, pero tenía qué hacerlo; sabía que era la única forma de salir de allí. Dudó unos segundos y cuando iba a girarse con determinación, una fuerza invisible le empujó, haciéndola retroceder algunos pasos y descubriendo que tras ella sólo había una fría y sólida pared. Estaba encerrada. Sólo estaba ella, en un pequeño espacio desde la pared que estaba a sus espaldas, hasta las puertas que tenía a menos de medio metro de distancia. Sintió algo frío en sus pies y se dio cuenta que iba descalza, y que el suelo estaba encharcado. Escuchó un grito rabioso y aterrador que le erizó la piel, haciéndole sentir un vacío en el estómago. Era un rugido furioso, grave, con una voz que no podía recordar a quién pertenecía, pero que le era horrorosamente familiar. Sólo sabía una cosa: estaba muerta de miedo. Su cuerpo comenzó a temblar, y ahora no sólo estaba descalza, también llevaba uno de los vestidos hechos por su madre. Las puertas frente a ella, ahora eran de madera y se aproximaban, cerrándose, al igual que las otras tres paredes del pequeño espacio rectangular. Soltó un grito ahogado, mientras todo se oscurecía todavía más. Se encogió sobre sí misma, y claramente escuchó el sonido de una gotera.
-No, por favor… No otra vez… –susurraba desesperada. Un golpe seco y algo que daba contra el suelo.
-¡No eres más que un hijo de puta! –chillaba el hombre allá afuera, y unas carcajadas retumbaban a su alrededor.
-¡No quiero estar aquí!!! ¡Sáquenme de aquí!! –gritaba desesperada, pero no conseguía ni oírse a sí misma. Podía ver con pavor, cómo las paredes se acercaban a ella, literalmente, y sintió que le faltaba el aire. Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza; se percató que tenía el cabello corto nuevamente. Abrió los ojos y gritó asustada, al sentir cómo las paredes apretaban su cuerpo.
-¡¡Charlie!! ¡Mírame!! No mires nada más, ¡Solo mírame a los ojos!! –una tercera voz irrumpió en su sueño, y era más que conocida. Charlie pareció reaccionar con alivio, buscando frenéticamente esos ojos castaños que le habían hipnotizado en un momento de desesperación.
-¡¡¿Tom?!! ¡¿Dónde estás?! ¡¡TOM!!
-¡¡TOOOOOOOOOM!! –su grito se escuchó agudo por toda la casa; se encontraba sentada sobre su cama, con las colchas enredadas en las piernas y sudaba frío. Su pecho subía y bajaba bruscamente, y luego de comprobar que un tenue rayo de luz entraba por su ventana, tomó el móvil y marcó impulsivamente. El teléfono sonó una, dos… cinco veces, hasta que lo atendieron.
-¿Hallo? –escuchó una voz ronca y adormilada. – ¡¿Hallo?!
Colgó. Pero ¿Qué había hecho? ¿Por qué lo había llamado? Se sobresaltó cuando el móvil comenzó a sonar y la pantalla iluminada ponía el número que ella había marcado inicialmente. Contestó.
-¿Charlie? ¿Estás bien? –la misma voz sonaba preocupada.
-Tom –sollozó.
-¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¡Contéstame!
-E-e-estoy b-bien –consiguió decir, mientras su labio inferior temblaba sin control. –No ha pasado nada… Me equivoqué… Siento haberte despertado.
-¿Estás segura?
-S-sí –corroboró y de golpe, recordó todo lo que había soñado; se le erizó la piel y una lágrima cayó por su mejilla. –De veras lo siento. Adiós.
-Pero, Charlie… ¿Puedo…? –colgó. – ¿…Hacer algo para ayudarte? –terminó la frase para sí mismo. Miró el móvil, planteándose llamarla una vez más. Ella dijo que se había equivocado, así que no sería nada grave. Volvió a tirarse boca abajo, pasó las manos por debajo de la almohada y durmió de nuevo.
Una vez que se hubo tranquilizado, Charlie notó que tenía un fuerte dolor de cabeza y tenía la boca seca. Se puso en pie y volvió a caer sentada en su cama, ya que todo le daba vueltas. Tardó unos minutos en llegar al baño sin dar de lleno con la alfombra del suelo y se echó agua en la cara, antes de mirarse al espejo. Qué pintas llevaba, además de la resaca, se sentía fatal por esa extraña pesadilla que había tenido. Aún podía recordarla, pero no le encontraba sentido.
Era lunes, pero decidió que no estaba en condiciones para ir a la escuela, además de que ya era la última semana de clases. Frank se había ido al puerto, así que pudo pasearse por la casa totalmente sola y silenciosa. Se hizo un tazón con cereal para desayunar y el resto de la mañana se la pasó tirada en el sofá de la sala. Había apagado el móvil y encendió la TV para distraerse un poco. Pasado el malestar de la mañana, y luego de medio día, se alistó para ir al taller. A excepción del horrible despertar, el resto del día transcurrió normal y tranquilamente. En el taller las cosas marcharon sobre ruedas, hizo algunos pedidos y entregó un par de autos que recién había terminado de arreglar.
-Ya pueden irse chicos, me toca cerrar. –anunció a los que ahora eran sus subordinados. Los empleados le agradecieron y fueron a por sus cosas, mientras ella terminaba de revisar unos papeles.
-Hey Charlie, acaba de llegar un cliente…
-Dile que ya hemos cerrado –le cortó, sin despegar la vista de sus documentos.
-Pero…
-¿Qué?
-Está preguntando por ti directamente, además, se ve que tiene dinero…
-Bueno, pásalo y yo lo atiendo. Hasta mañana.
El joven obedeció. Luego de unos minutos, el taller se sumió en un silencio, roto solamente por el ruido de un motor apagándose. Charlie acomodó los papeles y los guardó en un cajón antes de asomarse por la puerta de la oficina. Soltó un gemido emocionado, contuvo el aliento y la mandíbula se le fue hasta el suelo.
Un Ford Mustang último modelo, convertible, color rojo estaba aparcado en el centro del taller. El capó estaba abierto, dejando al descubierto los asientos forrados con cuero negro, y la pintura relucía bajo la débil luz de las lámparas. Cuando pudo reaccionar, miró a todos lados buscando al dueño, hasta que sus ojos se toparon con un sonriente joven, quien le observaba, recargado en el quicio de la puerta de entrada.
-Me dijeron que aquí trabajaba la mejor mecánica de Hamburgo.
-¡¿Elliot?! ¡Pero! ¡¿Qué…?!! –las palabras habían huido de su conmocionado cerebro. Apenas hacía un año que su hermano había ido a visitarla, y por lo visto estaba tomando la mala costumbre de aparecer sin avisar. –Elliot… ¿Qué haces aquí?
-Al igual que hace un año, he venido a felicitarte –contestó, abriendo los brazos y caminando hacia ella. Charlie dejó que la efusividad le invadiera y saltó a abrazarlo.
-Pero… ¿Y esto? –preguntó señalando el auto con la cabeza y anticipando la respuesta.
-¿No es obvio? –dijo su hermano, y echó una mirada al auto, fingiendo que lo examinaba con detenimiento. – ¡Ah!! ¡Ya sé qué es lo que le falta! –exclamó y caminó hacia el maletero; lo abrió y sacó un enorme moño de regalo color plateado. – ¿Dónde será bueno que lo ponga? Mm… –hizo como que lo analizaba detenidamente. – ¡Aquí!! –lo colocó en el cofre del auto, todo bajo la mirada de Charlie. Ella se acercó lentamente, mirándole con asombro. – ¿Ahora sabes lo que es? –la ojiazul se limitó a asentir.
-¿P-para mí?
-¡Pero claro!! ¡Eres mi hermana!! Y es tu cumpleaños, es lo menos que te mereces…
-No… Elliot… Es… Es que es demasiado… ¿De dónde lo sacaste?
-Te dije que me dedicaba a negociar con autos… Es uno de los míos, pero ahora es tuyo –respondió y le tendió unas llaves. Charlie le miró y estuvo a punto de negarse. –Y no me digas que no sabes conducir, porque los mecánicos prueban los coches que arreglan, ¿No?
-Pues sí, pero… –sus ojos recorrían la carrocería del auto.
-Charlie, ¿Cuál es el problema?
-Elliot no lo sé… Bueno, apareces de la nada con un mega automóvil e intentas que lo acepte, cuando sabes que yo no espero nada de ti…
-Lo sé, sólo quiero que lo tengas… ¿Es eso tan malo?
-No.
-¿Lo tomarás?
-A Frank no va a gustarle –anticipó, negando con la cabeza.
-Sabes que eso me tiene sin cuidado. –se quedaron en silencio, Charlie aún sin poder creérselo.
-¿Estarás en Hamburgo estos días? –preguntó ilusionada.
-No. Sólo vine a entregártelo.
-Ah… –soltó con decepción.
-Anda, te acompañaré a casa.
Charlie pasó una mano sobre la puerta del auto, acariciándola, apreciando la pintura nueva y el acabado brillante. Miró a su hermano con gratitud, fue a cerrar la oficina y se montó en el asiento del conductor, sintiendo una oleada de emoción. Salieron luego de cerrar el portón, y Charlie descubrió que Elliot no había venido solo, ya que pudo ver a alguien en el asiento trasero del auto de su hermano, que estaba aparcado afuera del local. Según Elliot, era un amigo que le ayudó a conducir el Mustang hasta allí, ya que él venía en su propio auto. Charlie no tardó en acostumbrarse a la transmisión de su nuevo vehículo, e incluso se sentía muy bien en él. Su hermano le seguía por la carretera, montado en un deportivo negro. Se emparejaron en un semáforo en rojo y Elliot bajó el vidrio de la ventanilla.
-¡¿Cómo se siente?!
-¡Excelente!! –contestó con una sonrisa radiante, sin despegar las manos del volante. El viento le pegaba en la frente, revolviéndole el flequillo y dándole una sensación de libertad que sólo sentía cuando viajaba con Frank, al tener la carretera amplia y formidable, sólo para ellos. Elliot le devolvió una sonrisa confiada y pisó el acelerador, haciendo que el motor rugiera. Charlie miró el semáforo, dándose cuenta que estaba por cambiar a verde; echó una mirada a su hermano y pisó el acelerador a fondo, adelantándose y corriendo en una ilegal carrera de dos. La velocidad, la adrenalina era algo que hacía mucho tiempo no sentía, y dio las gracias a Elliot, por haberla hecho sentir más viva. Al llegar a casa, su hermano se despidió de ella con un gesto de la mano y se marchó.
-¡¿Qué se supone que es eso?! –le espetó Frank, quien miraba con ojos como platos por la ventana de la sala.
-Un auto –contestó Charlie, sin intentar dar más explicaciones; al parecer Frank no se había percatado del deportivo que acababa de marcharse, simplemente le sorprendía ver un Mustang rojo al lado de su destartalado auto.
-Pero, ¡Charlotte Haswell!
-Se lo compré a John –mintió.
-No tienes el dinero suficiente para…
-Lo compré a crédito, me estará rebajando el sueldo, ¿Está bien?
-¿Por qué no me consultaste?
-Frank… –dijo con tono cansado. –Nunca estás en casa y además ya tengo la edad suficiente para conducir, trabajo y gano mi propio dinero… Creo que cumplo con los requisitos, ¿No?
-Pues… –Frank bajó su mirada, un poco apenado. –Sí Charlie, tienes razón. Es sólo que… No me gusta aceptar que ya estás grande.
-Oh Frank… ¡Pero tú siempre serás mi padre! –exclamó y fue a abrazarle. –Siento no habértelo dicho, pero la oferta salió de la nada…
-Está bien –aceptó su padre y le besó la frente. –Vamos a dormir.
A la mañana siguiente, Charlie parecía que iba a estallar de la felicidad. Lo primero que hizo fue asomarse a la ventana para comprobar que lo de anoche no había sido un sueño, y vio con alegría que el Mustang seguía justo donde lo había dejado. No había tenido pesadillas, se levantó temprano e incluso alcanzó a desayunar; ahora que tenía un auto, podría llegar a la escuela en un instante. Sin embargo, cuando llegó al instituto, se arrepintió totalmente de ser el centro de atención. Todos le miraban, chicos, chicas, maestros; encima le saludaban como si fueran sus mejores amigos. La gente se giraba a verla, le sonreía y le llamaba por su nombre. En un principio y por lógica, pensó que era por el auto. Pero una vez que aparcó en el estacionamiento de la escuela, se dio cuenta que algo andaba realmente mal, y lo confirmó cuando divisó a una Bianca, que por primera vez en su vida le saludaba con una sonrisa en el rostro y se acercaba a abrazarle.
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¿Qué estará pasando en el instituto? ¿De dónde sacó Elliot un Mustang? ¿De dónde sacó Charlie el número de móvil de Tom? xD jajaja creo que mas adelante se explica en los capítulos, pero si no, ya me encargaré yo de explicarlo xD
viernes, 4 de diciembre de 2009
Capítulo 11
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The Nightmares Come True
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